En democracia se gana y se pierde
Una de las reglas de la democracia es que quienes pierden deben aceptar el veredicto de las urnas, en tanto que quienes ganan, además de gobernar para todos, no deben creérsela.Esta observación viene a cuento a propósito de resultados electorales ajustados, como los que se dieron en Gualeguaychú, donde la voluntad vecinal estuvo muy polarizada.Este tipo de paridades genera lógica incomodidad, sobre todo en la facción política que ve que pierde el gobierno por un escaso margen. Se trata de un trance político difícil de digerir.Estar a un paso de la victoria, y no conseguirla, aumenta la desazón. Del otro lado, quienes ganaron la compulsa electoral por poco, experimentan el sentimiento contrario: alivio y alegría.A los primeros, a quienes el resultado les fue esquivo, habrá que pedirles que acepten el veredicto de las urnas, recordándoles que cuando uno se somete al escrutinio popular incorpora la perspectiva de perder.Pero además asimilar las derrotas supone sabiduría. Cuando no logramos lo que deseamos, cuando lo que intentamos naufraga, corremos el riesgo de enojarnos y de no convertir la dificultad en una enseñanza.El problema es la actitud que adoptamos frente a la frustración, que es el sentimiento que surge cuando no obtenemos lo que buscamos. En la escuela de la vida lo que no mata fortalece, decía el filósofo Friedrich Nietzsche.En su opinión, los proyectos humanos consistentes son inseparables de cierto grado de tormento. "Examinad la vida de los hombres y de los pueblos mejores y más fecundos y preguntad si un árbol que debe elevarse altivamente puede pararse sin el mal tiempo y las tempestades", escribió el alemán.Además, en política no existen derrotas para siempre. Al respecto, se suele mencionar el caso del político brasileño Luiz Inácio Lula Da Silva quien perdió tres elecciones presidenciales (1989, 1994 y 1998) antes de ganar la de octubre de 2002.Por otro lado, los triunfos electorales entrañan la tentación de caer en la soberbia. Se olvida, al respecto, que así como no hay derrotas indefinidas, tampoco hay victorias permanentes.El error de creerse dueño de los votos, como si éstos no pudiesen migrar hacia otras opciones en el futuro, suele afectar a los que ganan, sobre todo a los que cosecharon mucha adhesión popular.Se diría, al respecto, que aquel dirigente que ganó en forma ajustada una elección debiera ser más modesto y precavido ante la tentación arrogante de creérsela.En teoría, dada su situación particular, está más obligado a dialogar y a consensuar. Más aún, a abrir el juego del gobierno incluso a aquellos que no piensan como él o su agrupación política, si es que entiende que la democracia es la tramitación de las diferencias.Así como la bronca de la derrota puede desviar el análisis racional de la realidad, la euforia del triunfo puede enceguecer. A lo que hay que sumar el hecho de que en las contiendas electorales los adversarios suelen caer en la tentación de ver en el otro a un enemigo.Cuando la política es la prolongación de la guerra por otro medios, cuando lo único de lo que se alimenta es de la competición feroz, entonces es campo abonado para los excesos emotivos, para las bajas pasiones y peores instintos.Pero esto va en contra del único fin ético que la justifica: procurar el bien público. Aceptar el juego político, que supone procesar derrotas y victorias electorales con hidalguía, es moverse en este universo axiológico.
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