Entre el látigo y la indulgencia
El episodio sirvió para que otra vez el tema de la inseguridad saltara al debate público. A juzgar por lo que se lee y se escucha en los medios, en la Argentina, a propósito, parece haber dos partidos.
Unos son los partidarios del látigo, es decir los que creen que con mano dura mágicamente se bajará la tasa de criminalidad, aunque la experiencia mundial al respecto arroja resultados dudosos.
Aquí se está por la “ley del Talión” sin más. La idea es devolverle al que delinque toda la violencia, y más todavía, que ha producido, en algo que se asemeja mucho a la venganza.
Hay una ideología subyacente a esta postura: la sociedad es totalmente inocente de los crímenes cometidos en su seno. El asesino o ladrón, según esta visión, es individualmente un ser inferior, alguien que es absolutamente responsable de sus actos antisociales.
Lo que se busca, por tanto, es extirpar esta maleza que nació en los jardines de la sociedad. Con el argumento de que el delito es una opción libre más en la oferta de la vida. Por tanto, para preservar la seguridad de la sociedad, quienes eligieron esa vida deben pagarlo caro.
Estamos, en realidad, frente a una posición extrema que idolatra el látigo en sí mismo, como corrector del crimen. La debilidad de este pensamiento es su linealidad: en el fondo no ve que en un sentido el delito es manifestación de una ruptura en los lazos sociales.
No mira –o no quiere ver- que los menores que delinquen en la Argentina, por caso, no lo hacen de gusto, sino porque están expuestos a esa vida, casi arrojados, porque son pobres o vienen de familias destruidas.
Sobre la base de esta objeción, en tanto, se ha formado el partido de la indulgencia, que es una reacción en sentido contrario al látigo. En esta perspectiva, todas las faltas tienen una explicación ajena al sujeto que las cometió.
Es decir, una acción delictiva, aunque la realicen los individuos, en realidad es emanada, de última, de los tenebrosos remolinos del subconsciente o de la opresión o corrupción del entorno social.
Con lo cual a los delincuentes, lejos de considerarlos culpables, se les ve, cada vez más como víctimas, sobre todo de la sociedad, considerada como la principal, cuando no como la única, responsable de los delitos cometidos en su seno.
Al elevar los condicionamientos conductuales a la categoría de determinismo absoluto –psicológico, biológico, sociológico, cultural- desaparecen los actos conscientes y libres y por tanto se disuelve la noción de culpabilidad.
Como se ve el debate en la Argentina alrededor de la justicia penal y de la inseguridad oscila entre posiciones ideológicas extremas: o se inmola el individuo a la sociedad por exceso de severidad, o se sacrifica a la sociedad por un exceso de indulgencia.
Acaso una política de justicia que contribuya a la seguridad ciudadana deba tomar una posición equidistante de estos extremos. Por lo pronto, debe evitar enredarse en aprioris ideológicos, y moverse con prudencia en el difícil arte de impartir justicia.
Ello supone hacerse cargo del grado de evolución de la sociedad y de las urgencias concretas de los ciudadanos. Sabiendo siempre que la justicia humana no es infalible.
Este contenido no está abierto a comentarios

