Fascismo y otros extremismos: cuando el odio también llegó a nuestras comunidades
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En la década de 1930, distintas expresiones de adhesión al nazismo y a ideologías fascistas tuvieron lugar en la provincia: desde la intensa actividad nazi en Galarza y Crespo ‒con saludos, banderas y retratos de Hitler en las escuelas‒, hasta la persecución a los judíos de Basavilbaso y alrededores.
El pasado 2 de septiembre se cumplieron 81 años del fin oficial de la Segunda Guerra Mundial, cuando Japón firmó el acta de rendición incondicional a bordo del acorazado USS Missouri en la bahía de Tokio. Meses antes, el 8 y 9 de mayo, había caído la Alemania nazi, marcando el cese de las hostilidades en Europa y el punto final a un período de terror.
Desde entonces, lo que es considerado como el mayor conflicto bélico de la historia de la humanidad se instaló como una temática recurrente en las producciones culturales y en la memoria colectiva de Occidente. Al día de hoy, sus acontecimientos y la imagen del nazismo como la de aquel gran enemigo al que hubo que enfrentar sigue despertando el interés de las personas, al tiempo que los horrores del Holocausto no dejan de suscitar la pregunta de cómo fue posible tanto odio y deshumanización.
Asimismo, el estudio y los nuevos hallazgos sobre la sombra del Tercer Reich fuera de Alemania a menudo ocupan un lugar significativo en los medios de comunicación. El año pasado, por ejemplo, trascendió la noticia de que funcionarios de la Corte Suprema de Justicia Argentina encontraron una serie de cajas con documentación vinculada al nazismo. Parte del material buscaba consolidar y expandir las ideas de Adolf Hitler en el país.
Aunque nuestra nación se mantuvo neutral hasta que la Segunda Guerra estuvo virtualmente terminada, una parte no insignificante de la sociedad argentina simpatizaba -en mayor o menor medida- con la ideología del fascismo italiano y del nazismo alemán, que prometían el retorno a un pasado glorioso y encontraban en un chivo expiatorio la culpa de todos sus males.
Desde sus orígenes en la década de 1920, y durante su apogeo en los años 30, estos discursos habían llegado a una porción de los inmigrantes europeos venidos a la Argentina y a sus hijos. Por otra parte, ciertos elementos de los fascismos europeos también se alineaban con ideas preexistentes en las elites nacionalistas de extrema derecha, como el antisemitismo, el anticomunismo y el rechazo hacia el sistema democrático.
En la década del 30, Argentina dio lugar a numerosas expresiones de adhesión al régimen Nazi, que había llegado al poder en Alemania en 1933 y desplegaba un inmenso aparato de propaganda. El ejemplo más contundente tuvo lugar en el Luna Park en 1938, cuando cerca de 20.000 personas celebraron la anexión de Austria al territorio alemán en el que es considerado como el acto nazi más grande que haya tenido lugar fuera de Alemania. Las cruces esvásticas se multiplicaban donde sea que hubiese comunidades alemanas importantes, por lo que Argentina en general, y Entre Ríos en particular, no fue inmune a esta influencia.
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En nuestra provincia, la localidad de General Galarza fue uno de los mayores receptáculos del nazismo en la región, y uno de los primeros lugares del país donde se efectuaría un acto de neto corte nazi. Allí, el 19 de septiembre de 1936, se inauguró el edificio de la Unión Germánica, un centro social que nucleaba a una porción importante de la población que tenía origen alemán y que funcionó como escuela. Las crónicas periodísticas de la época dan cuenta de la enorme cantidad de banderas con esvásticas que hubo en el lugar y de los discursos racistas enfervorizados que señalaban a los judíos con los más crudos adjetivos y enaltecían la supuesta superioridad alemana. Así lo describen los investigadores uruguayenses Celomar Argachá y Orlando Busiello en su libro “Nazismo y otros extremismos en Entre Ríos”.
En los meses siguientes, la actividad del grupo germánico de Galarza no cesó. Incluso llegaron a pintar cruces esvásticas en las casas de vecinos judíos, lo que provocó la intervención de la Justicia y la condena a prisión de tres personas. Las expresiones de ideología nazi fueron creciendo y se hicieron más visibles: niños realizando el saludo nazi en actos escolares, publicaciones germanófilas, y actos públicos cada vez más osados.
