El reto de vivir juntos y el rol de las ciudades
La existencia del hombre como un ser político dentro del conjunto de una comunidad no es algo que está tan claro en los inicios del siglo XXI. El sentido de la colectividad se ha licuado de tal modo, que urge descubrir la posibilidad de una tarea común.Por cierto que no era el problema que tenían por ejemplo los griegos antiguos, para quienes era impensable concebir la vida individual por fuera del grupo. Se diría que vivían en, por y para la "polis".La definición de Aristóteles de hombre como "animal político" abrevaba en esta concepción según la cual el yo individual vive en íntima conexión con la totalidad del cosmos social.El largo proceso de evolución histórica en Occidente, ha escindido estas dos realidades: el individuo y la comunidad. Y no es aventurado decir que toda la filosofía política ha girado en torno a esa relación.Los cambios de la naturaleza de las relaciones interhumanas, la mutación operada al interior del espacio social, no han pasado inadvertidos a Zygmunt Bauman, quien habla directamente del triunfo empírico del sujeto."El auge de la individualidad marcó el debilitamiento (desmoronamiento o desgarramiento) progresivo de la densa malla de lazos sociales que envolvían con firmeza la totalidad de las actividades de la vida. Señaló la pérdida de poder o de interés de la comunidad para regular con normas la vida de sus miembros", escribió.A propósito, el francés Alain Touraine, célebre académico contemporáneo de estudios sociales, escribió en 1997 un sesudo libro que tiene este sugerente título: "¿Podremos vivir juntos?".El ensayo es un intento, según dice, de escapar de la disyuntiva inquietante entre el modelo uniforme de la globalización mundial, que ignora la diversidad de las culturas, y el aislamiento de las comunidades que afirman su identidad con exclusión del otro.Es decir, Touraine especula sobre la posibilidad de que haya vida social, un escenario en que las personas vuelvan a reconectarse con un quehacer común, pero eludiendo dos peligros.Uno de esos peligros, que predica el laissez faire económico, es el poder absoluto de los mercados, en cuyo marco reina un "individualismo indiferente a los asuntos públicos".El otro peligro es la reacción estadolatrica, es decir el endiosamiento del Estado, o la construcción de poder de Estados autoritarios, cuya ideología es el nacionalismo fascistoide.Como buen europeo, el autor está advertido de los males de los experimentos totalitarios (en el siglo XX las dictaduras de derecha, en Italia y Alemania, y las de izquierda en el este comunista)."El voluntarismo nacionalista o comunitarista apela a la homogeneidad cultural de la sociedad y no reconoce al individuo sino en cuanto portador de una pertenencia colectiva", advierte.El francés ve en la sociedad civil, y específicamente en los actores sociales autónomos el rescate de la dimensión política. "No es en el nivel mundial (como tampoco en el nacional, por otra parte) donde se forman las prácticas innovadoras, sino localmente, alrededor de apuestas concretas y cercanas o en relaciones interpersonales directas", sostiene.Y añade: "Así como el movimiento obrero nació de la organización informal y las reivindicaciones de los talleres, hoy en día el renacimiento de la acción social se produce desde abajo".Hasta aquí el pensamiento de Touraine. Ahora bien, cabría preguntarse: ¿no son acaso las ciudades con cierta escala humana, constituidas por un conjunto de familias, los sitios más lógicos para recrear la energía social perdida?El municipio -como le llamamos aquí- es el ámbito en que la gente estudia, trabaja, crea y comparte experiencias mutuas, y donde se proyecta el futuro individual y de cada familia.¿No está aquí el cosmos social que se añora? ¿Y donde es posible, aunando voluntades, lograr vivir juntos, recreando una nueva civilidad desde abajo?
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