El retorno de la disciplina escolar
Ante lo que se considera un brusco cambio en la política educativa de los secundarios de Gran Bretaña, ese país multará a los padres de los adolescentes que se porten mal en clase.
Al mismo tiempo, se contempla la detención del chico en “aulas de aislamiento”, incluso a contraturno.
Estas medidas del Ministerio de Educación de Gran Bretaña se incluyen dentro de las nuevas pautas de disciplina que abarcan a docentes, alumnos y familias. Es una respuesta ante los problemas de conducta de los estudiantes.
La cuestión disciplinaria en la mayoría de los institutos superiores (lo que aquí sería la secundaria), ha puesto en alerta a la autoridad educativa, que ahora intenta combatir el matonaje en el aula, el vandalismo, la violencia verbal y física y la inasistencia.
Si los alumnos se portan mal o no asisten regularmente a las clases, los padres pueden ser condenados a multas. Cada infracción del menor costará entre 50 y 100 libras. En los casos más graves, puede llegar a 1.000 libras.
Los especialistas dicen que el modelo británico no es aplicable en la Argentina porque la jurisprudencia local postula que el castigo es personal del que cometió la infracción.
En el país la responsabilidad paterna se limita a lo patrimonial, de suerte que si un chico genera algún daño material, entonces el adulto debe afrontar el gasto. Pero nunca se puede multar económicamente a los padres por la conducta de los menores, como sí rige en Gran Bretaña.
Al margen de esta discusión, el dato real es el endurecimiento de la política disciplinaria en la secundaria en una sociedad tan liberal como la inglesa, algo que seguramente repercutirá en el resto de Europa.
Es curioso el giro que se está dando en este sentido en Occidente. Hasta antes de la Segunda Guerra prevalecía la dureza de la época victoriana, cuando los niños y jóvenes eran ignorados y castigados.
Tras la posguerra operó la “liberación”, que permitió que las nuevas generaciones se educaran en cánones más permisivos. Pero al parecer, esta permisividad ha ido demasiado lejos. Y ahora se intenta poner orden en el caos.
Pero la disciplina es apenas un efecto de un problema más grave que afecta al corazón del sistema educativo. El descontrol en el aula es un reflejo del ocaso del concepto de autoridad.
Según Guillermo Jaim Etcheverry, ha caído la relación de obediencia y respeto al interior de la institución escolar, porque cierta pedagogía ha instalado la idea de que ninguno de los miembros de la pareja maestro/alumno es “más importante” que el otro.
Es decir, nada es superior, todo es igual. Pero “la escuela es un sitio singular en medio del mundo democrático, porque es un lugar jerárquico en el que, a pesar de lo que se intenta, los roles no son intercambiables como en la democracia”.
“De allí que ningún vínculo sea menos democrático, y más asimétrico que el que establece el discípulo con la autoridad libremente aceptada del maestro”, sostiene el ex rector de la Universidad de Buenos Aires.
“Si el maestro fuera igual al alumno, la escuela dejaría de tener sentido, y los niños guiarían en su aprendizaje a los otros niños. Sólo si se conserva la asimetría de un vínculo necesariamente desigual, que se establece en el contrato de aprendizaje, puede esperarse que la escuela no sea un sitio violento”.
De estas palabras se infiere que más que endurecer la disciplina urge restablecer la noción de autoridad en la institución escolar.
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