El riesgo que entraña el desbalance político
El oficialismo, el domingo, ganó ampliamente las elecciones, y se diría que casi redujo a un papel testimonial a la oposición. Este escenario no debería inquietar, si quien ganó en las urnas acepta las reglas del estado de derecho.Sin embargo existe el riesgo, como advierte el politólogo Vicente Palermo, que la formación oficialista interprete su concluyente triunfo "como una autorización o un mandato a ocupar la totalidad del campo político".Esto equivaldría casi a postular que los que no pertenecen a las filas de los triunfadores están de más, o poco menos, y por tanto adolecen de una existencia política ilegítima.No se trata de discutir el descomunal capital político adquirido por Cristina Kirchner, y por el oficialismo en general en todos los distritos. Más del 50 por ciento de los argentinos ha dado un respaldo inequívoco al llamado "modelo".Un sector de la oposición que se ha venido negando a reconocer los aciertos del gobierno, al punto de deslegitimar totalmente su acción, debería tomar nota de este dato.Sobre todo cambiar su actitud cerrilmente negativa por otra que, sin renunciar a la crítica, lo aproxime a una tesitura más constructiva y con capacidad de pensar el futuro.El escaso acompañamiento en las urnas acaso haya sido el mayor castigo hacia este oposicionismo cerril. Pero el punto es otro: el oficialismo, que goza de las mieles de la popularidad y acumula tanto poder, no debiera perder la cabeza.Es que el abrumador respaldo electoral podría hacerle creer que está habilitado para hacer cuanto quiera, aun a riesgo de no respetar los límites que le impone el estado de derecho.Tolerancia, derechos de las minorías, libertad de expresión, libertad de opinión, división de los poderes, son algunos principios básicos que nuestra Constitución consagra, y que no se pueden desconocer en nombre de ninguna mayoría circunstancial.El respeto de la opinión política ajena, vale recordar, no tiene carta de ciudadanía en un sistema político que reniega del pluralismo de las ideas.La democracia no sólo es un mecanismo pacífico por el cual, a través del voto, los ciudadanos elijen las autoridades. En ella la política está subordinada a un orden jurídico, que llamamos estado de derecho, uno de cuyos principios nucleares es la tolerancia ideológica.Es importante recalcar esto en un país que no ha hecho precisamente, a lo largo de su historia, un culto del respeto a la opinión del otro. Varias generaciones de argentinos -como aquella que se vio forzada a elegir entre el "tirano" y los "vendepatria"- se enfrentaron por antinomias que terminaron en violencias y persecuciones.Un sistema político no puede estar basado sobre la fe en valores absolutos (como existe en las teocracias). "Esta fe lleva -y siempre ha llevado- a una situación en la que quien afirma poseer el secreto del bien absoluto reclama el derecho de imponer su opinión como su voluntad a los otros que están en el error", advierte el politólogo Hans Kelsen, en su libro "Democracia".En este contexto axiológico, todo error es "castigable", sostiene al explicar el potencial peligro que entraña una estrategia que pretendiera erigirse, aun en democracia, en una verdad absoluta que exige coactivamente ser venerada.Pero la democracia es en realidad un cotejo de preferencias, en el marco de un relativismo filosófico y político, y no en una guerra por la imposición absolutista de una visión, siempre parcial, en detrimento de otras.El desequilibrio político surgido de las urnas, en suma, no debiera significar un retroceso para la democracia republicana.
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