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El secreto escondido del Martín Fierro

Son pocos los personajes de ficción que han sabido, como él, conquistarse un lugar tan alto en la literatura universal y tan adentro en el corazón de los argentinos.

Por Luis Apesteguía

Desde su aparición en 1872, ya va siglo y medio que “matrerea” las bibliotecas de las casas, las aulas de los colegios, las peñas del campo, las tesis doctorales, las audiciones de radio y, ahora último, los recovecos internet. Borges lo vinculó a su pluma en páginas sublimes, intelectuales del mundo entero le han rendido tributo, y el mismísimo Papa Francisco lo citó en las Naciones Unidas.

Envuelto en prestigio arrollador, traducido a más de treinta idiomas, su vigencia continúa incólume. ¿Habrá sospechado José Hernández que a su modesta obra, con el tiempo, le iban a

dar el más audaz de los títulos que se puede conceder a un libro: la Biblia Gaucha?

¿Quién es Martín Fierro? ¿Qué hizo? ¿Por qué tan aplastante fama y tanta luminosa gloria? ¿Adónde radica su secreto: en su maestría literaria, o en lo original de su historia?

La respuesta es clara: el secreto no está ni en lo uno ni en lo otro. Un simple encadenarse de hechos bien contados no basta. La sola pericia de ensamblar letras, encajar versos y componer rimas no garantiza la inmortalidad de un personaje. Y cuesta pensar que de la rusticidad del guión, así porque sí, germinen tantos laureles.

En realidad, lo que ocurre es que en la urdimbre poética de Hernández habita una prodigiosa conexión con las –así llamadas- “constantes de la condición humana”. Ahí se esconde la secreta energía de su libro: la atormentada biografía de Martín Fierro, haciendo pie en la Argentina del siglo XIX y narrada en verso con pericia increíble, logra transmitir los valores universales de siempre.

Pueden estar seguras, las distintas generaciones de lectores, que encontrarán en esas letras una invitación a distinguir el bien del mal; a plantearse el cumplimiento abnegado del deber; a pensar dónde se cifra la felicidad verdadera y cuál debe ser la respuesta del hombre ante el sufrimiento injusto; a redescubrir la familia, el trabajo y la amistad; a razonar por qué la religión es tan importante en la vida de los pueblos; a vincular la autoridad con el bien común. El etcétera de los grandes temas que laten en sus líneas es inagotable: desde el tan manido del amor, hasta los menos explorados del “peso, la medida, el tiempo y la cantidá”.

Tan enormes verdades se destilan de una historia simple: un gaucho de bien, con dotes de cantor y talento musical, de familia y de trabajo, es forzado por la autoridad de turno a engrosar las milicias de frontera, al sur de la provincia de Buenos Aires. Tres años allí, batallando indios y sufriendo vejaciones, lo sumergen en una indignación creciente hasta que decide escaparse y volver.

Y Vuelve. Comprueba que perdió todo: su casa, su esposa, sus hijos. Y decide de nuevo, desde lo más íntimo de su ser: se va rebelar contra el sistema aislándose en su soledad. Se hace “matrero”, nómade a caballo que vaga por los campos “como duende”, “sin punto ni rumbo fijo”. Cada tanto aparece en reuniones, pero no entrenado en sutilezas sociales termina enzarzado en cuchillazos y refriegas. Hasta que la policía lo encuentra.

Una patrulla de a caballo –gauchos como él- lo sorprende escondido en un pajonal y lo rodea. La pelea es atroz. Pero el sargento Cruz se conmueve, lo defiende, y se pone de su lado. En su nobleza, no podía consentir que “se mate así a un valiente”. Juntos dispersan la “partida” y se quedan hermanados en idéntico destino: probar suerte más allá de la frontera, buscando tranquilidad en territorio de salvajes. Pretenden vivir “panza arriba, mirando dar güelta al sol”.

Pero aquello no iba a ser el paraíso que soñaban. Cruz, afectado de viruela, muere. Y le deja en testamento una preciada encomienda: “si vuelve, busquemeló”. Se refería a su hijo, perdido por ahí, en esos mundos de Dios.

Martín Fierro, más solo que nunca, se transforma interiormente, curtido en pobrezas y amarguras. Su corazón bueno nunca lo dejó. Y reacciona. Ahora quiere volver y trabajar. Se ha hecho sabio, reflexivo. Quiere educar a sus hijos, encontrar al de Cruz, y ser el padre que no fue. Está dispuesto a todo: hasta trabajar de agricultor.

Mientras planea el regreso, escucha el llanto desesperado de una “cautiva” lastimada por un indio bárbaro. La crueldad de la escena es inaudita. Venciendo sus miedos, Martín Fierro vence también al agresor y la libera. Y entonces sí: emprende la vuelta con la pobre mujer que acaba de salvar.

Desandar de nuevo el desierto fue la última etapa de un camino de purificación interior. Al llegar a “las casas” todo estaba listo para empezar una vida nueva: el juez que lo perseguía “hacía tiempo que había muerto” y ya nadie se acordaba de sus antiguos delitos.

El escenario ya está despejado para poner proa en su objetivo y la “casualidá” lo ayuda: encuentra en una fiesta a sus hijos y al de Cruz, de nombre Picardía, y las emociones estallan. La alegría y el dolor se mezclan con los abrazos, los relatos y canciones. Tampoco falta un contrapunto de payadas con un “moreno” que, aparecido de golpe en plan de desafío, le da ocasión de derrochar sabiduría y de mostrar que ya no quiere “contiendas”.

Al final, en el sugerente marco de una noche poblada de estrellas, en la inmensa soledad del campo y en intimidad de familia, Martín Fierro pronuncia sus consejos inmortales. “Por su estado de pobreza” no pueden vivir juntos y deciden separarse “para empezar vida nueva”. Se van, dirigiéndose a los “cuatro vientos”. Pero ya no son los mismos. De cara al futuro abierto, “sin ninguna intención mala”, adoptan un sorprendente recurso que tiene mucho de simbólico: cambian sus nombres.

Se sabe que el nombre, en la Sagrada Escritura, designa la identidad de la persona, su más profunda vocación. Aquí, en el solemne broche final de la Biblia Gaucha, no es casualidad que pase lo mismo: con otros nombres, quieren ser otras personas.

Quien lea al Martín Fierro topará con el mundo de los valores perennes que forman su secreto. Y conocerá, bajo la piel de ese gaucho de la pampa, a todo hombre que lucha por ser bueno a pesar de sufrir tanta injusticia.

Hasta quizá le entren ganas de pisar sus huellas, recordando el eco de sus últimos acordes:

Pues son mis dichas desdichas

las de todos mis hermanos;

ellos guardarán ufanos

en su corazón mi historia;

me tendrán en su memoria

para siempre mis paisanos.

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