Ese modo de ser que nos define y condiciona
¿Cómo somos los argentinos? Sería pretencioso responder semejante pregunta. Pero a la luz de lo que nos pasa, dilucidar este tópico se nos ocurre algo urgente.Porque más allá de los avatares históricos, de los distintos gobiernos, de los ciclos económicos, persiste una forma de ser, hecha de valores, ideales, expectativas y pautas de conducta.No en el sentido pasivo de temperamento (como lo innato) sino como modo de ser activo que se va adquiriendo e incorporado a la propia existencia, y que podríamos asimilar al "carácter".La índole de la crisis argentina finca en la cultura -de la cual derivan, como reflejo, la política, la economía y la sociedad-; lo cual supone aceptar, a la vez, la existencia de vicios de origen muy arraigados.De todos modos son defectos corregibles. Porque nada -ningún sino genético o cósmico- nos condena a tal o cual destino. (Eso sería caer en un craso determinismo).Por ejemplo, nos caracteriza la tendencia a buscar culpables en otro lado: internamente en la oligarquía, el gobierno o los sindicatos; y externamente, en la sinarquía o el agujero de ozono.Es decir, resulta que nunca somos nosotros los responsables de lo que nos pasa. Es como aquel taxista que al pasar por la Casa de Gobierno dice: "Acá están los ladrones", pero cuando llega a destino, le cobra de más a su cliente.Es natural que con esta mentalidad nunca nos hagamos cargo de lo que votamos. Y no queramos ver que lo que visualizamos como una tragedia -ante la cual pataleamos-, no es sino fruto de una elección.Es factible reconocer una evasión cívica. Mientras nos replegamos en la vida privada, a la cosa común (república) se la dejamos a otros. Es decir actuamos como habitantes no como ciudadanos."El argentino tiene una mentalidad de huésped de hotel, el hotel es el país y el argentino es un pasajero que no se mete con los otros. Si los administradores administran mal, si roban y hacen asientos falsos en los libros de contabilidad es asunto del dueño del hotel", escribió Marco Denevi.Quizá esta evasión tenga raíces psicológicas en cierto pesimismo nacional. "Me parece que los argentinos se han vuelto muy cínicos, no creen ya en nada, no creen que el país tenga futuro", nos diagnosticó hace poco el filósofo Mario Bunge, que se exilió de la Argentina en 1963."Tienen un maravilloso país", nos repiten los extranjeros, casi con envidia. Sin embargo, y aunque individualmente nos sintamos satisfechos con nosotros mismos, un sentimiento depresivo de fondo colorea la dimensión colectiva.Eso se echa de ver en los resultados de la encuesta de Latinobarómetro, de 2009. Mientras la mayoría de los latinoamericanos entrevistados opinó que a sus países les iba a ir bien, más del 80% de los argentinos expresó una visión sombría sobre el futuro de su propia sociedad.Cuesta descifrar esta tendencia al bajón generalizado. Una hipótesis es que no podemos resolver esta contradicción dolorosa entre un país que tiene todo y, pese a ello, puede muy poco.Por un lado la exuberante potencialidad de sus recursos naturales. De hecho, a la vista de los buenos precios de los frutos de la tierra que exporta (soja), Argentina se revela "infundible".La contracara son la pobreza, la inseguridad, la mala educación, la inflación, el narcotráfico, la corruptela, y esa especie de canibalismo político y social que hace dudar de que para un argentino haya algo mejor que otro argentino.Nuestro "destino peraltado", que profetizaba Ortega y Gasset, colisiona así con una realidad bastante cruda. La impotencia que esto nos genera, ¿acaso nos ha hecho desesperar del país?Una nación quebrada espiritualmente, y en crisis de valores, difícilmente pueda superar sus contradicciones. Subestimar el factor cultural, por tanto, equivale a subestimar la raíz del problema.Es no comprender que si los argentinos no cambiamos, Argentina tampoco.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

