El viraje hacia lugares con cadencias humanas
Como reacción ante la alienación de la urbe moderna, caracterizada por la velocidad y la congestión, va ganando su lugar en el mundo el concepto de ciudad lenta y respetuosa del ritmo humano.La nueva corriente de pensamiento fue bautizada en Italia como Cittá Slow, y proclama las ventajas de promover sitios donde prime la buena calidad de vida.Todo comenzó cuando a fines del siglo XX los ciudadanos de Roma reaccionaron ante la instalación de una sucursal de la cadena McDonald en la Piaza Spagna.El negocio se iba a instalar en lo alto de las venerables escalinatas con sus 123 peldaños señoriales. Movilizados por Carlo Petrini, los vecinos resistieron el emprendimiento.No querían en ese sitio sagrado un símbolo de la fugacidad, la vida veloz y el frenesí de la cultura consumista. Finalmente, la movida generó un movimiento contra el fast food, conocido como slow food, o "comida lenta", el cual cuenta hoy con más de 100.000 adherentes en 107 países.Han pasado diez años de estos episodios, y ya hay por lo menos tres ciudades italianas, e incluso algunas en Estados Unidos, que han adherido al principio de la "ciudad lenta".Luis Grossman, en un artículo reciente aparecido en el diario La Nación, cuenta la evolución de este movimiento que se levanta contra la alienación inherente a la velocidad y al estrés moderno.El manifiesto de Cittá Slow tiene entre sus principios básicos el placer antes que el beneficio, los seres humanos antes que la oficina central o la corporación, la lentitud antes que la velocidad.Entre las recomendaciones figuran: reducir el ruido y el tránsito, aumentar las zonas verdes y las áreas peatonales, promover las tecnologías que protegen la calidad del medio ambiente.Otras recomendaciones pasan por ayudar a los agricultores de la zona que circunda la ciudad y a los comercios, mercados y restaurantes que ofrezcan y procesen sus productos.Grossman cuenta que esta tendencia contraria a los entornos artificiales, trepidantes y tóxicos, está calando fuerte en Estados Unidos. En ese país conquistado por el automóvil, hay ciudades donde se estimula el caminar y el encuentro con amigos.No deja de ser un dato llamativo que en el mundo rico -que aparece como paradigma a imitar por el resto de los países, en varios aspectos- se verifique esta vuelta a entornos donde sea posible la filosofía del buon vivire.Durante mucho tiempo se nos ha hecho creer que la felicidad está asociada a la gran urbe, a los paraísos artificiales del consumo, al cemento y a las torres, a la aceleración propia de las ciudades modernas.Ir contra este paradigma era visto, hasta no hace mucho tiempo, como algo retrógrado, como una reacción oscurantista contra el progreso material. Pero los síntomas de agotamiento están viniendo del corazón de la civilización técno-económica.Parece bastante claro, además, que en el mundo desarrollado se perciben los costos asociados a un estilo de vida artificial, montado sobre la carrera consumista.El redescubrimiento del "ecosistema", de la necesaria proximidad con la naturaleza, o del valor del ritmo humano -mucho más lento que el frenesí que impone la vida moderna- es todo un síntoma de malestar con el actual estilo de vida.La movida de Cittá Slow quizá se inscriba en la búsqueda ecuménica de una civilización más humana y sustentable, que reconcilie la riqueza y el progreso tecnológico con los ritmos de la vida.Probablemente no se trate de dar marcha atrás con el reloj de la historia, de un regreso nostálgico al pasado, pero sí de corregir una lógica civilizatoria descaminada.
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