Fórmula para unir a la sociedad cubana
Con gran expectativa se sigue en el continente el reinicio de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. La nueva política tiene desconcertados a los intransigentes de ambos bandos (castristas y anticastristas).La mutación geopolítica descoloca sobre todo a quienes todavía miran las cosas con los ojos de la Guerra Fría, cuyo eje era la confrontación comunismo-capitalismo.Los bandos en pugna no se resignan a que los nuevos acontecimientos históricos desmientan su narración de más de 50 años. Entonces hablan de "derrota estratégica del enemigo", según de qué lado se sitúen.Los adeptos a la ideología castrista, de base comunista, alegan que el acercamiento de Washington es la aceptación norteamericana del triunfo de la revolución.Mientras que la derecha anticastrista argumenta que el gesto de distensión es la salida desesperada de un régimen anacrónico, el de los Castro, que se quedó sin combustible económico.Como sea, a derecha y a izquierda, hay perplejidad y sobre todo disgusto por el curso que están tomando las cosas. Y esto porque no ocurren de acuerdo a las expectativas ideológicas de los dogmáticos.Entre los castristas duros, mucho de los cuales viven en el exilio, que quisieran una rendición incondicional del régimen imperante en la isla, y un enjuiciamiento histórico de sus jerarcas, parece prevalecer un espíritu de venganza.Pero la estrategia seguida por el Vaticano y por el presidente Barack Obama está muy lejos de la política de la represalia. Al contrario, se inspiraría en desactivar la dialéctica de los odios, acercando a las dos Cubas (la del régimen y la de los disidentes), para lanzarlas al futuro.Esa sería la única fórmula no violenta de transición política para la sociedad cubana: desactivar los antagonismos internos, haciendo que confluyan castristas y anticastristas.La reforma política, social y económica en la isla no se haría sin o contra los Castro (como quisieran los ultra derechistas), sino con ellos. No sólo eso: será el régimen el que aparecerá produciendo su propio cambio.La nueva política norteamericana hacia la isla consistiría, justamente, en esto: no enfrentar (como se ha hecho hasta ahora) al régimen, sino negociar con él, dándole incluso la autoría intelectual de lo que se haga.Los enemigos de los Castro consideran esto una concesión inaceptable o una simple traición (el argumento que suelen esgrimir los intransigentes de todas las causas, cuyo narcisismo los lleva a querer tener razón en todo).El anacronismo de la derecha consiste en no aceptar que los cubanos de la isla no harán nada que Fidel o los jerarcas del régimen no les manden hacer (a tal punto llega el ascendiente popular de los Castro).Hay analistas políticos que creen ver en el movimiento de sentar a los enemigos en la misma mesa, el método exitoso que emplearon otros líderes para pacificar y reconciliar a sociedades divididas.En Cuba estaría en marcha, según esta lectura, un experimento parecido al que llevaron adelante el Mahatma Gandhi en la India, Martín Luther King en Estados Unidos, y sobre todo Nelson Mandela en Sudáfrica.El caso sudafricano es emblemático. Mandela pudo haberse convertido en el líder exclusivo de la mayoría negra y haber dado rienda suelta a los deseos de venganza de esa etnia sometida.Pero él en cambio, que sufrió veintitrés años de prisión, se propuso seducir a sus "enemigos" blancos, que también eran sudafricanos y sin los cuales no se podía pacificar y gobernar el país.
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