PENSAMIENTO Y VELOCIDAD
Elogio de los que no tienen todo claro
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Hablamos de política, pero en realidad repetimos frases que leímos o escuchamos en las redes. Nadie duda porque en la era del me gusta instantáneo esta acción se volvió sospechosa: una pausa incómoda, una grieta en la pared de las certezas virales. Y, sin embargo, es lo único que nos queda para no volvernos completamente alienados.
Esta semana, en la previa de un asado para despedir el año, alguien dijo algo sobre el rumbo de la economía. No importa qué, podría haber sido cualquier cosa sobre Milei, el dólar, Cristina, la inflación, el escándalo de la AFA... Lo que siguió fue tristemente previsible: dos personas intercambiando eslóganes durante no más de noventa segundos. Cada una esperando su turno para soltar la frase que ya tenía armada antes de que el otro terminara de hablar. Nadie preguntó nada. Nadie dudó. Solo hubo certezas virales chocando en el aire. Después, todo siguió como si nada hubiera pasado.
Hay algo que sucede últimamente cuando hablamos de política: creemos que conversamos, pero en realidad estamos haciendo otra cosa. Algo mucho más parecido a intercambiar figuritas repetidas que a pensar juntos. El diálogo dura lo mismo que un título leído al pasar, un mensaje de WhatsApp escrito a las apuradas, el rastro fugaz de un post que alguien compartió sin siquiera abrirlo. Ya no se discuten ideas: escupimos oraciones enlatadas con fecha de vencimiento incluida.
Y no hay espacio para dudar porque la duda, en este mundo acelerado hasta el vértigo, se volvió una falla del sistema. Una rareza improductiva. Un error de programación que hay que corregir rápido antes de que alguien piense que no tenés las cosas claras.
En tiempos donde la opinión se dispara como si fuera una selfie, dudar incomoda. Es una pausa que descoloca al otro, que rompe el ritmo de la conversación automatizada. Un titubeo que, a la velocidad de las redes, parece un silencio que nadie sabe cómo llenar porque todos esperan que respondas ya, ahora, antes de que el tema se vuelva viejo y aparezca el próximo trend para indignarse.
Pero (y acá viene lo complicado), ese titubeo incómodo es lo último que nos queda para no convertirnos en repetidores de lo que el algoritmo decidió que deberíamos pensar hoy.
René Descartes, hace cuatro siglos, se dedicó a dudar de todo. Un paranoico metódico que logró extraer de sus incertidumbres algo imposible de romper: "Pienso, luego existo". Hoy dudamos menos que él y existimos menos también. Somos ecos con DNI porque la duda quedó del lado de los perdedores, de los que "no tienen claro lo que piensan", de los tibios, de los que "no se definen" y, por lo tanto, no merecen ser tomados en serio. Vivimos en una biósfera perversa donde las oraciones cortas, las respuestas inmediatas y la indignación en serie se premian con métricas, dinero y poder.
Es un mercado -literal, no metafórico-, en el que las opiniones se transan al ritmo del algoritmo como si fueran acciones de la bolsa. Y en ese ambiente despiadado, la duda vale menos que nada: no vende, no se viraliza, no genera engagement. Una pregunta abierta no tiene la misma tracción que una sentencia cerrada, categórica e indiscutible.
Darío Sztajnszrajber, pensador argentino que hace el milagro de llenar teatros hablando de Heidegger, lo dice con mucha claridad: "La filosofía no da respuestas, no busca certezas, no tranquiliza, no brinda seguridad. Genera todo lo contrario: angustia, incertidumbre. Pero ambas te reconcilian con tu zona de libertad, con la sensación de que le podés escapar al sentido común, a lo que otros necesitan que vos pienses".
Ahí está el tema. La duda no es indecisión ni debilidad: es la base sobre la que se puede construir algo mejor, algo que realmente sea tuyo y no un copy-paste de lo que leíste en un perfil. Funciona como punto de partida de toda elección verdadera, de toda opinión que merezca ese nombre. En clave contemporánea, es un modo de resistir la tentación constante de creer que lo primero que escuchamos (lo que nos apareció en el feed, lo que compartió ese influencer que seguimos) es lo que debemos pensar.
Y yo caigo también, no me hago el purista. Leo un título, me indigno y resulta que era pura trampa, un clickbait emocional para mi sistema nervioso. Pero ya está: el daño está hecho. La indignación se instaló. La verdad fabricada se activó.
