Me-Gusta-960x120-CARO
Opinion |

Empecemos por apagar la tele y escuchar más a los pibes

Aclaro, como para pisar sobre firme, que lo que sigue es una simple columna de opinión. Una reflexión sobre el caos que evidenció y profundizó la pandemia y una invitación a salir mejores de todo esto. Posta, sin ironía.

Por Luciano Peralta

Estoy harto de la pandemia. Qué novedad. Algún día esto tiene que terminar. No sé cuándo llegará ese día, lo que sí sé es que todos saldremos transformados. Estoy harto de la pandemia, de escuchar hablar de la pandemia, de los muertos de la pandemia y de las frustraciones que, todos los días, nos genera la pandemia.

Uno de los primeros discursos que cobró fuerza en las primeras semanas de aislamiento, allá por el lejano marzo 2020, fue el optimista “de esta salimos mejores”. Eso duró poco y nada, lo que tardaron las miserias reales en imponerse, digamos.

De esta no vamos a salir bien, es una (triste) realidad. Cualquier índice medible, ya sea la pobreza, el trabajo, el salario, la salud o la educación, evidenciará el desastre generado por la pandemia. Eso está claro y es negativo, sí. Pero también tiene, como casi todo, una parte positiva: retroceder nos ayuda a repensar hacia dónde vamos, nos da perspectiva.

Detenernos a pensar hacia dónde vamos y para qué hacemos lo que hacemos no es nada fácil. No se crea. Supone hacernos cargo de las respuestas que traigan esos cuestionamientos, que muchas veces nos ponen cara a cara con una realidad difícil, compleja, dolorosa.

Creo que esa es una de las ventajas de todo esto: la pandemia ya nos empujó, sin preparación previa, a esa realidad difícil, compleja y dolorosa. De un día para otro, todo lo malo de este mundo se magnificó y se nos presentó delante de nuestras caras como un oscuro y omnipresente malabarista de un semáforo siempre en rojo. La angustia es el tiempo que no pasa y la realidad que se impone.

La salud pública es apenas la sombra del ejemplo que fue hace muchos años. La educación igual, o peor, como el resto del tejido social argentino, devastado por la entrega y la usura. Los salarios son malos y sobrevivir se vuelve cada vez más caro. La inflación nos invita a sentiros mal cada día; vivimos angustiados y preocupados; unos pocos acumulan miles de hectáreas mientras unos muchos engrosan los asentamientos de casillas de madera costanera, nylon y alguna chapa; el hambre crece al compás de la indigencia, el mundo se prende fuego y en la tele, El Dipy.

Acá empieza lo difícil. Cuando caemos en la cuenta de que muchos de los valores con los que crecimos son, sencillamente, una mierda. Nunca me voy a olvidar que, en la primaria, cada año teníamos que llenar una suerte de ficha-presentación para que la maestra nos conozca, en la que, además de los datos familiares, debíamos poner nuestro programa de televisión favorito (porque en los noventa se descontaba que todos mirábamos tele). Siempre, todas las veces, puse Video Match, el ciclo más exitoso, junto a Mirtha y Susana, de aquellos años de fin de siglo.

Unos pocos acumulan miles de hectáreas mientras unos muchos engrosan los asentamientos de casillas de madera costanera, nylon y alguna chapa; el hambre crece al compás de la indigencia, el mundo se prende fuego y en la tele, El Dipy

Por esa escuela tradicional, por los tipos de consumos culturales y porque más de la mitad de mi vida la viví sin celular, me siento parte de una generación que quedó en el medio. Ni muy muy, ni tan tan. Una suerte de bisagra que se aprecia desde ambos lados de la puerta. Un pie en el siglo XX y el otro en el siglo XXI. Generación que creció con la tele y el discurso único –“si está en televisión tiene que ser verdad”–, pero ya no la consume. O, para ser más realista, la consume menos que antes.

Hoy, el discurso de la televisión no tiene el poder de hace 20 años, pero sigue siendo muy potente en la conformación de sentido común. En sus productos se impone la lógica Polémica en el Bar, se “paneliza” cualquier debate y gana el que grita más fuerte. La televisión se convirtió en un show, ese es el formato, casi que no importa el contenido. Da igual si se trata de un tema frívolo cualquiera, del pase de un jugador de un club a otro o de la desnutrición infantil en el conurbano profundo. El espectáculo se impone. Los periodistas de los escándalos de pareja, como Viviana Canossa o Jorge Rial, se aggiornan a los nuevos tiempos y disfrutan de sus mieles. Ahora hablan de política, entrevistan a políticos y a El Dipy, que también ahora habla de política y disfruta de su rato de fama. The show must go on.

Claro que existen dignos ejemplos que se corren de esta lógica, pero ésta es la que impera, ya hace varios años, en la batalla de lo televizable.

En cierta medida, apagar la tele es empezar a decidir, empezar a hacernos cargo de lo que queremos y de lo que no queremos. Porque “La verdad”, como se presenta C5N, es siempre la verdad del poder, como sostiene Foucault. Y el “periodismo independiente” de TN no es más que una de las mentiras sobre las que se construyó el imperio llamado Grupo Clarín.

Pero hay que salir de ahí.

Apagar la tele es empezar a salir de ahí.

Es también hacer el esfuerzo por corrernos de la lógica binaria y cómoda de los buenos y los malos, del blanco o negro, de esa degradante futbolización del discurso, en la que todo parece tan simple como meter un gol o evitarlo. Pero no es así, los problemas reales son complejos y su abordaje no puede agotarse en el desquicio teatralizado de Javier Milei, que mira a cámara y grita basura.

En este sentido, la pandemia sirvió para que muchos productos audiovisuales que no eran tan conocidos cobren visibilidad. Esos discursos están en internet y, mayormente, son sostenidos por los y las jóvenes. Y no voy a idealizar nada: no hablo de la juventud, como si fuera algo homogéneo, me refiero a ciertos discursos mediatizados que tienen a las juventudes como protagonistas.

Es que el mundo en el que nacieron se prende fuego y no es una metáfora. Entonces, la política no se puede concebir sin la política ambiental. Es que el modelo educativo dejó, hace mucho tiempo, de ser la herramienta para “ser alguien en la vida”. Las calles están tan llenas de títulos como de personas acríticas y obedientes. Entonces, los sub 21 parecen no esperar tanto de las instituciones y se paran diferente ante los mandatos del viejo siglo. A las mujeres y a las identidades que no se ajustan a la heteronormatividad las asesinan y tampoco es una metáfora. Afortunadamente, quienes nacieron en este siglo (a diferencia de todo el resto) tienen muchas, pero muchas más herramientas para combatir la violencia de género, son menos prejuiciosos y más libres.

El paradigma está cambiando hoy y las transformaciones son grandes. Podemos tratar de entender los cambios que nos rodean o cobijarnos en la falsa seguridad de lo conocido. Si la elección es por la primera de las alternativas, una opción puede ser apagar la tele y escuchar más a los pibes. Por ahí, quien dice, hasta salimos mejores de todo esto.

Dejá tu comentario