Entre el ocio y el negocio
¿Qué es propio de nuestra época "problemática y febril", como dice el tango? Producto de la evolución histórica, un activismo radical se ha apoderado del hombre.Y ello ha conducido, como contracara, a un eclipse de la contemplación, a la que asociamos al Oriente místico y ancestral.La modernidad occidental, en su alarde de transformación del mundo, ha sacralizado al hombre de acción. Históricamente, el triunfo del burgués, con su afán de conquista del mundo material, ha hecho posible la hegemonía de este tipo humano externo.En línea con esta tesitura Carlos Marx dijo: "La tarea de la filosofía ya no consiste en interpretar el mundo, sino en cambiarlo", una frase que es toda una confesión a favor de la praxis.Como si la felicidad estuviese en las cosas -¿no sería eso el materialismo?- o como si la vida sólo se tratase de puro dinamismo y de eficacia, dos cosas que le pedimos curiosamente a la máquina.¿Pero acaso el hombre no tiene vida interior? O mejor, más allá de la acción, ¿no es factible reconocer en él una capacidad maravillosa y única para el recogimiento, la soledad y el silencio?Y de hecho, ¿no es aquí, en esta intimidad insondable, donde se juega lo propiamente humano?A decir verdad, el clima de la sociedad actual hace cada vez más difícil captar esta realidad interior del ser humano. Se diría que aparece más bien como una noción anticuada.Tan imbuidos estamos en la utopía de perfeccionamiento del mundo, y en la consecuente idolatría de la praxis, que no concebimos que haya un polo complementario a la acción: la meditación.El filósofo tomista Joseph Pieper ha llamado la atención sobre esto que él llama "el mundo totalitario del trabajo". En el que no hay lugar, dice, para la contemplación.Es decir para el ocio, entendido como espacio "no laborable" en el cual el hombre, en expectación interior, se topa con el misterio de él mismo, la vida o la divinidad. El ocio ha dejado de ser el fundamento de la cultura occidental, dice Pieper.No se trabaja para tener ocio, sino que se vive para trabajar. "Estar no ocioso" significaba para los antiguos -sobre todo los griegos- la actividad laboral cotidiana, y tenía una expresión negativa.Para la cultura burguesa, en cambio, lo importante es el negocio (palabra latina formada por nec y otium, o sea "sin ocio").Tanto ha calado la cultura de la "acción" que incluso las llamadas "horas libres" son llenadas con distracciones o actividades de todo tipo (deporte, espectáculos, viajes), provistos por la "industria del ocio", y que no hacen sino acentuar al hombre exterior.Ese filósofo anti-burgués que fue Friedrich Nietzsche, siempre con su estilo filoso y provocativo, había alertado ya en la segunda mitad del siglo XIX sobre esta pérdida del hombre occidental.En "Humano, demasiado humano", dice que hasta "los sabios se avergüenzan del ocio, pese a que la ociosidad y la inactividad son cosas nobles".Obviamente, Nietzsche se refiere al sentido que los antiguos le daban a ocio. Y desde aquí ironiza: "El desocupado supera siempre como hombre al atareado".Para el filósofo alemán, esta "inquietud moderna" es letal para la humanidad. "Por falta de serenidad, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna época se ha estimado a los hombres de acción, es decir, a los agitados""Una de las correcciones necesarias que hay que tratar de hacer en el carácter de la humanidad será, entonces, fortalecer en gran medida el elemento contemplativo", aconseja.Todo indica que en el hombre hay un dualismo entre vida interior y acción. Pero con el decurso de la historia occidental, la dimensión de la meditación se eclipsó.
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