Esas tragedias que siempre interpelan
El drama humano asociado a las inundaciones en tierra bonaerense, que está costando la vida de tanta gente, nos coloca ante la perspectiva de tener que procesar estos súbitos desastres.La vida parece transcurrir por momentos por dos planos desconcertantes. Por un lado, el de la continuidad y la seguridad, de suerte que creemos que todo marcha sobre ruedas.Por otro, el plano de los cataclismos no anunciados, esos eventos que no entraban dentro de nuestros planes, tan inusitados que derriban de un golpe nuestra confianza en el mundo.Se diría que estamos escindidos, así, entre una invitación a asumir que el día de mañana será casi igual que el de hoy y la posibilidad de enfrentarnos a un suceso espantoso después del cual nada será lo mismo.¿Acaso los vecinos de La Plata, ciudad que hoy vive el peor desastre natural de su historia, con gente ahogada y miles de damnificados por la inundación, se imaginaron alguna vez ese tétrico espectáculo?Muchos de ellos, seguramente, se preguntarán por estas horas: ¿por qué? Es la misma pregunta que nos hacemos todos ante la presencia del dolor y el sufrimiento. Especialmente cuando la calamidad nos afecta directamente.Lucio Anneo Séneca, (4 a.C. - 65 d.C.), que pasó a la historia como el máximo representante del estoicismo romano, al reflexionar sobre las desgracias que pueden sobrevenir, se remitía a la diosa Fortuna (nombre que le daban los antiguos al "azar" o destino).Esa diosa sostenía en una mano una cornucopia (que simbolizaba su capacidad de conceder favores) y en la otra la palanca de mando de un timón (símbolo de la facultad más siniestra de cambiar los destinos).La cuestión es que Fortuna era caprichosa: lo mismo podía darnos amor, progreso y salud, que darnos un golpe con un efecto aterrador. Séneca, que particularmente había sufrido graves frustraciones, creía que la diosa nos hiere más de lo que esperamos.Puesto que hemos de esperar cualquier cosa, el filósofo proponía entonces que tengamos siempre en mente la posibilidad de la desgracia. No deberíamos andar por el mundo con una actitud ingenua, sino asumiendo por anticipado las posibles fatalidades.A propósito escribió una meditación donde se lee: "Nada hay estable, ni en privado ni en público; tanto el destino de los hombres como el de las ciudades cambia (...) Todo cuanto prolongadas generaciones han construido con asiduos trabajos y la continua protección de los dioses, lo dispersa y destruye un solo día".Reflexionaba el estoico: "Todas las obras de los mortales están condenadas a morir, vivimos en medio de cosas perecederas. Has nacido mortal, has parido mortales. Piensa en esto. Espéralo".En realidad, las hambrunas, el crimen, los cataclismos naturales, las enfermedades, y todo el catálogo de miserias que cabría imaginarse, han interpelado siempre al hombre en todos los tiempos.Los filósofos y teólogos se han enzarzado en discusiones sobre lo que se conoce como el "problema del mal". Una de sus formulaciones sería: ¿puede coexistir el mal con la creencia en un Dios todopoderoso y bueno?Si Dios tiene las cualidades que le atribuye la tradición judeocristiana, ¿por qué permite que ocurran cosas malas? Si Cristo venció al mal, como sostiene la teología cristiana, ¿por qué entonces existen el dolor y el sufrimiento?Éste es el tipo de dilema que atormenta a creyentes y no creyentes cuando sobrevienen, por ejemplo, desastres naturales como inundaciones y enfermedades que no dependen de la actividad humana.
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