El valor del trabajo
La Biblia dice que cuando el hombre pecó, Dios lo castigó diciendo: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Desde entonces, el trabajo va acompañado de la penalidad.
Sin embargo, esta fatiga no elimina el hecho de que el trabajo, entendido como toda actividad humana destinada a producir bienes o servicios, hace a la vocación humana de dominar el mundo.
Entre los seres de la naturaleza, sólo el hombre es capaz de trabajar (la actividad de los vegetales y plantas no es propiamente trabajo). Y en este sentido, se trata de una característica distintiva del hombre, como ser libre y responsable.
Desde este ángulo, el hombre se realiza con el trabajo. Es una de las dimensiones en la que enriquece su personalidad. Es una vía de dignificación en la que, además de procurarse el sustento, presta un servicio a la sociedad en la que vive.
Los sistemas económicos de la modernidad han desfigurado en gran medida el valor del trabajo. El capitalismo primitivo, por ejemplo, explotó el trabajo en
favor de la clase burguesa.
Salarios de miseria, jornadas agotadoras, falta total de seguridad e higiene, utilización de niños y mujeres en trabajos pesados e insalubres, alta desocupación, fueron algunas de las lacras que trajo consigo la revolución industrial.
El marxismo, justificadamente, reaccionó contra esta “explotación del hombre por el hombre”. Y postuló el odio entre las clases contra el Capital. Pero el socialismo real trajo males mayores.
La colectivización de la economía entronizó al Estado explotador –en reemplazo del capitalista- abriendo una brecha ente una clase burocrática enriquecida y un pueblo condenada al trabajo forzoso.
Frente a estos dos modelos de abuso, una economía que se inspire en la dignidad humana debe conciliar los intereses legítimos del capital y del trabajo. Sobre la base de un modelo que aspire a crear riqueza pero que a la vez reparta.
Pero hay un principio filosófico que debe regir toda economía. El hombre es el único fin del proceso económico. Es decir, nada justifica en la producción de bienes la explotación del hombre, tanto de parte de los capitalistas como del Estado.
En este sentido, resulta hoy intolerable todo orden injusto e inhumano organizado con daño para los trabajadores. Como resultado de un modelo económico que se asienta en la apropiación obscena de la riqueza por parte de una minoría.
Dicho esto, conviene a la vez resaltar el hecho de que el trabajo, aunque importante en la vida, no es todo para el hombre. El economicismo dominante –del que participan las ideologías supuestamente antagónicas del capitalismo y el comunismo- nos ha hecho creer que hemos venido al mundo a trabajar.
Pero esta concepción del “homo faber” (el hombre que hace o fabrica) amputa, desfigura la condición humana. Porque nunca el trabajo puede ser un fin en sí mismo.
Además, ¿no es funcional esta mentalidad que exalta el trabajo al círculo de la adquisición y del consumo desenfrenado de bienes? ¿Y a quién le interesa el consumismo radical sino a los intereses de un sistema económico que, otra vez, se auto-erige en fin de la humanidad?
El mundo totalitario del trabajo nos ha hecho perder de vista que el hombre es más que la praxis. Se oculta que el mundo no está ahí sólo para transformarlo sino para contemplarlo. Que hay un sentido de la existencia a descubrir. Que hay una vocación humana a la trascendencia.
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