Opinion |

Evo y Gabo, dos versiones de una misma narrativa

Es raro verlo todo por televisión en vivo, televisión de fin de semana, con guiones pobres y escritos a las apuradas. Vimos todo el proceso, completo: la O.E.A que anuncia su imparcialidad, la O.E.A que no anuncia su imparcialidad. Que hay golpe a Evo, que no hay golpe a Evo, mientras en tiempo real estudian la hipotética reacción de la población ante un escenario de golpe.

Por Facundo Riera

Los resultados en tiempo real son “las personas rezongan pero desde el sillón de la casa”. Entonces la O.E.A, la neutral Organización de Estados Americanos con sede en EE.UU, se llama a silencio. Luego se levantan los policías contra el presidente, caso atípico en el mundo. Las fuerzas armadas declaran que ellas no intercederán y que se resuelva desde la política. Evo llama a nuevas elecciones, hasta que alguien lo llama a Evo y hay silencio. Las mismas fuerzas armadas interceden y le exigen ahora que dimita. Evo renuncia en nombre de la paz social. Todo lo vimos por tele: Las elecciones, el rating en ascenso, el descenso de Evo, el golpe, el cambio de mandato, el cambio de paradigmas. Todo fue mostrado por tele, allí la escribanía pública donde todo se legaliza, porque no hay Estado de Derecho, no hay Congreso, no hay constitución, no hay instituciones que garanticen nada, no hay Iglesia que denuncie que todo es una sacrílega locura en América Latina.

Todo lo vimos por tele, excepto la realidad.

“No hay deuda que no paguemos con el cuerpo”

“La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada”, así de largo se llama un excelente cuento de Gabriel García Márquez, el “Gabo”. Porque así de larga es la historia de la “prostitución” según sus eruditos lectores. A mí me gusta pensarla como la piensan otros, la “prostitución obligada” y no solo de una persona, sino de países enteros, incluso de un continente. La abuela “desalmada” obliga a prostituirse a su nieta, la “cándida” Eréndira, hasta que le pague el último centavo por haber incendiado la grande y lujosa casa de la abuela.

Eréndira olvidó apagar las velas y se durmió. Cansada de las interminables obligaciones hogareñas a las cuales su abuela la sometía, mientras ella y sus 200 kilos dormían, rechonchos, en la cama, litera que a su vez era trasladada por cuatro indios jíbaros. Fue esa noche que el viento del Caribe se coló por la ventana, el viento de la fortuna latina se metió en la habitación, mientras Eréndira soñaba con peces voladores, y volcó el candelabro. El resto fue llamas, el resto es historia.

Cuando todos los hombres del pequeño pueblo habían pasado por el cuerpo de 14 años de Eréndira, su abuela decide partir, como feria itinerante, por los distintos pueblos, llevando el sexo de su nieta como espectáculo principal.

La ironía para Eréndira era que, a pesar de su agotador esfuerzo por disminuir la deuda y ser finalmente liberada, la deuda incrementaba. Sucedía que el nivel de vida que la abuela se daba en esos viajes de negocios, la cantidad de sirvientes que llevaba, ocasionaban grandes gastos. El alimento y la bebida de calidad que se metía la vieja en su opíparo estómago debía pagarlo la nieta. Aunque eso nunca lo hayan pactado, venía en la letra chica de aquel acuerdo comercial pero sanguíneo.

Porque no hay deuda que no paguemos con el cuerpo. Por eso Eréndira se volvía cándida, sumisa, porque cada vez faltaba más, porque cerca significa lejos, porque nadie quiere oír su pena ni mucho menos ayudarla. Por eso Latinoamérica se vuelve cándida al prostituirnos. Con las tetas descarnadas de pagar deudas ajenas.

Eréndira se ve obligada a renunciar a su virginidad, a su dignidad y a su libre albedrío, si quiere ser libre. Su abuela la quiere a su lado, sabe que es su único sostén y salvoconducto para continuar con la gran vida. En nuestro espacio-tiempo a esto lo llamamos choque de intereses, para que quede prolijo y el oprimido no explote.

La visión de Gabo

Nunca es bueno inducir tanto una lectura como acabo de hacerlo. Pero en esta noche de urgencia y tristeza, es más importante encontrar alguna manera para hablar de América Latina, otra, que no sea historia porque esta nos miente. No me importa espolear un cuentazo de Gabo, si esto sirve para denunciar esta locura imperialista. Gabo lo dijo así, encontró esa manera de decir esto que sucede y que sigue sucediéndonos. Que nos cuesta asimilar, entonces buscamos palabras y pensamientos para digerirlo, para transformar el dolor en poesía. Seguramente existan cientos que lo han dicho de otra manera, como Andrés Bello, como José Martí, entre muchos otros. Pero ahora hay que hablar de la cándida Eréndira y su abuela desalmada.

Es en este cuento donde nos preguntamos cuándo terminará el suplicio para Eréndira, una niña hecha adulta a los tumbos, que a pesar de todo encuentra la vuelta para sonreír, para intentar la felicidad. Esa pregunta que se hace el lector al experimentar la vida de Eréndira, es la que se hace cualquier persona que deje el libro a un lado por un momento, se pare y dé un vistazo al panorama oscuro al que nos llevan.

El escritor argentino, Orlando Van Bredam, dice que el premio Nobel, es un premio ante todo político. Y según él, es la diferencia entre García Márquez, que lo ganó en 1982, y Borges, que falleció sin poder ganarlo. Este último jamás se comprometió en conflictos políticos, lo que para muchos de sus lectores es el toque de distinción del escritor argentino. Pero García Márquez, en cambio, intervino en la larga noche latinoamericana, no solo desde el plano alegórico como con Cien años de soledad (opera prima), la cándida Eréndira o el patriarca olvidado, sino concreta y terrenalmente defendiendo perseguidos políticos, denunciando desapariciones y golpes militares a los cuatro vientos.

El premio Nobel de literatura en este caso, tal vez un caso excepcional, es para el colombiano por haberse preguntado: ¿cuál es la deuda que nos cobran?, ¿cuál es el fuego catastrófico que encendimos? Y ante el silencio ensordecedor de la historia oficial para estas preguntas, y ante la omisión y condescendencia de los medios de comunicación que se tragan la tinta y se mastican los micrófonos, entonces la ficción se torna más real que la realidad por ellos contada. Es decir: cuando la historia oficial va, el arte fue y vino.

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