El rol del dinero en las clases populares
El dinero ha sido interpretado como un ácido de la vida social. Y ha estado asociado a los usos de sus poseedores naturales, los ricos. Sin embargo, poco se repara en la importancia que ha adquirido en la vida personal y colectiva de los pobres. Esa es la tesis de fondo del sociólogo Ariel Wilkis, autor del libro "Las sospechas del dinero. Moral y economía en la vida popular", donde se analiza el fenómeno de la monetización en el conurbano bonaerense.Las esperanzas de ganancia y la lógica del lucro no son patrimonio de las clases medias y altas, sino que están también presentes en las llamadas "clases populares", sostiene este doctor en Sociología e investigador del Conicet.Wilkis nos viene a decir que es tan erróneo creer que estos sectores sociales están desmonetizados -y por tanto dialécticamente enfrentados a los poseedores del dinero- como suponer que en ellos la moneda es algo irrevocablemente pecaminoso.Ni el dinero está excluido de la vida popular, ni debe ser visto en ella como símbolo de degradación moral. Más bien se impone, dice el autor, comprenderlo como un articulador extraordinario en la economía.La circulación de mercancías y personas, favorecida por este instrumento de los intercambios que es el dinero (signo de los signos y medio de los medios) se da también en los mercados populares (como La Salada).Además hay una "nueva infraestructura monetaria", cuyos rasgos son compartidos por muchos países de la región. Wilkis alude a grandes cadenas de comercio, bancos, agencias financieras y compañías de tarjetas de crédito.Todos estos agentes, que antes dominaban la economía de la clase burguesa, se han convertido progresivamente en un pasaporte al consumo para clases que históricamente habían sido excluidas del acceso a los créditos."El capitalismo se ha reorganizado en clave financiera no sólo desde arriba sino también desde abajo", refiere el sociólogo, para quien hace tiempo las tarjetas de crédito dejaron de ser un signo de distinción y se volvieron "plebeyas"."Desde el lado del mercado del crédito, observamos que los sectores de bajos recursos (la base de la pirámide) se convirtieron en clientes y se les ofrece una variedad de productos financieros", destacó en una entrevista con el diario Clarín.A estas fuentes de monetización de los barrios marginales, se añaden las transferencias estatales, dinero proveniente de la política, préstamos familiares o de confianza, donaciones y ganancias de trabajos lícitos e ilícitos.Todas estas modalidades permiten que el dinero ingrese y circule en distintas intensidades dentro de los barrios, formando entramados y configuraciones monetarias complejas.Esta descripción obliga a corregir algunos estereotipos asociados al asistencialismo. "Estamos lejos de observar el mundo popular desde la figura del asistido: el asistido también es un cliente de una empresa de préstamo", sostiene el autor.Y añade: "Además el asistido es un endeudado. Y desde el punto de vista de los hogares, endeudarse es una opción que permite mejorar los estándares de vida. La opción es quedar fuera del consumo y eso hoy la gente lo rechaza".Según Wilkis, la vitalidad de la economía popular está atada a la esperanza. Esto se expresa tanto en las apuestas (por ejemplo la quiniela), y en un sinnúmero de situaciones, como esperar un plan social, anhelar la compra de un nuevo aparato para montar un negocio o mudarse a una nueva casa.
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