Espejito, espejito…
¿Existe la enfermedad del poder? ¿Qué lleva a una persona a creer que antes de ella no existía nada bueno bajo el sol?. El invento de la crisis permanente. De Babilonia a Hemingway.Por Carlos Walter Ihlo*Opinión - Primera parte Se dice que los exabruptos muchas veces revelan lo que en realidad se piensa, tanto de los demás como de uno mismo, y que cuando se arrojan al aire ya no vuelven a la caja del silencio. En ese terreno meses atrás fui involuntario testigo de una frase -cuanto menos desafortunada- pronunciada por un funcionario electo en airado y despectivo tono en referencia a otro -también funcionario público- que no forma parte ni del poder legislativo, ni del ejecutivo: "No sé qué carajo le pasa a fulano. En lugar de ser un servil mío tengo que llamarlo veinte veces para que me atienda".Lo grave es que toda obligación de fulano solo anidaba en las fantasías megalómanas del quejoso y peor aun, que al mirar a los presentes advertí que ninguno se inmutó, como si semejante insulto a todo rasgo de institucionalidad o separación de poderes integrare sus propios principios.Semanas después, compartiendo en Buenos Aires un café con un veterano colega especialista en Derecho Administrativo -hoy defensor de público y enredado caso- narré el hecho.Con la pausa que resulta patrimonio de quienes poseen el don de paladear previamente cada palabra a pronunciar, apoyó el pocillo tras el sorbo final y contestó: "¡Qué pobreza mental!. No sabe que el poder no se compra. Te lo prestan un ratito y si te olvidas de algo en la oficina al día siguiente para entrar dependes del portero".Y prosiguió: "Muchos cuando tienen un cargo se transforman y pretenden borrar su pasado olvidándose que cuando se acaba la gestión hay que volver a ser comerciante, profesional, ama de casa, obrero, etc. y -principalmente en las ciudades del interior- superar el desafío de caminar otra vez las mismas calles, mirando a los ojos al vecino. Son los mismos que después golpean las puertas pidiendo auxilio por las macanas que hicieron cuando se creían los dueños del mundo. ¿Nunca oíste hablar de la enfermedad del poder?, me preguntó.El periodista Nelson Castro, autor del libro "Enfermos de poder", cita: "Hemingway le atribuyó a un colega del periodismo norteamericano la teoría de que el poder afecta de una manera cierta y definida a todos los hombres que lo ejercen. Quiso decir que líderes políticos que llegaban sanos a las mayores alturas, tarde o temprano terminarían registrando en su salud esa acción implacable, propia de la posición suprema que habían alcanzado. Los síntomas de la enfermedad del poder, (...), comenzaban con el clima de sospecha que lo rodeaba, seguía con una sensibilidad crispada en cada asunto donde intervenía y se acompañaba con una creciente incapacidad para soportar las críticas. Más adelante se desarrollaba la convicción de ser indispensable y de que, hasta su llegada al poder, nada se había hecho bien. En otra vuelta de tuerca, el hombre, ya enfermo se convencía de que nunca nada volvería a hacerse bien, a no ser que él mismo permaneciera en el poder. La teoría (...) agregaba que cuanto mejor y más desinteresado era un hombre, tanto más pronto lo atacaría la enfermedad del poder, mientras que un hombre deshonesto conservaría su salud más tiempo ya que su propia falta de honradez lo protegería con una capa de cinismo".¿Qué sino una enfermedad lleva a una persona a vivir pegada a un imaginario espejo que a cada segundo le miente sobre lo inteligente, poderoso e infalible que es, aunque el mundo descrea de todo cuanto dice? ¿Cómo podría sino un gobernante parir un personaje que se lo termina fagocitando ante la vista de todos, sobre la mesa tendida por un séquito de obsecuentes, siempre dispuestos a aplaudir el acto de antropofagia?Pero cuidado: hay que evitar creer que el enfermo de poder no se da cuenta de lo que pasa. Craso error. Lo sabe, pero no le importa en absoluto. Jugó tanto tiempo a ser impune que -si no lo era- terminó convirtiéndose en un psicópata social. Quienes hemos recorrido pasillos públicos y privados de personas vinculadas con ámbitos del poder, difícilmente podamos negar haber presenciado situaciones que, de resultar públicas, provocarían un escándalo.No porque sean delitos, sino porque su irracionalidad, de conocerse, haría que más de un vecino corra a armar una pira modelo Juana de Arco o a comprar un lindo chaleco con correas de cuero y mangas en la espalda para regalarle al funcionario de turno.¿Cuántas veces habrán estado nuestros destinos regidos por un psicópata social?. Al narrar parte de los años en que los argentinos vivimos bajo el poder real del brujo López Rega, Juan Bautista Yofre cita en su libro "Nadie fue", como aquel se preocupaba de conseguir sedantes y llegó a reemplazar la radio del auto presidencial por un pasacasete para que Isabelita transitara desde Olivos a la Casa Rosada en un microclima, escuchando boleros e ignorando las noticias mientras el país explotaba en pedazos. * Abogado - Villa Paranacito
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