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Opinion |

El sepulcro vacío es el comienzo de una historia nueva

Signos de resurrección. Todos los relatos acerca de la mañana de la Pascua en los Evangelios coinciden en centrar la atención inicial en el sepulcro vacío. Esto, en principio, es solamente señal de ausencia de un cadáver. Pero en sí no es suficiente para afirmar la presencia con vida de Jesús, a quien todos habían visto muerto colgando de la cruz.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano*

Para llegar a la fe en la Resurrección los discípulos tuvieron que recorrer un camino no siempre sencillo. Incluso para unos cuantos no exento de dudas y búsquedas intensas, como los discípulos de Emaús, el Apóstol Tomás y tantos otros.

El Evangelio de San Juan nos muestra cómo ese camino fue diverso para María Magdalena, Pedro, el discípulo amado, el resto de los Apóstoles y otros más en la Comunidad cristiana.

Te destaco la experiencia de los tres que te mencioné al principio. Lo primero para María Magdalena fue ver que la enorme piedra que sellaba la entrada al sepulcro había sido corrida y no estaba el cadáver del Maestro. “¿Habrán robado o trasladado el cuerpo?”, se preguntó.

Pedro dio un paso más, entró y vio las vendas en el suelo y el sudario doblado en un lugar aparte. Pudo pensar que “quien quiere robar un cadáver no se toma el tiempo para acomodar así las cosas”, pero todavía no le resultó suficiente para la fe. En cambio, en el mismo momento el discípulo amado entró al sepulcro “vio y creyó”. Una enseñanza que nos deja entrever San Juan es que hace falta dejarse llevar por el amor para llegar a la fe en la Resurrección.

La presencia de Jesús Resucitado fue experiencia para los discípulos en varias ocasiones narradas por los Evangelios, a las cuales llamamos “apariciones”. Pero esa manera de encuentro no quedó clausurada en los 40 días que van desde la Pascua hasta la Ascensión del Señor, o a unos pocos místicos selectos.

Sin ir más lejos, te cuento que en estos días he recibido testimonios hermosos de encuentros con Cristo Vivo en peregrinos en los santuarios, en gente que participa en las celebraciones de la Semana Santa, catequistas, docentes. También en quienes se acercan a recibir la comunión en la Misa, e incluso en quienes no pueden comulgar. Hay una certeza simple y clara de la vida nueva de Jesús.

Accedemos a la fe en la Pascua abriendo el corazón a la Palabra revelada que ilumina nuestra vida. Los acontecimientos que estamos celebrando son el cumplimiento de los anuncios realizados por los profetas y el mismo Jesús; no son producto del azar. En varias ocasiones (antes y después de la Pascua) los Evangelios se encargan de mostrar esto.

Así lo testimonian los discípulos de Emaús que llegaron a la fe de la mano de Jesús recorriendo los anuncios de la pasión y resurrección en toda la Biblia. La Palabra nos revela a Jesús y quiénes somos; quién soy yo, quiénes los demás. Mirados desde Dios todos adquirimos un lugar nuevo. Los otros son más que “los demás”, como si fueran sobrantes. Son hermanos, tenemos la misma dignidad.

También nos compromete a cuidar la casa común, escuchar el gemido de la tierra, que nos pide ser auxiliada. Nos dice San Pablo que “la creación entera gime con dolores de parto aguardando ser liberada de la corrupción”.

Es bueno acudir cada uno a su propia experiencia de novedad. Seguramente en algunas cosas hemos logramos ser hombres y mujeres nuevos. No soy igual después de celebrar la Pascua. Estamos impulsados a renovar al menos el deseo que me empuja a cambiar, a iluminar mi vida y el mundo.

Mejorar una relación por medio del perdón, dejar algún vicio, donar tiempo y dinero, volver a estudiar, vencer la sensualidad, la avaricia, la autorreferencialidad. Crecer en la oración, ser más piadoso. Asumir un compromiso con la comunidad o con el barrio.

En este camino nos ayuda el encuentro con gente buena, transfigurada, cargada de luz aun en medio de las contradicciones.

Es cierta la promesa “yo hago nuevas todas las cosas” que está en la Biblia.

Lo percibimos en la enfermera de alma, la maestra que se esfuerza ante desafíos nuevos y exigentes, los que buscan trabajo, los que amplían el corazón y adoptan la vida que quedó abandonada, los que salen a dar de comer a quienes duermen en la calle.

Además de estos signos personales, los hay también comunitarios. La caridad que se organiza, la justicia que se reclama, la solidaridad de un grupo de vecinos, la actividad de un grupo misionero.

Hay una imagen que siempre me atrajo. En la tierra arrasada, en algún momento brota empecinadamente la vida. Lo he visto en campos inundados cuando baja el agua y todo es desolación; pero en cuanto querés acordar aparece un brote verde.

*Arzobispo de san Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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