El secreto reside en saber escuchar
Por la dinámica histórica, la sociedad local se ve enfrentada a resolver distintas cuestiones vitales, algo que desafía su capacidad para construir visiones compartidas.Gualeguaychú tiene que tomar decisiones para adelante en dos temas, que aunque de gravitación distinta, requerirán de una destreza moral peculiar para superar las disensiones internas.Uno de ellos se vincula con la redacción de una Carta Orgánica municipal. Aquí, como ya lo hemos advertido, subyace el riesgo de que la lucha partidaria, con su lógica facciosa, haga naufragar la iniciativa.Pero este proceso colectivo deberá sortear también las contradicciones implícitas en toda deliberación humana. Si lo que se busca es acordar, ¿primará una ética del consenso o del antagonismo?El otro frente donde la ciudad se verá obligada a tomar decisiones para adelante se vincula al conflicto pastero. El fallo del tribunal de la Haya está al caer y ello, como es lógico, está generando estrés social.La conducta que asumirá Gualeguaychú una vez conocido ese pronunciamiento internacional, entraña un interrogante. Seguramente, ése será el momento de discutir qué hacer frente a la nueva realidad.En ese marco, no se podrá eludir el futuro del controversial corte de la ruta internacional, que conecta con Fray Bentos. Con desánimo, observamos aquí la prevalencia de un espíritu divisionista, que lleva al repliegue de las posiciones.Además, la borrascosa disposición de los ánimos que se detecta en la comunidad no ayuda a superar una situación que ha dejado de ser una simple divergencia de opiniones.No sólo eso. Este conflicto ha sido ganado por la unilateralidad del decir, por el monólogo autosuficiente, por el discurso cerrado, por el autismo sistemático.En suma, tanto en este tema como en el de la Carta Orgánica, la sociedad local, si quiere salir airosa y unida, deberá armarse de una ética sui géneris para que el diálogo social prospere.Por otro lado, culturalmente nos cuesta reconocer las ideas del "otro diferente". Los argentinos llamamos traidor al que no se identifica con nosotros hasta en el más mínimo detalle.Quien no acuerda en bloque, a libro cerrado, es un potencial enemigo. En esta dialéctica, las soluciones pasan por imponerle al otro mi voluntad. De última, el pleito se resuelve en un juego de fuerzas.Criticamos acerbamente la conducta "autoritaria" de nuestros gobernantes, sin darnos cuenta que expresan un comportamiento social asumido en la calle. Alguien dijo con razón que los gobiernos se nos asemejan.La humanidad se rebajó a la animalidad, cuando la racionalidad vehiculizada por el diálogo declinó a favor de la violencia irracional, la intolerancia de los fanatismos.Creemos que el secreto del diálogo reside en la virtud de la escucha. Hemos sido adiestrados para el decir, para hablar, pero no para escuchar. Pero la comunicación humana brilla en su plenitud cuando estamos dispuestos a la escucha atenta del otro.Porque entonces nos ponemos espiritualmente en actitud de ver la parte de verdad que tiene el otro punto de vista. Y a juzgar que nuestra postura es relativa, y en todo caso sujeta a revisión.Así como se puede hablar sin saber decir, también se puede oír sin saber escuchar. Es importante la distinción que hace el diccionario entre los verbos oír y escuchar.En el primer caso, dice, se trata de "percibir los sonidos". Oír, así, es un fenómeno biológico. En cambio, el verbo escuchar significa "prestar atención a lo que se oye". Escuchar, por tanto, requiere todo un esfuerzo intelectivo.Para lo que viene, Gualeguaychú deberá entrenarse en el arte de escuchar.
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