Fiel a su estilo, con las contradicciones a cuestas, el PJ busca arropar a Cristina
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Es probable que de a poco la vayan corriendo de la escena a la Presidenta de la Nación. Los afiches que inundan el Gran Buenos Aires sólo muestran la imagen de Martín Insaurralde, en un último intento por tratar de seguir evitando las fugas. Jorge Barroetaveña La idea es, pues, arropar lo más posible a la mandataria para evitar las consecuencias de octubre. Y está bien que así sea.¿Por qué? Más allá de la hojarasca política y los dimes y diretes que suelen rodear a una campaña, nada debe poner en riesgo la tranquilidad institucional de la Argentina. En eso el peronismo debe ser conciente porque lo lleva en su ADN.Más allá de la probable derrota que acompañará al kirchnerismo en los dos años que le quedan de gestión nada debe poner en riesgo el final del mandato constitucional de Cristina Kirchner porque para eso la votó la gente en el 2011.Se deberá entender, y la percepción es que la inmensa mayoría de la sociedad lo siente de esa manera, que deben respetarse los plazos que marca la ley. La Argentina ha pagado demasiado caro a lo largo de su historia la alteración constitucional y el manipuleo de las circunstancias políticas por intereses que poco han tenido que ver con el interés general.Claro que la estrategia oficial con la que han resuelto encarar el interregno hasta octubre hace agua por todos lados pero sobre todo, por el de las contradicciones. La imagen de Daniel Scioli poniendo en funciones a Alejandro Granados, cuyo apodo 'el Sheriff' parece ser el mejor antecedente para intentar ponerle coto a la inseguridad en la vasta y compleja Buenos Aires, no sólo fue extraña sino confusa.Más aún con la presencia de referentes del kirchnerismo puro como Carlos Kunkel o el vice Mariotto que han dicho hasta el cansancio que están en contra de la política de 'mano dura' que anuncian el ex intendente de Ezeiza y el propio Scioli.El mismo Insaurralde dio un paso más cuando instaló la posibilidad de bajar la edad de imputabilidad de los menores, una bandera que el kirchnerismo ha defendido todos estos años y jamás se atrevió a poner en duda. Lo peor es que a Insaurralde no sólo lo contradijeron candidatos opositores sino también integrantes que comparten espacio en su misma lista de cara a octubre como el caso de Conti o del propio Kunkel.La máscara se cayó definitivamente con la presencia de los gendarmes en los lugares más pobres del Conurbano lo que implica no sólo la estigmatización de los sectores más populares, como si la inseguridad sólo fuera responsabilidad de la gente 'pobre', sino la militarización directa de la lucha contra el delito.Tampoco los gobernadores han abierto la boca. A muchos de ellos les vaciaron los destacamentos de Gendarmería, en puestos de frontera o tierra adentro, para llevarse los gendarmes al Gran Buenos Aires, porque 'electoralmente' es más importante para el gobierno.¿Y el federalismo donde quedó? ¿No hay acaso problemas de seguridad serios también en muchos distritos del país donde la Gendarmería actuaba para colaborar con las fuerzas provinciales? A esta altura nada importa demasiado, lo único que cuenta es ponerle el cascabel a la clave y díscola Buenos Aires para evitar que los números no peguen demasiado fuerte en el corazón del poder.Por supuesto que las políticas de seguridad y sus contradicciones a cuestas, no son el único estigma que acompaña el final de campaña oficial. Luego llegará el momento de debatir lo que pasa con la economía, o el cóctel de medidas tratando de sacarle un poco de enojo a la clase media.El último retoque que afecta a más de dos millones de monotributistas tiene ese objetivo. "Pero no hay nada que les venga bien. Si la Presidenta toma medidas que son las que supuestamente pide la gente, es una demagoga que sólo piensa en las elecciones. Pero si no lo hace es una obtusa ciega. ¿Por qué no se ponen de acuerdo...?", evaluó esta semana un integrante del entorno presidencial. Y tiene razón este buen hombre, no le pifia en su razonamiento.El detalle es que el kirchnerismo tuvo que sufrir un revés electoral para comprender cuestiones que la realidad le marcaba a gritos. Y el costo de eso es, justamente, la exposición a todas las interpretaciones posibles, aunque la peor de ellas es que la gente no crea en este cambio repentino. Hay algo intangible que cuando se quiebra es difícil de volver a recuperar y en política (casi igual que en economía) no tiene precio: la confianza. Buscando otra caraCon sus contradicciones a cuestas el peronismo marcha hacia los dos últimos años de un mandato presidencial de su signo, mal que le pese a muchos exégetas de Perón que suelen negar lo innegable. Para acomodarse, está buscando la cara que más le convenga para enfrentar las demandas de una sociedad más exigente.Y está bien que así sea. Es uno de los saldos positivos que los 30 años de democracia nos han dejado. A la hora de votar, los argentinos se han puesto selectivos y exigentes y es la mejor noticia que podemos recibir. Las motivaciones suelen depender de las coyunturas económicas, es cierto, pero ya llegará el tiempo que otras cuestiones también pesen a la hora de evaluar el desempeño de un político.El votante de calle siente hoy, que está en condiciones de exigir más y está bien que así sea. En definitiva, sus demandas y su compromiso con el sistema, son el reaseguro de lo que vendrá, más allá de las políticas que se impulsen.En la Argentina nada tiene que ser ya de vida o muerte, bueno o malo, el principio o el final. Es el mejor regalo que las tres décadas de democracia nos han dejado. Somos adolescentes que queremos crecer. Estamos construyendo nuestro futuro.
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