BALANCE DE LA GIRA POR RUSIA Y CHINA
El Presidente se dio cuenta que algo de tinta tiene en la lapicera
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Alberto Fernández respira. La movilización que devino del acuerdo con el Fondo es evidente que, políticamente, lo ha fortalecido. La movida de Máximo le quitó un peso de encima. Ese que arrastra desde el día que la jefa lo eligió para el cargo. O quizás se dio cuenta que nadie lo salvará de la galocha cuando dentro de dos años (menos ya) le toqué la evaluación de su turno.
Jorge Barroetaveña
Mientras las llamas consumían los restos de coherencia que le quedaba a la coalición gobernante, el Presidente se tomó el avión a Rusia y China. Un momento ideal para adentrarse en un conflicto (el ucraniano) que no nos pertenece pero cuyos actores sí nos rozan. Y cómo!
Ante Putin, en el frío del Kremlin, hizo todos los esfuerzos dialécticos y corporales, para mostrarse cercano. De hecho debe ser el Presidente con el que más video conferencias ha tenido, así que la cercanía no debió sonar tan extraña. En China igual, con el compromiso de incorporar a la Argentina a la Ruta de la Seda y la promesa de inversiones superiores a 20.000 millones de dólares en distintas áreas. Poco importa que lo mismo escuchó Néstor Kirchner hace varios años y los chinos nunca cumplieron. Pero esa fue otra historia. “Queremos ser la puerta de entrada de Rusia para la región”, eyectó Alberto en uno de los momentos álgidos de su visita. La frase, que los medios argentinos consignaron hizo ruido en Estados Unidos, cayó en el medio de la negociación aún sin terminar con el Fondo, en la que el apoyo de Biden fue clave. Por supuesto que no habrá marcha atrás en el acuerdo, más allá de lo que pase en el Congreso, pero sonó innecesaria la provocación, más aún en medio de un conflicto que todavía tiene destino incierto.
Pero Alberto Fernández suele cultivar estos perfiles. Son los famosos ‘tiros al pichón’, que se lanzan al voleo, sin tener certezas que llegarán a destino. Si algo aprendió el Presidente de sus tiempo como Jefe de Gabinete y negociador de Néstor, es saber lo que tiene que decirle a cada uno. Mejor, lo que cada interlocutor quiere escuchar. Fue lo que hizo en su minigira y por eso se volvió satisfecho. Ya habrá tiempo acá de zurcir el frente interno y explicarle oficiosamente al Departamento de Estado que no dijo lo que dijo o quiso decir otra cosa. Al cabo, decir una cosa y hacer otra y explicarlo mil veces ha sido un sello de estos dos años. En ese mar de contradicciones, hay una lógica difusa, aún invisible para la mayoría de los mortales.
La Casa Rosada monitoreó cada paso que dieron los actores involucrados luego de la misiva de Máximo en la que anunció su incordio con el acuerdo con el Fondo. Legisladores y sus jefes, los gobernadores, se han vuelto piezas claves en esta historia. Los operadores le llevaron tranquilidad al primer mandatario: hoy hay una mayoría dispuesta a votar el acuerdo con los organismos internacionales, incluídos los legisladores de la oposición. Casi todos los gobernadores ya bajaron línea y le pidieron a su gente que levanten la mano. Massa habló con cada uno de ellos para estar seguro. En Diputados. El Senado es otra historia por la presencia de Cristina que, pese a sus críticas, ordenaría votar lo acordado.
La Vicepresidenta guarda en el cajón de su mesa de luz la ristra de reproches para el Ministro Guzmán. En off lo acusa lisa y llanamente de haberle ocultado muchos puntos del entendimiento, a sabiendas de su postura. Por ahora no elige la publicidad como hizo su hijo ni tampoco una misiva explosiva o una andanada de tweets. Pero le debe andar cerca, pese a los reiterados llamados que le hizo el Presidente desde su gira para tenerla al tanto de cada detalle. Es probable que no lo reconozca, pero el baile de a dos que la realidad les impuso desde el 2019, ha terminado por debilitarla.
Y es toda una novedad para la política argentina, aunque no para la opinión pública. Ese tableteo permanente de acusaciones y el ida y vuelta desgastante de los roces, han empezado a mellar la imagen de invulnerabilidad de Cristina en el oficialismo. Su poder, inmenso, no alcanzó para imponer las condiciones de un acuerdo con el Fondo. Su poder, atrincherado en las cajas más grandes que maneja el estado, no pudo evitar que Máximo diera un paso al costado y dejara a la intemperie a los legisladores que les responden. En sus oídos quizás siga resonando aquella frase que ella misma lanzó en una de sus cartas: la lapicera no la tengo yo. Tal vez, un tal Alberto que ocupa una casa rosada en uno de los extremos de la plaza más famosa del país, haya caído en la cuenta que la lapicera la tiene él y la puede usar. Que basta con un poquito de tinta para hacerla valer. Si es por convicción o porque lo empujan las circunstancias sólo él lo sabe. Lo cierto es que otra instancia en el capítulo del poder parece haber abierto el meneado acuerdo con el FMI. Ellos tienen la palabra.