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En ciudades como Concordia, Crespo, La Paz y Paraná también se registraron hechos similares. En Concordia, por ejemplo, un grupo de jóvenes desfiló en un acto del 9 de Julio al estilo militar nazi, conocido como “paso de ganso”, provocando indignación. En La Paz, otro grupo intentó marchar vestido con camisas pardas tras un acto oficial, aunque fue frenado por la Policía. Crespo, una ciudad con fuerte presencia alemana, albergaba instituciones que difundían propaganda nazi, como gimnasios, sociedades culturales y publicaciones deportivas; allí, según los periódicos de la época, “en las paredes de las aulas se ven con profusión los retratos de Hitler y la cruz esvástica”.
Mientras tanto, las comunidades judías entrerrianas intentaron organizarse para contrarrestar la influencia del nazismo. En 1936 comenzaron a movilizarse, y ese mismo año la escritora judía estadounidense Gina Medem brindó una conferencia en el Centro Social Israelita de Concepción del Uruguay advirtiendo sobre el avance del Tercer Reich. En 1938, se planificó un congreso provincial de organizaciones judías con sede en Basavilbaso, buscando destacar su contribución al desarrollo regional y responder al creciente antisemitismo.
“Sabemos de acciones represivas por parte de células nazis en las localidades de Basavilbaso, Villa Domínguez y Concepción del Uruguay hacia personas e instituciones de la colectividad judía. De hecho, algunas familias con ese origen se trasladaron a Gualeguaychú escapando de aquellos conflictos y reorganizaron sus vidas en nuestra ciudad”, contó a Ahora ElDía el historiador local Marcos Henchoz, quien indicó que “las acciones antisemitas se expresaron de diferentes maneras: desde la suspensión o expulsión de socios en clubes deportivos y sociales por su origen judío, hasta cambios en la denominación de espacios públicos relacionados con personalidades judías o simbologías de su religión”.
En cuanto al nivel de adhesión que tuvo el nazismo específicamente en el sur entrerriano, Henchoz señaló que hubo dirigentes de organizaciones nazis en Islas del Ibicuy, General Ramírez y Urdinarrain, y que si bien existieron personas afiliadas al Partido Nacionalsocialista Nazi Argentino en algunas localidades de la zona, “no hay registro de participación activa en tanto creación de células o subsedes partidarias”. De todas formas, recordó que “Argentina tuvo la mayor cantidad de afiliados al Partido Nazi en el mundo después de Alemania”, y acotó que “los aportes eran a través de militancia activa y contribuciones dinerarias”.
“Según los registros oficiales, hubo personas afiliadas residentes en Gualeguaychú, Villa Paranacito, Aldea Santa Celia y Urdinarrain. Es probable que haya habido más simpatizantes, aunque no necesariamente afiliados a algunas de las agrupaciones nazis”, precisó el historiador.
En este punto, explicó que “hay que entender la época y los tiempos de desarrollo de la guerra”, dado que “no es lo mismo el pensamiento y la adhesión de un sector de la población hacia el nacionalsocialismo antes de la guerra que durante ella y lo que se vivió en el transcurso del conflicto”. “Lo mismo ocurrió con otros movimientos, como el fascismo. El inicio de la Segunda Guerra Mundial produjo muchos cambios en las posiciones políticas, entre ellas, adhesiones anteriores que luego fueron rechazadas a raíz de las posturas de segregación racial o cultural”, aclaró.
Frente a este panorama que se vivía por aquel entonces en Entre Ríos, el gobierno provincial, bajo la conducción del radical Enrique Mihura, comenzó a tomar medidas. Se prohibieron actos nazifascistas, se cerraron escuelas financiadas por entidades extranjeras y se impulsaron acciones cívicas para rechazar estas ideologías. Un importante acto de repudio se realizó en el Teatro 3 de Febrero de Paraná en julio de 1941, organizado por la Unión Cívica Radical. De todos modos, cabe recordar que al igual que sucedía en el plano global, una de las principales resistencias al nazi-fascismo en la región la llevaron adelante los socialistas y comunistas.
A medida que avanzaba la Segunda Guerra Mundial, la cobertura periodística se enfocó en los acontecimientos bélicos, y la actividad de los grupos fascistas en la región empezó a disminuir. Sin embargo, una parte de la influencia ideológica persistió durante varios años más, incluso después de terminado el conflicto. De esta manera, aún queda mucho por indagar y dar a conocer sobre el lugar que tuvieron en nuestras comunidades las ideologías radicalizadas que tanto dolor causaron a este y al otro lado del mundo.
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¿A qué llamamos fascismo?
En su ensayo, “La construcción del enano fascista, los usos del odio como estrategia política en Argentina”, el sociólogo e investigador argentino Daniel Feierstein explica que no hay un consenso académico para definir al fascismo y propone tres formas de entenderlo: como ideología, como régimen de gobierno y como práctica social.
