El prejuicio y su poder para crear la realidad
Hay una tendencia del hombre a proyectar la imagen de su propia mente en el mundo que lo rodea. Perdemos de vista, muchas veces, la fuerza configuradora de nuestra mirada.En la visión del mundo aportamos un sentido a los hechos. Esa codificación es propia del homo symbolicus (simbólico), como define la antropología cultural al hombre.La filosofía postmoderna, siguiendo a Nieztsche, con su método genealógico, insiste con que el acto de conocer no es inocente. Y esto en el sentido de que la inteligencia no "descubre" sino que "crea" la realidad.Solemos creer que "la realidad" de cada uno de nosotros es "la única" realidad, sin darnos cuenta que es una construcción subjetiva, ligada a nuestro deseo de que las cosas sean de tal o cual manera, dice la postmodernidad.Más allá de la veracidad de esta posición gnoseológica -que vulgarmente se podría asimilar a aquella frase: "todo depende del color del cristal con que se mire"- no deja de ser cierto que nuestra visión del mundo está cargada de prejuicios.En sentido literal, prejuicio no es más que un "juicio previo", es decir, un juicio, creencia o valor con la que contamos antes de haber tenido experiencia directa o prolongada de aquello sobre lo cual juzgamos.Se diría que todos nosotros llevamos, como bagaje mental, estos preconceptos. Hay una razón para ello: jamás tendremos una experiencia directa de múltiples ámbitos de la realidad.¿De dónde vienen nuestros prejuicios, entonces? Pues son heredados de nuestra cultura, nuestro medio social o nuestra educación. Gran parte de ellos, por tanto, no pueden ser confrontados con la experiencia directa.Al estudiar el conflicto humano, la psicología y la antropología han comprendido que en gran medida el origen de las controversias reside en la cabeza, o más bien en sus ideas previas.Es decir, la falta de entendimiento en las personas, o el hecho de que unas se ensañen con las otras, puede deberse al influjo de prejuicios falseadores de la realidad.En 1968, una profesora de primaria en un colegio de Iowa (Estados Unidos), Jane Elliot, hizo un experimento con sus alumnos del tercer curso, que se hizo célebre.Les dijo a los chicos que las personas de ojos azules eran mejores (más listas, superiores) que las personas de ojos marrones. Luego dividió a los alumnos en dos grupos, uno de ojos marrones y otro de ojos azules.La maestra prohibió a estos últimos jugar en el recreo con los de ojos marrones porque éstos "no son tan buenos". A su vez, colocó brazaletes a los niños de ojos marrones para que puedan ser identificados claramente.Corolario: la conducta de los niños se alteró en forma notoria en función de su pertenencia al grupo privilegiado o desfavorecido. Quienes se creían más listos se convirtieron en sujetos discriminadores y violentos, mientras los otros (los de ojos marrones) aceptaron su condición, aunque empezaron a desarrollar odio hacia quienes los maltrataban.Además, aquellos a los que se hizo creer que por tener ojos azules eran más listos, actuaron en forma inteligente y rápida. Mientras que quienes fueron juzgados de menos listos, no pudieron actuar inteligentemente.La experiencia de Elliot demostró cómo un prejuicio social falso puede alterar la realidad en niños comunes y corrientes. Es importante resaltar el hecho de que cuando las diferencias entre personas comienzan a ser evaluadas como "inferiores" y "superiores", comienzan a funcionar como tales.Es decir, la mirada de los demás nos obliga muchas veces a actuar como los demás esperan que actuemos. De ahí el poder del prejuicio para crear la realidad.
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