El resentimiento y su lógica autodestructiva
Cuando interpretamos que hemos sido víctimas de una acción injusta, es posible que se desarrollemos el resentimiento, un estado de ánimo que puede envenenar la vida. En la base de este sentimiento late la creencia de que algo nos ha sido arrebatado. Merecíamos ese algo, creíamos tener el derecho moral de obtenerlo, pero alguien negó esa posibilidad.A partir de allí interpretamos que hemos sido víctimas de una acción injusta. Y entonces la vida, alguien o un grupo de personas (depende a quien hagamos responsable de nuestro infortunio) se convierte en culpable por lo que nos sucede.Todos los que sin culpa propia y sin remedio posible (al menos en la definición que se hace de la situación) puestos en una condición de desigualdad, de iniquidad o de opresión, están expuestos a desarrollar esta herida enconada, que puede gangrenar.Y el resentimiento es eso: un sentimiento de rencor que se puede caracterizar como un odio retenido. Aquí la ira no se manifiesta abiertamente, sino que permanece escondida, crece en silencio, y espera su turno para estallar.A propósito, ¿cuántos hombres o grupos de ellos han estado o se han creído víctimas de una situación de iniquidad? La historia abunda en grupos humanos que han padecido una opresión injusta: los esclavos en la Antigüedad, los hombres de color en Norteamérica o Sudáfrica, los indios en la América Española, los proletarios en los países capitalistas, entre otros muchos.Por otro lado, si no se han cumplido las promesas o las expectativas que se consideraron legítimas, de hecho se podría culpar incluso al mundo entero o a la vida como un todo.En este sentido las personas podrían desarrollar un sentimiento de enfurecimiento ante el hecho de que las cosas no salen como se desea. Cuando no se aceptan las facticidades de la vida (lo que no podemos cambiar) se puede caer en la oposición enconada.Se podría postular que una situación de injusticia real (no virtual ni imaginaria) hace surgir el noble sentimiento de rebeldía o enojo que busca repararla. Y esto en virtud del sentido moral del hombre y de la necesidad de justicia.Pero el resentimiento es otra cosa. Es una pasión que se alimenta de esta declaración: no importa quien sea el que hacemos responsable de la injusticia que se nos ha hecho, tarde o temprano pagará.Es decir, el espíritu de venganza es un subproducto habitual del resentimiento. Algún resentido con poder, por tanto, puede desatar un infierno si decide descargar su encono retenido.Cuando la venganza deseada no puede llevarse a cabo, se va acumulando y retrasando hasta el contraataque final, estallando en violencia que elimina al otro.El resentido padece una ceguera moral para el perdón, la donación, la magnanimidad y, de última, es un discapacitado para la paz. La guerra que tiene dentro -en su propio corazón- la proyecta luego a la sociedad.Pero como ha dicho Martín Luther King, defensor de los derechos de los negros en Estados Unidos: "La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve (...) Nada que un hombre haga, lo envilece más que permitirse caer tan bajo como odiar a alguien".El filósofo Friedrich Nietzsche ha dicho que el resentimiento envenena la vida y corroe la convivencia con otros. En su opinión, se trata de una emoción que encadena al ser humano.Quien vive resentido, dice, pierde su libertad y transforma a aquel contra quien se resiente en el amo de su existencia. El "odiado", finalmente, adquiere poder sobre nuestra vida.
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