El último tropero

Por Fabián Miró
Esteban Benedetti tiene 80 años y hace unos 14 que vive en la ciudad “No me costó dejar el campo si pasé la mayor parte de mi vida en el mismo”. Benedetti se considera mas “criollo que un zapallo”. Mi viejo-contó- “era de raza italiana y mi madre de descendencia uruguaya”. Nació en el pueblo, pero “chiquito me fui al campo a trabajar de lo que sea”. Me gustaba recordó “trabajar con los pingos viejos y con la ganadería, algo que se ha perdido lamentablemente”. Los campos “están cubiertos de soja y no queda espacio para las vacas” destacó para agregar que “hoy la gente se queda sentada en “las casas” esperando que le traigan la plata del alquiler”
En sus tiempos además de laburar con la hacienda de los patrones “tenía algunos animales que los dueños de los campos me permitían criar y con eso fui haciendo un capital que a la hora del retiro me permitió comprar esta casa “. Casa en donde Benedetti, tiene un pequeño gallineros y una quinta que trabaja diariamente.
No se considera un hombre de a caballo, pero supo amansar algún que otro equino. Además de desempeñarse como puestero tropeó en innumerables oportunidades “era común en aquellos tiempos llevar la hacienda desde los remates feria por arreo a los campos de destino o bien traer desde los establecimientos, animales a la feria. A veces –recordó- tardábamos unos 5 días. Todo depende de la distancia a recorrer. Los viajes mas largos eran desde la zona de islas”. Consultado donde hacían noche, manifestó que “donde nos encontrara la misma” Como techo, las estrellas o la capa que no faltaba en el recado que hacía las veces de almohada, mientras que los cueros y bajeras pasaban a ser el colchón”. Destacó que cuando no tenían un corral, donde encerrar las vacas encendíamos un fogón atrás y otro adelante y nos turnábamos para hacer rondas”. El conteo del rodeo de hacía por la mañana temprano antes de iniciar la marcha y al atardecer. “marchábamos 4 o 5 leguas por día, la hacienda mas caminadora era el cebú (raza índica), pero más de una vez nos tocó lotes de vacas mañeras”. Los rodeos oscilaban entre las 200 y 400 cabezas y se requería de entre 5 a 7 hombres para llevar bien la hacienda “los arreos se hacían desde Carbó, Larroque, Villa Lila, Celmira, Centella, Islas y otros lugares”. Cuando veníamos de Celmira o de la zona de El Potrero “ingresábamos a Gualeguaychú por la periferia, entrando por el Barrio La Cuchilla, luego seguíamos por la zona del Cementerio, Gualeyán hasta llegar a las instalaciones de la Rural. Fue una buena época “Un buen trabajo con el que se ganaba dinero, al menos si uno sabía cuidarlo”, destacó.
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