El unitarismo envilece la vida política del país
Es una triste ironía que en el año del Bicentenario se asista al triunfo del modelo centralista, por el cual se degrada la esencia de nuestra organización federal.Quienes idearon la Constitución de 1853 desearon que cada porción del país generara sus propios recursos y luego derivara una parte al Estado Nacional (que se ocuparía de las obligaciones generales).Hay que remarcar que fue por voluntad de las Provincias que se constituyó el gobierno nacional. Es decir, las Provincias son anteriores, política y jurídicamente, a la Nación.El federalismo fiscal es la infraestructura material de los otros dos principios clave de nuestra Constitución. Por un lado la república, que consagra la división de poderes; por otro la representatividad política.En esta lógica, trastocar el esquema económico federal supone degradar sin más el ordenamiento político-jurídico, que así se queda sin sustento material y deviene en puro simulacro.La realidad argentina de hoy es justamente la inversa de la constitucional. En el bicentenario de la patria estamos festejando, en realidad, la consolidación de un modelo que concentra los recursos en el poder central con sede en la Casa Rosada.Todos los recursos se han encadenado al mítico "puerto". Allí confluye el producto del esfuerzo nacional y desde allí, según los caprichos y cálculos del que gobierna, se devuelve algo.El unitarismo financia la suma del poder público, el cual lleva adelante un proceso de cooptación de los recursos provinciales como herramienta de disciplinamiento político de los gobernadores y del Congreso.Desde ese poder se ensaya un argumento. Se dice que las transferencias a las Provincias son millonarias. Pero se omiten de cosas: 1- es bastante menos de lo que sale de cada territorio; 2- el reparto es discrecional y arbitrario.De ahí que nos hemos habituado a ver a gobernadores e intendentes mendigando dineros que le pertenecen ante el patrón de turno, sin percibir la servidumbre política que ello implica.Los académicos coinciden que el federalismo fiscal sufrió una dura derrota durante el gobierno de facto de Uriburu, en 1932. Allí se inició el avance objetivo del poder central sobre las potestades tributarias naturales y originales de las provincias.El entonces gobernador de Entre Ríos, Luis Etchevehere manifestó, proféticamente, en una carta enviada a su colega de Santa Fe, Luciano Molinas, lo siguiente:"No hay autonomismo posible dentro de un sistema tributario que concentra en el gobierno nacional los rubros más productivos de la renta, aún cuando se busque compensaciones en el recurso deprimente de los subsidios"."La subordinación excesiva que esto genera arruina el concepto de personalidad política de los Estados federales y nos aproxima cada día más al centralismo gubernamental, que no es de la Constitución ni está en la voluntad de los pueblos de las provincias"."Hemos hecho del gobierno central un organismo demasiado poderoso, que no es el que quisieron formar nuestros constituyentes y que, debido a esto, ha sido el factor principal de muchas de las perturbaciones que soportó la Nación".En tanto Atanacio Eguiguren, senador por la provincia de Entre Ríos, durante el debate sobre la ley de impuestos internos unificados (21 de diciembre de 1934) en el Senado, esto dijo:"¿Qué hace una provincia que no puede pagar a sus empleados, que no puede hacer puentes ni caminos, que no puede defender su producción, desarrollar su industria, fomentar la educación primaria? (...) El día en que el gobernador tenga que venir a las antesalas de la presidencia a pedir que le entregue los recursos propios que el gobierno nacional recaude en las provincias, habrá muerto nuestro federalismo (...)".
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