En tanto ideología, el fascismo buscaría que la representación esté monopolizada por un partido único de masas, se caracterizaría por proyectos mesiánicos, con el culto personalista de un jefe, la verticalización autoritaria de la sociedad, y un aparato de propaganda centralizado que restringe o elimina medios opositores; también por la exaltación de la comunidad nacional y la estigmatización de quienes no pertenecerían a ella, sumado a un desprecio del individualismo liberal y un violento anticomunismo. También estaría presente la idea de un origen mítico de la identidad nacional y la búsqueda de una expansión imperialista.
Como sistema de gobierno, sería de carácter corporativo, antidemocrático, y buscaría articular a empresarios, sindicalistas afines al régimen o creados desde el aparato estatal, militares y a la Iglesia; un régimen tendiente, a su vez, a un dirigismo estatal de la economía.
Y entendido como conjunto de prácticas sociales, el fascismo implica la posibilidad de movilizar activamente a grandes colectivos y hacerlos partícipes en la estigmatización, hostigamiento y persecución de grupos de la población por su identidad nacional, étnica, socioeconómica, política, religiosa, de género, etc. Una forma de exacerbar y proyectar los odios de los sectores medios y excluidos de la población en contra de grupos minoritarios, como estrategia de los sectores concentrados del capital para destruir la organización popular.
Expresiones fascistas en Entre Ríos
Este viernes tuvo lugar en la Casa De Deken la Jornada de Historia de Entre Ríos “Aspectos de la sociedad, economía y política de los siglos XIX y XX”, un ciclo de exposiciones abierto al público en el que investigadores, docentes y becarios del Conicet, INES y UNER recorrieron distintos procesos de la historia entrerriana de los últimos dos siglos. Una de ellas estuvo a cargo del profesor Henchoz, quien abordó precisamente la cuestión del fascismo en Entre Ríos durante el período de 1930 a 1945 bajo el interrogante ¿mito o realidad?
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Desde el comienzo de su disertación, el historiador señaló que efectivamente se trata de una realidad, ya que hubo expresiones aisladas de fascismo en Entre Ríos que “se adecuan a definiciones más laxas del término como tal”, un concepto que de por sí reviste muchas interpretaciones. Y es que Henchoz puso el foco en el problema que supone trasladar definiciones “importadas” o “encasilladas” para estudiar las experiencias particulares que tuvieron lugar en nuestra sociedad. Es decir, tratar de hacer encajar la noción de los fascismos europeos, tal y como se expresaron en España o Italia, por ejemplo, con los discursos de odio y acciones violentas por parte de civiles que tuvieron lugar en Argentina.
En ese sentido, explicó que, por un lado, existieron estas adhesiones y manifestaciones propiamente fascistas en la provincia, que fueron minoritarias ya que “no tuvieron representación política que pudiera marcar tendencia y disputar el poder”; y por otro, indicó que aunque no se ajustan del todo al término “fascista”, durante la década del 20 y del 30 hubo grupos de choque o parapoliciales, como la Liga Patriótica Argentina, que presentaron similitudes -y también diferencias- con elementos característicos de las ideologías fascistas.
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La Liga Patriótica fue un movimiento de extrema derecha nacido al interior de la oligarquía porteña como respuesta a la conflictividad social de las protestas obreras de las primeras décadas del siglo XX. Los historiadores suelen definir a la Liga Patriótica como nacionalista, anti-izquierdista, antisemita, racista, antisindical y, a diferencia de los fascismos clásicos, era liberal en materia económica. Fundada en enero de 1919, actuó como grupo de choque en huelgas de todo el país, destacándose por sus actos de violencia criminal durante la Semana Trágica de Buenos Aires (1919) y los hechos represivos de la Patagonia Rebelde (1922). En Gualeguaychú también surgió en 1919, aunque dejó su huella sangrienta el 1 de mayo de 1921, en un violento enfrentamiento que tuvo por saldo cinco obreros muertos y más de treinta heridos.
Otra agrupación que estuvo presente en Entre Ríos, aunque se desconoce si también en Gualeguaychú, fue la Legión Cívica: un grupo paramilitar creado en 1930 por el General José Félix Uriburu, quien ese mismo año encabezó un golpe de Estado. Fue reconocida como entidad política en 1931, siendo la única autorizada a funcionar durante el gobierno de facto. Los miembros del movimiento fueron autorizados a recibir entrenamiento militar. Uriburu los bautizó como los “Camisas negras argentinos”, siguiendo la base de las milicias de combate voluntarias de Benito Mussolini. Se sabe que el movimiento cometió actos de violencia contra sus opositores políticos y torturó a los capturados.

