Ganar la calle y perder el miedo al miedo
A diferencia de 1810, donde el pueblo estaba en la calle (queriendo saber de qué se trataba aquello que se discutía en el Cabildo), este bicentenario nos encuentra encerrados en casa, creyendo que por estar informados de todo (a través de la televisión), sabemos de algo.Por José María Blanco Opinión
Sin darnos cuenta, un lento proceso de control emocional fue redefiniendo nuestras costumbres. A partir de una - perfectamente planeada - estrategia del miedo, los ciudadanos fuimos perdiendo la calle como espacio de construcción cultural, para utilizarla únicamente como lugar de tránsito o de consumo y todo (rejas, puertas blindadas, policía, etc.) resulta poco para "sentirnos" seguros.Resulta paradójico pensar que antes, cuando los vecinos se sentaban en la puerta de su casa o los chicos jugaban en la calle, estábamos más seguros que ahora, que vivimos encerrados. ¿Casualidad?, definitivamente no!.Un sutil mecanismo de disciplinamiento y control se fue adueñando de nuestras voluntades, mutilando nuestros instintos más genuinos y poniendo un manto de sospecha sobre toda conducta ajena al "orden" establecido.La estética de las plazas por ejemplo, pasó a ser más importante que la ética social de sus espacios y con la proliferación de los letreros que dicen "prohibido pisar el césped", se fue dejando a los chicos sin espacio para jugar en ella o a limitarlos a hacerlo en un único lugar, pensado y diseñado por los adultos.Por otra parte el miedo, que "gracias a la televisión" se expande a todos lados sin importar que los hechos delictivos se produzcan a 20, 200 ó 20.000 kilómetros de distancia del lugar donde estamos, nos inmoviliza a todos por igual y ya ni siquiera dejamos que nuestros hijos vayan solos al colegio por "temor a que ocurra cualquier cosa", sin darnos cuenta que con ello, les estamos cortando la oportunidad de madurar y desarrollar su propia autonomía, con su propia responsabilidad y con sus propios valores. Eso si, cuando son adolescentes nos preocupamos cuestionándolos si muestran señales de apatía o desinterés frente a algo.Somos individuos que sin estar solos vivimos cada vez más aislados. Nos comunicamos cada vez menos. Hemos perdido los espacios públicos y con ellos, nuestra conducta social.Ya es demasiado el tiempo que llevamos sin involucrarnos ni correr riesgos emocionales. El riesgo es un elemento fundamental para alcanzar el desarrollo como personas y quizás valga la pena que en este bicentenario, iniciemos un camino de recuperación de las singularidades que abandone las semióticas establecidas por un sistema que nos asfixia y que nos hace correr detrás de una zanahoria que está cada vez más lejos.Apostemos a la construcción de un nuevo ser, mucho menos expuesto a los modelos sociales que intentan imponernos y más comprometido con las cuestiones trascendentes que le den un mayor sentido a su propia existencia.A propósito, ¿cuánto hace que usted no llama a un amigo o familiar, para decirle simplemente que lo quiere o que tiene ganas de verlo?.
Sin darnos cuenta, un lento proceso de control emocional fue redefiniendo nuestras costumbres. A partir de una - perfectamente planeada - estrategia del miedo, los ciudadanos fuimos perdiendo la calle como espacio de construcción cultural, para utilizarla únicamente como lugar de tránsito o de consumo y todo (rejas, puertas blindadas, policía, etc.) resulta poco para "sentirnos" seguros.Resulta paradójico pensar que antes, cuando los vecinos se sentaban en la puerta de su casa o los chicos jugaban en la calle, estábamos más seguros que ahora, que vivimos encerrados. ¿Casualidad?, definitivamente no!.Un sutil mecanismo de disciplinamiento y control se fue adueñando de nuestras voluntades, mutilando nuestros instintos más genuinos y poniendo un manto de sospecha sobre toda conducta ajena al "orden" establecido.La estética de las plazas por ejemplo, pasó a ser más importante que la ética social de sus espacios y con la proliferación de los letreros que dicen "prohibido pisar el césped", se fue dejando a los chicos sin espacio para jugar en ella o a limitarlos a hacerlo en un único lugar, pensado y diseñado por los adultos.Por otra parte el miedo, que "gracias a la televisión" se expande a todos lados sin importar que los hechos delictivos se produzcan a 20, 200 ó 20.000 kilómetros de distancia del lugar donde estamos, nos inmoviliza a todos por igual y ya ni siquiera dejamos que nuestros hijos vayan solos al colegio por "temor a que ocurra cualquier cosa", sin darnos cuenta que con ello, les estamos cortando la oportunidad de madurar y desarrollar su propia autonomía, con su propia responsabilidad y con sus propios valores. Eso si, cuando son adolescentes nos preocupamos cuestionándolos si muestran señales de apatía o desinterés frente a algo.Somos individuos que sin estar solos vivimos cada vez más aislados. Nos comunicamos cada vez menos. Hemos perdido los espacios públicos y con ellos, nuestra conducta social.Ya es demasiado el tiempo que llevamos sin involucrarnos ni correr riesgos emocionales. El riesgo es un elemento fundamental para alcanzar el desarrollo como personas y quizás valga la pena que en este bicentenario, iniciemos un camino de recuperación de las singularidades que abandone las semióticas establecidas por un sistema que nos asfixia y que nos hace correr detrás de una zanahoria que está cada vez más lejos.Apostemos a la construcción de un nuevo ser, mucho menos expuesto a los modelos sociales que intentan imponernos y más comprometido con las cuestiones trascendentes que le den un mayor sentido a su propia existencia.A propósito, ¿cuánto hace que usted no llama a un amigo o familiar, para decirle simplemente que lo quiere o que tiene ganas de verlo?.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios

