El tránsito, reflejo de lo que somos
La forma de conducir es una manifestación de nuestra personalidad, al tiempo que expresa un modo de ser colectivo. De ahí que una política de prevención vial debe apuntar a un cambio en la conducta de los actores del tránsito. Cada tanto la estadística sobre el tema en Argentina muestra cosas que llaman a la reflexión cultural. En efecto, en ocasión de celebrarse el Día de la Seguridad Vial, el pasado 19 de marzo, la asociación civil 'Luchemos por la Vida' difundió un informe donde se dice que el 94% de los conductores no cede el paso a los peatones.Por lo visto aquí el vehículo tiene prioridad sobre el peatón, convertido en alguien que no tiene derecho alguno al espacio público, respecto de disfrutarlo y circular por él.Esto sería sólo una muestra de que los problemas del tránsito -como otros que existen en la Argentina- tienen importantes raíces culturales. Es decir, están relacionados con ciertos valores, creencias, normas y hábitos arraigados en nuestra sociedad.Recién ahora, por ejemplo, se está tomando algo de conciencia sobre los derechos a los espacios comunes, a la circulación en general, de las personas con discapacidad.Si bien es cierto que la cantidad y la gravedad de los incidentes de tránsito responden a fenómenos policausales, puesto que intervienen tanto aspectos de infraestructura vial como de gestión estatal, son claves también los rasgos de nuestra cultura.Un informe del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires reconocía, por caso, que la mentalidad del "sálvese quien pueda", como expresión de individualismo extremo, impactaba en el tránsito.Aunque el concepto más usado para describir los problemas de sociabilidad en estas pampas es el de anomia. Con esta palabra se alude a la desintegración de los lados sociales, como el no cumplimiento de las reglas básicas que regulan el comportamiento colectivo.La "viveza criolla", como filosofía de progresar siguiendo la línea del menor esfuerzo y buscando el atajo para eludir la norma, también se ve patente en el tráfico.A eso se le suma la manía de trasladar la responsabilidad al otro. La sociedad argentina es proclive a los chivos expiatorios, lo que le permite cada tanto demonizar a otros agentes (el pasado, el vecino, el extranjero) y autoexculparse con elegancia.Pero los valores culturales no son inmodificables. Y esto abre una luz de esperanza respecto a propiciar cambios culturales adecuados, en orden a modificar conductas que, como en el caso del tránsito, podrían a ayudar a salvar vidas.Al mismo tiempo existe la dimensión individual, los rasgos de personalidad de cada quien, que también se refleja en el tránsito. De suerte que se puede postular el axioma según el cual "conducimos como somos o como vivimos".El psicólogo español Guillermo Ballenato Prieto sostiene, por caso, que "hay sujetos cuyas características de personalidad les hacen más proclives a verse involucrados en accidentes de tránsito".Al respecto añade que "desde la Psicología se estudian y analizan tanto los estados emocionales como los rasgos de personalidad característicos de los conductores más peligrosos".Está estudiado, por ejemplo, que a veces se exterioriza la verdadera personalidad durante la conducción vehicular, generalmente reprimida cuando se está en el rol de peatón.Esa exteriorización se dispara por el anonimato que representa el automóvil, la facilidad de la huida, el sentimiento de posesión y de privacidad del espacio encerrado entre ventanillas.
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