En la Tierra estamos todos interconectados
El calentamiento global, el derretimiento de los glaciares, el agujero en la capa de ozono, la tala de árboles y otros factores más revelan que el hombre es impiadosa con la Tierra, cuyo día hoy se celebra. Lejos estamos de aquellos pueblos y culturas que han venerado la naturaleza en tanto manifestación simbólica de una Idea primordial. El modelo civilizatorio en curso es tributario de una concepción economicista que la ha tiranizado.Cabe admitir como hipótesis que el hombre ha tenido una actitud de desaprensión desde los inicios del tiempo. Ya en la prehistoria, encendía bosques y estepas con la exclusiva finalidad de ahuyentar a las bestias.El colapso de la civilización maya habría sido un evento demográfico precipitado por una crisis ecológica. Eso creen algunos antropólogos, para quienes esta última fue causada, en un ambiente de bosque tropical, por la práctica intensiva de la agricultura en la medida en que la población se incrementaba.Habrá que admitir, por otro lado, que el hombre debe subvenir a sus necesidades elementales. Y para ello debe servirse de los recursos disponibles del entorno.Desde este punto de vista, la idea de mantener la naturaleza en toda su integridad es ilusoria. El hombre transforma la naturaleza para producir cosas útiles que le sirven para vivir.Si bien toda acción humana implica una ineludible alteración del entorno natural, el problema es si ese uso de los recursos respeta los límites que marcan los ciclos de la vidaEl ser humano es también la biosfera, está conectado orgánicamente con el cosmos. Y Gaia, como le llamaban los antiguos a la Tierra, es la única alacena de la cual se alimenta.Asegurar la existencia continua de la biodiversidad de nuestro planeta, el único lugar en que el hombre puede vivir, es algo por tanto que hace a la supervivencia misma del homo sapiens.Lo cierto es que hoy el deterioro del planeta ha alcanzado cotas alarmantes, producto de niveles intolerables de explotación. Lo criticable es la actual relación económica de apropiación unilateral de los bienes de la naturaleza, sin ninguna obligación ecológica.De suerte que muchos expertos sobre el cambio climático (efecto global de deterioro) se preguntan cómo reemplazar la lógica extractiva, dominada por el puro afán de lucro y por consumos exacerbados, por otra donde los deseos humanos sintonicen con los límites que impone la naturaleza."Necesitamos una nueva cultura de la sobriedad o austeridad. Tenemos que ir hacia una economía de lo suficiente. Aprender a detectar lo que realmente necesitamos", sostiene por ejemplo el argentino Pablo Canziani.Según este científico, sobre todo con el industrialismo el hombre vio a la naturaleza como algo infinitamente explotable.Esta concepción alimentó la creencia en una expansión ilimitada de la economía. Pero este paradigma nos conduce a una colisión segura, a menos que el hombre haga las paces con su hábitat natural.El cambio provendría de una toma de conciencia en el sentido de que todos en la Tierra estamos interconectados. En los Estados Unidos, a esto mismo se refería el Jefe indio Seattle en el siglo XIX, al expresar:"Cuanto le ocurre a la Tierra también les ocurre a los hijos de la Tierra. El hombre no tejió la telaraña de la vida; él es tan sólo una hebra de ella. Todo cuanto le hace a la telaraña, se lo hace a sí mismo".
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