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¡Extra, extra, noticias de ayer!

A la muerte se le teme porque no se la conoce, la muerte de los demás, la tristeza de los demás, la alegría de los demás, no es, aunque a veces se pretenda que así se vea, algo propio.

Yo me hago cargo de lo que digo, no de lo que usted entienda, ese debería ser el preámbulo del manual de la no comunicación. Del egoísmo lingüístico, si se me permite, de la no empatía. Limitar el complejo proceso de comunicación (emisor, receptor, código, mensaje, canal de comunicación, ruido, retroalimentación o feedback y contexto) a una frase autorreferencial me parece lisa y llanamente un disparate; sin embargo, como me referiré en algunos pocos párrafos, se ejerce más de lo que se sospecha. En particular −y eso lo vuelve más peligroso aún− desde algunos medios de comunicación.

Desde hace meses −que parecen años por cierta monótona inacción− los medios de comunicación masiva no hacen sino contar muertos. Primero los ajenos −cuando aún el virus no había llegado a nuestra puerta−, y los propios ahora, con un morbo teñido de seriedad, en ciertos casos, cuando no directamente tergiversando la intencionalidad oculta o agazapada detrás de un pretendido imparcial y aséptico manejo de la información. Vaya como ejemplo el festejo canalla, hace unos pocos días atrás, de un periodista al escuchar que el número de víctimas fatales iba en ascenso, o el de aquel otro que cuando los entrevistados no responden a lo esperable −esto es, relatos apocalípticos a los que solo falta agregar zombis− se le corta la comunicación y se pasa a otro que, efectivamente, tiene nuevas malas noticias.

Pero, eso sí, por respeto, no se habla de muertos sino de fallecidos; eufemismo que, a esta altura de la pandemia, ya suena a burla descarada. Y hablan de muertos (perdón, fallecidos) con el mismo tono monocorde con que anuncian la cotización del dólar blue o la caída de las ventas de los zapallitos de tronco. Son números, sólo números. Y aunque a veces lo dicen (sólo porque queda bien decirlo), detrás de esos números hay personas. Personas que sufren, que sienten, que lloran. Que deben, como es natural, llevar a cabo su duelo. Y me detengo un momento en este punto. El duelo. ¿qué es eso del duelo?

En un ya clásico trabajo de investigación, Kübler-Ross estudió las etapas del proceso de la muerte y propuso cinco estados de aceptación de la misma: 1) Negación: como defensa temporal, presentándose al momento de recibir la noticia de la pérdida, 2) Ira: generalmente dirigida contra quien se considera responsable de la muerte, 3) Negociación: se busca ofrecer algo a cambio de lo perdido, 4) Depresión: la etapa más complicada y muchas veces la más prolongada, y 5) Aceptación: que, como su nombre lo indica, significa aceptar plenamente la pérdida e iniciar el regreso a la habitualidad.

Esta experiencia de aflicción y dolor ante la pérdida de alguien con un valor significativo, es un proceso normal de la experiencia humana y, naturalmente, requiere de un tiempo para llevarse a cabo. Un tiempo de reflexión, de introspección, de abstracción. Ahora bien, ¿eso es posible ante el permanente bombardeo desinformativo de los medios?

La pregunta, en este momento, es: ¿realmente se está hablando de la pandemia o hay algún que otro mensaje subliminal debajo de cada título, de cada segmento informativo, de cada primera plana?

No puedo no recordar un parágrafo del Leviatán, de Thomas Hobbes, cuando afirma: “En efecto, no dudo de que si hubiera sido una cosa contraria al derecho de dominio de alguien, o al interés de los hombres que tienen este dominio, el principio según el cual los tres ángulos de un triángulo equivalen a dos ángulos de un cuadrado, esta doctrina hubiera sido si no disputada, por lo menos suprimida, quemándose todos los libros de Geometría, en cuanto ello hubiera sido posible al interesado.” Y en el mismo capítulo XI de esa maravillosa obra maestra del pensamiento remata: “La ignorancia de las causas remotas dispone a atribuir todos los acontecimientos a causas inmediatas e instrumentales, porque éstas son las únicas que se perciben.”

¿Entiende ahora por qué de nada vale que Joaquín Sabina se pregunte por qué el diario no hablaba de ti ni de mí?

Pero esto no es nuevo, enfatizará alguien con inocultable ira en su voz. Por supuesto que no, quizás apenas se haya mejorado la calidad de los disfraces, pero el motivo de la fiesta es el mismo. Veamos cómo, por ejemplo, ya en 1815, mientras Artigas, por estos pagos, luchaba en desiguales condiciones contra la hegemonía porteña (que manejaba la prensa), en la culta y civilizada Europa Napoleón Bonaparte escapaba de su prisión y marchaba a recuperar su poder en Francia. El periódico El Monitor, de París, titulaba así: 9 de marzo: El Monstruo se escapó de su destierro. 10 de marzo: El Ogro corso ha desembarcado en Cabo Juan. 12 de marzo: El Monstruo actualmente ha avanzado por Grenoble. 13 de marzo: El Tirano está ahora en Lyon. Cunde el temor en las calles por su aparición. 18 de marzo: El Usurpador se ha aventurado a acercarse. Está a 60 horas de marcha de la capital. 19 de marzo: Bonaparte avanza con marcha forzada, pero es imposible que él pueda alcanzar París. 20 de marzo: Napoleón llegará a los muros de París mañana. 21 de marzo: El Emperador Napoleón está en Fontainebleau. 22 de Marzo: La tarde de ayer Su Majestad El Emperador hizo su entrada pública y llegó a las Tullerias. Nada puede exceder la alegría universal. ¡Viva el Imperio! Cualquier parecido con la actualidad…es pura coincidencia.

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