El poder económico y simbólico del fútbol
Mezcla de religión oficial laica y de negocio global, el mundo del fútbol absorbe todas las miradas. En Argentina representa una fuerza económica y simbólica arrolladora.Basta con ver la cobertura mediática que tiene este deporte para darse cuenta de su importancia decisiva en la vida de los argentinos. Difícilmente haya un tema que rivalice o que se ponga a la par: la pelota gana por goleada.Sólo desde aquí se explica "Fútbol para todos", a través del cual el Estado gasta 600 millones de pesos en televisación, aunque planea llevar la suma a 1.200 millones, si prospera una reforma del torneo nacional.Desde que el fútbol moderno, que nació a mediados del siglo XIX, se transformó en popular, la política siempre se metió. Los distintos regímenes, sobre todo populistas, comprendieron la fascinación que despertaba este fenómeno en las masas.Se encargaron entonces de alimentarlo, con objetivos de manipulación política e ideológica. Los cientistas sociales observan con agudeza que el fútbol funciona como un canal de expresión del descontento social.En un marco de crecientes desigualdades, el fútbol sirve de "distractor", de sustituto de otras necesidades vitales que atormentan a los habitantes. El otro rédito simbólico tiene que ver con que este deporte amplifica las pasiones nacionales.Esto se echa de ver en los mundiales, donde compiten las selecciones de los distintos países. Cada equipo es investido de las virtudes de la nación que representa. De ahí la presencia de los presidentes, los himnos y las banderas.Este tipo de campeonato, más allá de que primero es un gran negocio global, simbólicamente supone una exaltación y retorno a la tribu, al grupo de pertenencia.La estrategia consiste en poner todos los recursos del Estado para enmantecar el patrioterismo deportivo. Así se hace ahora, y así lo hizo la dictadura militar en el mundial de 1978.Para algunos analistas el fútbol se ha convertido en una especie de religión secular universal, que ha desplazado a las iglesias tradicionales. Es decir, hay una comunidad de creyentes que concurre devotamente a los estadios, devenidos en nuevos templos.Algunos teóricos lo consideran el nuevo "opio" colectivo, según la categoría inventada por Carlos Marx, en su análisis de las religiones. Es decir, la pelota tendría un efecto alienante sobre vastos sectores de la población, al punto que alrededor de ella ha emergido un nuevo tipo humano: el hincha.Que Argentina es un país futbolero lo marca el hecho de que ha consolidado una posición dominante en el mercado de este deporte. Entre 2009 y 2010, exportó casi 2.000 jugadores de fútbol.De esta manera, superó incluso la marca del país de Pelé, Brasil, que en ese período de tiempo vendió al exterior a 1.440 deportistas. Se está en presencia, por tanto, de un negocio de exportación fabuloso.En declaraciones al prestigioso portal deportivo norteamericano The Soccer Media, Gerardo Molina, de la empresa Euroamericas Sports Marketing, lo puso en los siguientes términos: "La realidad hoy es que el jugador es un activo, es el principal ingreso de los clubes en Argentina y en Brasil".Cada año se estima que, en Argentina, miles de pibes se anotan y se prueban en alguna de las innumerables escuelitas de fútbol que hay en el país. Muchos padres alimentan la fantasía de que alguno de sus hijos se convierta en el nuevo Messi, sobre todo el multimillonario.El llamado "fútbol infantil" suele estar tironeado por dos fuerzas contrarias: la autenticidad del deporte, y el dispositivo cruel y frío del mercado futbolístico. Por cierto que en esta carrera son muy pocos los que llegan.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

