Empezar todos los días
Hoy empezamos a transitar el año 31 de esta joven democracia nuestra, más joven parece cada vez, aunque nos sorprenda de algún modo que desde que Alfonsín saludara desde la plaza, hayan pasado ya 30 años. Juan Carlos Rodríguez*Opinión Una reflexión se me antoja sobre esa especie de dicotomía que de algún modo desvela a los argentinos, o quizá a solo una parte de ellos.Por un lado, cualquiera podría creer que en 30 años bien podría encontrarse afianzada la relación entre el Estado y la gente. A pesar de ello, no hemos logrado reparar en que ese propio Estado lo conformamos la gente.De seguro no hemos podido reparar en ello por esa suerte de embate permanente que desde los gobiernos han sostenido muchas veces en contra de la propia gente, algo que visto desde el mundo, se convierte en un accionar imperdonable.En la última semana, cuando desde los medios, los dirigentes nacionales y de las provincias salieron a manifestarse en razón de los levantamientos policiales y la reacción de la gente, vi con cierta tristeza cómo se desnudaban visiones mezquinas y pobres sobre una problemática que a estas horas se ha convertido en poco menos que en un clásico argentino, los saqueos.Al propio accionar nefasto de las hordas, se sumó el casi dantesco escenario en el cual como en una película del genial Coppola, las propias fuerzas policiales -en algunas situaciones comprobadas- manifiestan abiertamente que conforman con algún sector un grupo nefasto de desestabilización y corruptela.En medio de esas acciones, los ministros y gobernadores se empachan con discursos represivos, reaccionando sorpresivos y perplejos. ¿Cómo podrían reaccionar sorpresivamente ante una situación que ellos mismo han ayudado a crear? ¿Cómo confiar en las reacciones si a lo largo de los años han alimentado con prebendas y medios públicos una red que hoy parece caérseles encima?Solamente en Buenos Aires, la mitad de los intendentes tiene en el poder al menos 20 años. La mayoría de las provincias en las que los saqueos se han hecho presente, acompañadas de la protesta policial, son aquellas en las que los gobiernos se parecen más a un feudo medieval que a una democracia alternativa. Al menos relévennos de la sorpresa, porque simplemente no es creíble.Nuestros dirigentes se han olvidado hasta de las formas. No reparan en la incredulidad por sus acciones, ni que hablar de sus declaraciones juradas. No solamente se manifiestan impunemente en el ejercicio sino que lo manifiestan, lo sistematizan y lo ponen a consideración cada vez que una elección se presenta.En el contexto nombrado, el gobierno de turno crea acciones para destinarle a la democracia el diario -o acaso un mensual- nacimiento. Cada una de las medidas demuestra que pensar siquiera un plan a largo tiempo, orientado a cambiar de cuajo grandes desequilibrios, es inviable.Entonces con cada medida hacemos nacer una posibilidad democrática. Ella pobre, se establece tan endeble que manifiesta a diario la necesidad de cambio, y entonces se la vuelve a cambiar para hacer de ella una extraña manifestación de la idea corporativa del poder.Esta nuestra democracia, que nos encuentra acaso mas convulsionados que nunca, pide hoy a treinta años de su vuelta a la vida, crecer. Eso que comúnmente se le exige a la naturaleza de las cosas.Quiere dejar de afligirse cada día. Quiere dejar de esperar para sentarse a creer; y sobre todo, quiere estar segura que dejará de nacer dolorosamente cada día con cada nuevo capricho. * Presidente del Colegio de Abogados Gualeguaychú
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios


