Editorial |

Entender la ciudad como una comunidad de vecinos

La ciudad es la primera concreción de la tendencia social del hombre tras la vida familiar. En ese espacio geográfico tienen lugar las relaciones de vecindad, cuyo cultivo supone un aprendizaje social Tan pronto las personas transponen los límites del hogar, deben interactuar con los miembros de las otras familias afincadas en el lugar, más concretamente con los vecinos. Estamos hablando de aquel otro que vive al lado, en la vivienda contigua (casa o departamento), y del resto de los que habitan en una zona o calle. O del residente en el barrio, ese asentamiento humano diferenciado capaz de generar su propia historia e identidad grupal. Y por extensión la vecindad se anuda en ese entramado de muchas familias que constituye una ciudad o municipio, una comunidad fundada en la relación territorial. En cuanto varias familias reúnen sus habitáculos aparece un orden de intereses propios, ya que ellas están obligadas a convivir y a organizarse para satisfacer las necesidades surgidas de la convivencia. Es interesante observar que Gualeguaychú, antes de su fundación formal, ya era una vecindad, surgida espontáneamente alrededor de una capilla. Tomás de Rocamora, en realidad, se encontró con un núcleo poblacional y su tarea consistió en darle forma urbana y política a la primitiva villa. Los historiadores refieren que desde los albores de la historia local, se empezó a construir un ADN grupal, vinculado con cierta capacidad de los primitivos vecinos de valerse por sí mismos. Los primeros pobladores, en efecto, debieron lidiar con una orfandad de origen. Como no vinieron con una expedición fundadora ni tenían una autoridad a quien someterle sus problemas, se las arreglaron solos. El aislamiento que sufrió por mucho tiempo la sociedad nativa, y que constituyó uno de los grandes retos para la existencia colectiva, no hizo más que acentuar este rasgo idiosincrático de vivir con las propias fuerzas y recursos. “A nuestros amigos y enemigos los buscamos nosotros mismos, pero Dios nos da nuestros vecinos”, escribió el escritor inglés Gilbert Keith Chesterton, sugiriendo que, al igual que la familia, las personas no eligen su comunidad de origen, sino que es algo que les es dado. Ahora bien, así como se impone cultivar la convivencia intrafamiliar (un núcleo humano surgido del parentesco y marcado por el afecto), también urge desarrollar las relaciones vecinales. En este sentido, ¿qué virtudes o cualidades éticas debería reunir un buen vecino? Aquí cabría el deber para con el “prójimo” de que habla la Biblia, término que alude a la persona más cercana, respecto del cual se pide amarlo como a uno mismo. Se podría establecer un decálogo tentativo de las buenas prácticas vecinales, cuyo cumplimiento mejoraría la convivencia en la comunidad. En algunas ciudades del país se han hecho formales estos requisitos. En la mayoría de ellos se habla de preocuparse sobre los asuntos de la ciudad, de ser solidarios con el vecino que necesita ayuda, de ser respetuosos de las normas de tránsito, de pagar las contribuciones monetarias que solventan servicios comunes. También de ser cuidadosos con el uso de los espacios compartidos (como las plazas y paseos públicos), de ser responsables con la basura domiciliaria, con el medio ambiente en general (cuidar los árboles y el agua), y con las mascotas. Un buen vecino, además, ante un incidente con otro vecino, intenta ser conciliador y resolver el conflicto mediante el diálogo.

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