Opinion |

Ginóbili, el deportista que hizo desear a todos que le vaya bien

¿Me puedo tomar una licencia? Al cabo, me gustaría escribir sobre algo más placentero que hablar de la inflación¸ de los índices de pobreza o de las campañas vacías, llenas de slogans. Hoy me gustaría recordar algo que pasó en el 2012. Diciembre, frío, mucho frío, New york. Lugar, Madison Square Garden. ¿Quién jugaba? El local, Los Knicks contra San Antonio. El San Antonio de ‘Manu’ Ginóbili. Por Jorge Barroetaveña Tuve el placer de verlo jugar a Diego, pero nunca a Messi. Y supongo que los futboleros deben sentir lo mismo. Estos tipos son tan grosos que apenas mirarlos uno se siente partícipe de sus epopeyas. No hago demagogia con el deporte, que es eso, deporte. Pero el deporte, en su máxima expresión, sirve para transmitir valores que, muchas veces en nuestra vida cotidiana, es difícil encontrar. Por eso, aquella noche fría de diciembre que pude ver un rato a ‘Manu’ Ginóbili haciendo de la suyas en el Madison, nunca la voy a olvidar. Es como él dijo el jueves en el ATT Center de San Antonio, soy de los miles de fanáticos que se quedaban delante del televisor a la noche, bien tarde, para ver sus partidos. Los que puteábamos a Tony Parker porque pensábamos que no se la quería pasar o los que festejábamos con el puño cerrado y el grito cuando metía uno de esos triples tan suyos. Nos convertimos en analistas de básquet, conocedores del mundo de la NBA, y propaladores de sus hazañas. La Medalla de Oro en Atenas fue la frutilla para una carrera impresionante. Medido para declarar, buen tipo para todos los que fueron sus compañeros, y un deseo de ganar irrefrenable. Pese a eso nunca fue mentor ni precursor del ‘ganar como sea’ o del ‘ganar es lo único’. Al contrario, hace poco decía que había perdido mucho más de lo que había ganado y que aprendió mucho más de lo primero que de lo segundo. Al cabo la vida es así, se pierde más de lo que se gana y la felicidad pura no existe, lo que cuenta es el camino que se transita. Debatir sobre quién es el mejor de la historia es algo que queda para los paneles de la tele, en los que la discusión se presta para eso. Argentina es un país futbolero, que tiene a Maradona en su altar mayor. Pero por allí rondan los Messi, los Fangio, o los Vilas y ahora quedó Ginóbili. Sus fanáticos tienen argumentos para defender candidatura. Cuatro títulos en la NBA, Medalla de Oro de Juegos Olímpicos y Subcampeón del Mundo. Es probable que ingrese en unos años al Salón de la Fama y sea consagrado el mejor sexto hombre de la historia de la NBA. Groso el tipo. Pero más allá de eso ha sido un ejemplo de deportista. Concentrado, metódico, enfocado, capaz de sumarle al grupo para relegar su propio protagonismo. Una paradoja para un país como el nuestro que hace de las peleas y las internas una cuestión de estado. Brillantes pero individualistas suelen definirnos afuera. Difíciles para trabajar en grupo por su gran ego. Y Ginóbili recorrió el camino inverso. En un mundo hiper competitivo donde sobran los egos, fue capaz de aceptar ir al banco de suplentes para ‘hacer mejor a su equipo’. De hecho sus dos últimos títulos los consiguió como mejor sexto hombre, una demostración de lo que estaba dispuesto a resignar por el bien del equipo. A veces uno transfiere a los deportistas, las ansias que les corresponderían a otros. Deposita en ellos los deseos de una sociedad mejor, más justa y solidaria, más humana al cabo. En el caso de ‘Manu’ ojalá sirva de fuente de inspiración para los más jóvenes. Para demostrarles que ser buen tipo en la vida, más allá de los éxitos, es lo que cuenta al final del camino. Defender valores, priorizar el ‘nosotros’ antes que el ‘yo’ y no olvidarse de los  orígenes. En la Antigüedad la valoración de los deportistas era superior a la actual. El paso del tiempo y la influencia de los intereses que se mezclan con el deporte, han deformado aquellos ideales. El negocio hoy suele tener más peso que cualquier otra cosa y esa confusión también ha ganado a muchos protagonistas. Ginóbili supo mantenerse  al margen de todo eso en su carrera. Incluso teniendo chances de dejar San Antonio por otra franquicia más poderosa, siempre puso en la balanza otras cosas. “Somos una familia”, dijo el jueves en el AT&T Center. No mintió porque los hechos lo demostraron. El Himno Argentino sonó por primera vez en la historia de una cancha de básquet en USA. Su camiseta, allá arriba, significa que nunca más un jugador de los Spurs podrá vestirla. Técnico y compañeros lo llenaron de elogios y coincidieron en lo más importante: los hizo ser mejores deportistas pero sobre todo mejores personas. Cuando una persona alcanza la categoría de leyenda, en cualquier actividad de la vida, significa que algo hizo. Y que tiene la capacidad de influir y trascender en las futuras generaciones. Cuando la historia se escriba podremos decir que fuimos contemporáneos de este monstruo. Que fue capaz de hacernos partícipe de sus logros y hacernos desear su éxito. Gracias por hacernos sentir que formamos parte de eso.    

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