Estar informados no significa comprender
Gracias a la revolución tecnológica, operada al interior del mundo de la comunicación, ha sido posible el acceso de millones de personas a los bienes culturales.Frente a un pasado donde sólo una élite disfrutaba de información privilegiada, ello supuso un proceso de democratización positivo. Los mass media están en el centro de esta transformación, que ya lleva mucho tiempo.El fenómeno de la masificación cultural reprodujo, así, la matriz de producción-consumo que se daba en la economía. Fue epifenómeno, al comienzo, del desarrollo del industrialismo capitalista.La llamada "industria cultural" no está exenta, sin embargo, de paradojas. La circulación de información, por ejemplo, en grandes cantidades, potenciada en el último tiempo por Internet, está generando una especie de "saturación informativa".Piénsese que la edición diaria de un periódico, según algunos autores, contiene hoy más información que la que una persona educada acumulaba durante toda su vida en la Inglaterra del siglo XII.Es decir, las personas han sufrido una mutación cognitiva de proporciones. Están hoy más expuestas a ideas y voces como nunca antes en la historia de la humanidad.Al punto que el hombre contemporáneo no podría concebir su existencia sin esta materia prima. Y haciendo un paralelismo con otros consumos, se diría que tiene una necesidad insaciable de información, tornándose muchas veces en adicto.Pero volvamos al malestar apuntado. No son pocos los que a esta altura se formulan esta pregunta inquietante: ¿para qué tantos datos? Y esto a partir de un diagnóstico que asume que más información no equivale, necesariamente, a más conocimiento.¿La abundancia de información nos ha hecho seres más inteligentes? La acumulación de datos, por sí sola, ¿da como resultado una mayor comprensión de la vida y el mundo?El resultado parece ser a la inversa: en un punto la inédita abundancia compromete el proceso de significación. No son pocos los estudiosos de la cultura que refrendan la siguiente paradoja: cuanta más información tenemos, menos nos significan esos datos.Buscando una metáfora biológica, para explicar este fenómeno cognitivo, nos estaría ocurriendo algo así como una desnutrición por saciedad. O en otros términos: toda cabeza repleta equivale a una cabeza vacía.Nietzsche decía que toda profunda cultura es obra de un rumiante. Es decir, la clave residiría en tomar algunas cosas sustanciales, cuyo jugo, por una paciente meditación, extraemos y asimilamos totalmente.La idea, por tanto, siguiendo la metáfora nutricionista, sería no ceder a la glotonería, vencer el impulso a picotear sin discernimiento aquí y allí, sabiendo siempre que hay que subordinar la cantidad de los alimentos a la calidad de la digestión.El autor de "Homo Videns", Giovanni Sartori, quien alerta sobre el "postpensamiento" que instaura la cultura audiovisual, asegura que "información no es conocimiento"."Por sí misma -aclara- la información no lleva a comprender las cosas: se puede estar informadísimo de muchas cosas, y a pesar de ella no comprenderlas".Guillermo Jaim Etcheverry, ex rector de la Universidad de Buenos Aires, ha dedicado reflexiones valiosas al tema. Para no "ahogarnos insensiblemente en una masa de datos sin elaborar", el académico propone volver "a la sustancia del pensar"."Es que estamos demasiado informados, pero poco pensados", advierte Etcheverry. Y como remedio frente a la voracidad por la información y el entretenimiento mediático, propone "volver a valorar el silencio y los tiempos de reflexión".
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