Ciudad | Luis Castillo | Femicidio

Feminicidio y cultura: Otelo está vivo, Desdémona sigue muriendo

Que pueda remontarse al origen mismo de la sociedad no significa que su origen sea natural –en cuanto naturaleza- sino una construcción cultural y, como toda construcción, pasible de ser deconstruida.

Diferentes ramas del pensamiento sostienen la teoría de que construimos símbolos que dan un determinado significado a la realidad y, a partir de allí, orientamos nuestra conducta en relación a los mismos. En el caso que nos ocupa, esos símbolos se denominan roles y, el rol dado a los hombres y a las mujeres desde las sociedades primigenias, serían el origen mismo del patriarcado. Una estructura social sostenida sobre principios no necesariamente escritos en papel pero sí en la cultura, que va condicionando patrones de comportamiento según el sexo biológico y en donde queda claro que el ámbito público debe ser controlado por los varones y la reproducción y el cuidado del hogar es el mundo en el que reinan las mujeres.

La sociedad tribal se inició con la dominación masculina de las mujeres y la expansión del poder evolucionó hacia la dominación de algunos hombres sobre el resto de los hombres y también, por consiguiente, de todas las mujeres. El mundo fue formándose a partir de símbolos creados por hombres y excluyendo desde el inicio a la mujer, lo que pasó a ser institucionalizado por el monoteísmo, en donde la supremacía masculina dejó de tener una explicación cultural para tener una explicación Divina, en donde un dios hombre creó a hombres y mujeres como seres distintos y, por supuesto, no iguales.

El mundo fue formándose a partir de símbolos creados por hombres y excluyendo desde el inicio a la mujer

Simone de Beauvoir sentenció: “Mujer no se nace, se hace”. El varón, el hombre, lo masculino en definitiva, se asocia indelegablemente con el poder, el control, el valor tácito, dueño de la razón y poseedor innato del conocimiento, solo él es capaz de gobernar y gobernarse. Tanta responsabilidad lo exime, naturalmente, de las tareas superfluas rutinarias y tediosas de la cotidianeidad del hogar y la crianza de los hijos, relegada como corresponde al sexo débil. Esta es la base del pensamiento patriarcal y lleva apenas afirmándose y convalidándose de generación en generación desde que nos convertimos en bípedos.

En 1801, John Corry, en el libro “Una visión satírica de Londres al comenzar el siglo diecinueve”, utiliza por primera vez el término “Femicide”, pero no para referirse a un asesinato, sino a la seducción de una mujer virgen por parte de un hombre casado. El párrafo en el que utiliza el concepto dice: “Esta especie de delincuencia puede ser denominada feminicidio; porque el monstruo que traiciona a una crédula virgen, y la somete a la infamia, es en realidad un asesino despiadado”.

El riesgo de ser excluido de ese mundo dominante de los hombres es lo que lleva –según P. Bourdieu- a matar, violar y torturar, al deseo de dominar, explotar y oprimir.

Cada hombre, con la naturalidad de lo dado, adhiere y reproduce los valores de supremacía de su género bajo pena de exclusión de su status viril. Entonces nace el feminicidio. El “asesinato de mujeres realizado por hombres motivado por odio, desprecio, placer o sentido de propiedad de las mismas”. Pero no es solo la muerte, ese quizás sea solo el corolario de actos violentos que van desde el maltrato emocional, psicológico, los golpes, los insultos, la tortura, la violación, la prostitución, el acoso sexual, el abuso infantil, las mutilaciones genitales, la violencia doméstica. Y desde el Estado, la domesticación ejemplificadora. Vale como antecedentes recordar que en la Francia del siglo XIII se aprobó una ley según la cual a las mujeres se les debía amputar una extremidad las dos primeras veces que tuvieran sexo con mujeres, mientras que a la tercera debían ser quemadas; o bien la violación correctiva, consistente en abusar sexualmente de una mujer homosexual con el objetivo de hacer que se comporte como si fuera heterosexual. Una manera de intentar imponer un supuesto "orden natural" mediante la violencia y el poder. Hoy en día la homosexualidad, tanto en mujeres como en hombres, sigue siendo condenada por la mayoría de religiones y es ilegal en países como Irán, Libia, India, Pakistán, Marruecos y Nigeria. Estas condiciones favorecen la violencia contra personas homosexuales, ya que se legitiman desde las instituciones.

en la Francia del siglo XIII se aprobó una ley según la cual a las mujeres se les debía amputar una extremidad las dos primeras veces que tuvieran sexo con mujeres, mientras que a la tercera debían ser quemadas

El 29 de septiembre de 1924 los socialistas Mario Bravo y Juan B. Justo presentaron en la Cámara de Senadores de la Nación el proyecto de la Ley 11.357 de “Derechos civiles de la mujer” en donde sostenían, entre otras argumentaciones, que “en Argentina también cada día las mujeres tienen mayor participación pública, ocupando lugares y asumiendo responsabilidades que antes correspondían a los hombres, y, sin embargo, este protagonismo no tiene su correlato en la tarea legislativa”.

El verdadero cambio sin embargo, no será jurídico sino cultural, diario, continuo, permanente. Ya que hay que remontar siglos de culpa y olvido grabados en los cuerpos.

Otelo, de W. Shakespeare. Acto V, escena II

Otelo: “Sin embargo, no quiero verter su sangre; ni desgarrar su piel, más blanca que la nieve y tan lisa como el alabastro de un sepulcro. Pero debe morir, o engañará a más hombres…” (Besando a Desdémona dormida)… ¡Quédate así, cuando estés muerta, y te mataré, y acto seguido volveré a matarte! ¡Otro más! (vuelve a besarla). ¡Aunque hubiera tenido tantas existencias como cabellos, mi apetito de venganza las habría devorado todas!” (…) “¡Es demasiado tarde!… (La ahoga, comenzando a estrangularla.)”

Ingresa en la escena Emilia, doncella de Desdémona- ¡Ay! ¿Qué grito es ése!¡Horror! ¡Ay! ¡Si era la voz de mi señora!… ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Hola! ¡Auxilio!- ¡Oh, señora! ¡Hablad otra vez! ¡Dulce Desdémona!

Desdémona: ¡Muero inocente!

Emilia: ¡Oh! ¿Quién ha cometido este crimen?

Desdémona: Nadie. Yo misma. Adiós. Encomendadme a mi bondadoso señor. ¡Oh, adiós! (Muere.)”

Dejá tu comentario