El valor de la vida tras tocar los límites
Al obstetra de 47 años le tocó estar cara a cara con la muerte. Fue una experiencia límite conmocionante, cargada de dolor, de la cual, según ha dicho, ha salido con otro concepto de la vida.
Es la historia de un hombre joven que experimenta un giro drástico en sus días. Un mimado de la vida, poseedor de una existencia perfecta desde el punto de vista familiar y profesional, de repente ve derrumbarse su mundo.
La causa: una miocarditis viral fulminante le destruyó literalmente el corazón. Inmediatamente, el doctor Kissner pasó a ocupar el primer lugar en la lista de urgencias del Incucai.
Es decir, su vida empezó a depender de la donación de un corazón, de la decisión de una familia de entregar el órgano de alguien querido ya fallecido. En suma, sólo el transplante de un corazón podía salvar a Kissner.
Sus familiares y un grupo de amigos, desesperados, desataron una campaña solidaria en todo el país. Antes del que el corazón finalmente llegara, el enfermo pasó semanas en coma, sobrevivió a veinte paros cardíacos, un par de shocks cardíacos, dos hemorragias, dos infecciones generalizadas y otras tantas operaciones de pulmón.
“Es obra de Dios que yo esté vivo”, fueron las primeras declaraciones que hizo Kissner, ya recuperado. Más allá de la ciencia médica, de la donación de un corazón y de sus propias ganas de vivir, el médico cree que volvió de la muerte por un milagro.
“A Dios lo tenía abandonado, pero ahora sé que existe. Mis chicos volvieron a jugar por primera vez en meses. He renacido”, dijo.
Es la confesión de alguien que experimentó la precariedad de su propia existencia, y se enfrentó al misterio de la muerte, donde enmudecen todas las arrogancias y vanidades humanas.
“Yo era una persona absolutamente sana hasta que, de un día para el otro, me dijeron que si no recibía un corazón me moriría en cuestión de días”, relata el médico, al explicar el giro dramático que tuvo su vida.
“Yo quería vivir”, confesó al explicar su determinación por ganar la batalla a la enfermedad. La donación para él era un tema asumido –había donado sus órganos cuando tenía 25 años- aunque nunca se imaginó que él la necesitaría algún día.
El médico ahora entiende que la vida es un don y, tras lo sucedido, es una ocasión para algo. “Si a uno le pasa lo que me pasó a mí y vuelve es porque tiene una misión. Mi lucha es divulgar el tema del transplante y la donación de órganos para ayudar a las 5.000 personas que hoy esperan uno”, declaró.
El hombre madura en el dolor y crece con él, es capaz de encontrar un sentido al sufrimiento, y de hallar un significado más profundo a su vida ante la cercanía de la muerte.
Esto parece decirnos Kissner con su testimonio. Una vez más, la experiencia del límite, allí donde todo se derrumba, puede ser una ocasión para modificar nuestro concepto de la vida.
No estamos acostumbrados a ver las posibilidades de valor que encierran los infortunios. Es que nuestra cultura autosuficiente mide lo humano en términos de éxitos y fracasos.
En esta perspectiva, el declive de la salud, al ponernos fuera de la carrera del éxito profesional, o de la búsqueda de poder y prestigio, equivale a un fracaso rotundo.
Pero el sufrimiento puede salvar al hombre de la rigidez del alma, puede sacarlo de la frivolidad de la existencia, y devolverle una dignidad perdida al recordarle su condición mortal.
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