El río sagrado
Por Gustavo J. Carbone
Director de Diario elDía
De esa vida llegamos a conocer algunos resabios de plenitud las generaciones más viejas que por gracia de Dios hoy todavía habitamos aquí. En nombre de ellas nos atrevemos a escribir estas palabras, impregnadas por el sentimiento fundamentalmente.
El río Uruguay, sin ser el más largo del mundo, mucho menos el más caudaloso (más bien lo es muy poco en ese aspecto), es el más importante que existe, para nosotros.
Aún para aquéllos que pese a haberlo navegado en muy contadas oportunidades, hace ya tiempo, lo vimos y vivimos despejado, llamativo y hermoso, amigable, fuerte, generoso.
Pero el tiempo hace de las suyas. El hombre hace de las suyas, sustancialmente. La ambición desmedida, el poderío de sectores del género que no miden fronteras ni límites morales, atropella abriendo camino a la culminación de secuelas que desgraciadamente hoy, para nosotros, conforman una dolorosa sentencia de un destino que nunca se quisimos ni querremos.
De un destino que no se habrá de negociar por un precio, unilateralmente dispuesto por grupos caracterizados por un egoísmo vil, por una insolidaridad bien profunda.
En realidad en estos tiempos de modernidad, “progreso”, tecnologías impensadas, hasta lo “sagrado” ya está altamente contaminado en el sentido absoluto y total del término.
Tal vez por eso hay quiénes respaldan por acción y por omisión, por despreocupación y comodidad, desde el desconocimiento, el fomento de la indemnidad, de la impunidad, de quienes como tortugas avanzan y avanzan lenta y sigilosamente, en la apropiación.
Van tras sus objetivos de invadir nuestros recursos naturales, hoy precarios pero sin duda más sanos que los que tienen más cerca de sus narices. Así es que los depredan en mega escalas atroces de contaminación silenciosa.
Dolorosamente, vaya a saber por qué (o sí), algunos pasan por arriba los límites de la prudencia, de la responsabilidad, del respeto a la escala de valores que preside o encabeza el valor más importante para el género humano: la VIDA.
La vida en su más amplio alcance. No sólo la salud del hombre, los animales, las plantas. De nosotros, de los que vendrán tras de nosotros.
El respeto por lo que hemos elegido como manera de honrarla con trabajo serio, tratando de corregir errores en el camino, pero siempre con el deseo que nada extraño nos imponga con complicidades arraigadas aquí, sistemas ajenos a nosotros.
Hay quiénes no se preocupan por la contaminación de un río como el Uruguay. Ni en Brasil, ni en el Uruguay, ni en la Argentina.
Por otra parte, el Ganges en la India está tan contaminado, que ya parece que ni los “pecados” de los millones de hindúes que se sumergen en él, pueden ser purificados hoy.
El río sagrado nuestro, el Uruguay, nunca ha “purificado” los pecados, es cierto. Aquellos pecados que por acción hemos cometido a lo largo de los últimos tiempos, sobre todo en el medioambiente.
Pero, menos habrá de perdonar a quiénes desde sus sitios de privilegio en el poder, no entiendan que ni siquiera con los gestos ni la utilización del oportunismo circunstancial, las palabras sin respaldo serio y responsable, pretendan que aquí, quedemos tranquilos, conformes, y convencidos de que no vimos lo que vimos.
Vemos lo que estamos viendo. Olemos lo que ya hemos olido. Y lucharemos incansablemente desde cada ámbito de esta comunidad, en paz, para lograr sin concesión alguna que la industria mega contaminante de Botnia, no esté más aquí en nuestra región.
En las capitales del primer mundo, o aún en la nuestra, (Buenos Aires), la escenografía la componen los intereses políticos o económicos de “alto o bajo vuelo”, como se los quiera designar.
Aquí, delante de nuestra vista, aún con las distorsiones que nos han impuesto hoy, aparece nuestro río Uruguay. Río sagrado para nosotros que vale infinitamente más, que algunos miles de millones de dólares.
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