En las sobremesas de antes, en un bar de barrio o en el patio de algún club, la conversación podía durar horas y desviarse por mil caminos impredecibles. Podías arrancar hablando de fútbol y terminar discutiendo sobre la muerte, sobre el sentido de la vida, sobre por qué tu viejo nunca pudo decir ciertas cosas. O al revés, el intercambio se movía solo, como un río que encuentra su cauce sin GPS. Había tiempo para pensar, para contradecirte a vos mismo, para cambiar de opinión a mitad de lo que estabas diciendo sin que eso te convirtiera en un traidor o en un tibio, para decir "no sé, la verdad" sin que eso te descalificara automáticamente del debate.
Hoy esa deriva está en extinción. El tiempo de hablar se transformó en el de reaccionar, que no es lo mismo que reflexionar, aunque a veces nos convenzamos de que sí. Como dice Sztajnszrajber: "Nuestra sociedad no está vacía de sentido, está sobrepoblada. Pero ese sentido ya viene con manual de instrucciones que uno tiene que cumplir de manera dogmática. La filosofía lo que permite no es encontrarse a uno mismo sino perderse a uno mismo".
Por eso practicar la duda es volver a esas conversaciones desordenadas. Permitir que las preguntas se acomoden solas, sin apuro, sin forzarlas hacia una conclusión que ya teníamos lista de antemano. Entender que a veces una certeza necesita ser desmontada para que algo más verdadero, o simplemente más humano, pueda aparecer.
Y acá viene la parte que molesta: no se trata de romantizar la incertidumbre como si fuera una pose cool. Ni de quedarnos atrapados en un relativismo paralizante donde "todo es opinión" y por lo tanto nada importa y podemos decir cualquier barbaridad porque "es mi verdad". Eso es otra trampa, quizás más peligrosa todavía.
Se trata de recuperar el derecho a no saberlo todo. A preguntar sin vergüenza. A demorarse en la respuesta. A decir "no estoy seguro" sin que eso se lea como un signo de debilidad intelectual o como una invitación para que el resto te pase por arriba con sus argumentos blindados.
En esta época que confunde opinar con pensar, dudar es un lujo silencioso que pocos se pueden permitir. No necesita likes ni métricas ni validación externa. No se amolda a la estética de un reel de 15 segundos con música épica de fondo. No te va a hacer viral. Pero en su discreción late la posibilidad de otra cosa, de algo más profundo, de otra manera de habitar este mundo saturado de ruido.
Como explica Sztajnszrajber: "El pensamiento es una construcción social, se hace con el otro, y se hace de distintas formas". El pensamiento real, no el simulacro que consumimos en X, no es un monólogo narcisista, sino un diálogo de verdad. Y para que suceda tiene que haber espacio para la duda, para el "no sé", para el "contame más", para el "eso no lo había pensado así".
Y no es casualidad que, en tiempos de polarización extrema, ese territorio hostil en el que todo es blanco o negro, héroe o villano, conmigo o contra mí, la duda se vuelva un acto subversivo.
Dudar es como esos viejos de barrio que caminan lento por la vereda sin importarles que todos los apurados los puteen desde atrás. No es que no sepan que molestan. Es que saben algo que los demás olvidaron: que llegar no es lo mismo que haber caminado. Es negarse a entrar en el ring. Es decir "no, pará, no tengo que elegir entre estas dos opciones porque ambas pueden estar equivocadas". O "ambas pueden tener algo de razón, qué se yo". O simplemente "necesito más información antes de decidir".
La duda, bien entendida, no paraliza: moviliza. Significa que esto que nos presentan como la única verdad posible, esta certeza blindada que no admite matices, merece ser interrogada. No por capricho intelectual ni por pose crítica, sino porque cualquier verdad que no admita preguntas ya dejó de ser verdad y se convirtió en dogma.
Recuperarla es, en el fondo, rescatar la conversación de verdad en la que no sabés cómo va a terminar cuando empieza. Un lugar sin ganadores ni perdedores porque nadie está compitiendo por likes o por tener razón.
Y dudar, lejos de ser una debilidad, es la prueba de que todavía estamos vivos y pensamos por nosotros mismos. Eso es lo más cerca que vamos a estar de la sabiduría. No es mucho, pero es mejor que la alternativa: convertirnos en ecos de un algoritmo que ni siquiera sabe nuestro nombre.

