Ese mal que tiene una larga historia
La corrupción es un tema que, paradójicamente, y por lo menos en la Argentina, no se echa a perder. Tiene una omnipresencia que a veces enerva, porque al final nadie va preso.Los expertos en el tema aseguran que las investigaciones sobre negociados tardan en promedio una década en llegar a juicio. Los procesos judiciales son tortuosos y se frenan por denuncias mal planteadas. Y además suele haber "prescripciones masivas".Según datos del Centro para la Investigación y Prevención de la Criminalidad Económica (CIACE), sobre 750 casos de corrupción registrados entre 1980 y 2007 (dictadura, Alfonsín, Menem I, Menem II, De la Rúa, Rodríguez Saá, Duhalde, Kirchner), sólo se condenó al 3% de los involucrados, quienes se quedaron con US$ 13.000 millones.Los gobernantes de turno, acaso por un instinto de conservación, siempre han querido ocultar los casos de corrupción. Los militares, por ejemplo, llegaron a prohibir el tango Cambalache.La letra de Discépolo es subversiva. Se queja de un estado de cosas en el cual da lo mismo ser ignorante, sabio, chorro, generoso y estafador. "Cualquiera es un señor/ cualquiera es un ladrón", dice.En una sociedad donde "el que no llora no mama/ y el que no afana es un gil", parece claro que los "inmorales nos han igualao", y de hecho "a nadie importa si naciste honrao".Además, "es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de las minas, que el que roba, que el que mata o está fuera de la ley"A poco que se observa el fenómeno, se cae en la cuenta que en estas pampas hay una amplia tolerancia social a la corrupción. Mientras la economía trae mejora, es algo que no importa, al menos a amplias franjas de la población. Las indignaciones morales sobrevienen tras incomodidades materiales.Por otro lado, la corrupción es antiquísima. Basta echar un vistazo a la historia para corroborar el aserto. Hay una corriente historiográfica que asegura que el mal llegó con la Conquista: la codicia de los españolas nos ha sido inoculada.A diferencia de los conquistadores del Norte de América que se trasladaron a las nuevas tierras con sus núcleos familiares e hicieron de su gesta una misión sagrada en la que imperaba el trabajo conjunto y solidario, más abajo del río Bravo, los europeos que bajaron en los barcos venían sin familia alguna y fascinados por la leyenda de las riquezas fabulosas fueron devorados por el afán de rapiña.Eran tantas las corruptelas en estas playas que la corona española impuso los juicios de residencia y se escribieron tratados para que los corregidores pudieran detectar corruptos.El autor de uno de esos tratados, Castillo de Bobadilla, aconsejaba en 1750 una fórmula sencillísima: "Cuando sin causa evidente aumenta la riqueza de los ministros públicos, debe sospecharse de la limpieza de sus manos".La corrupción es un síntoma de la primacía de los intereses individuales sobre los públicos. Pero cuando se generaliza, deja de ser considerada un mal y deviene un valor, una cultura. Como dicen los sociólogos, se "naturaliza".Por eso hace sesenta años, Jorge Luis Borges escribió: "El Estado es impersonal: el argentino sólo concibe una relación personal. Por eso, para él, robar dineros públicos no es un crimen. Compruebo un hecho; no lo justifico o excuso".Acaso sea necesario educar en los colegios que apropiarse de dineros públicos es un robo. Y que al hacerlo se roba a todos. Un "lujo" en un país donde todavía hay pobres.
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