Globales, en las buenas y en la malas
Frente al discurso autarquista que pretende instalar la idea de que la economía argentina se basta a sí misma, la realidad sugiere que marcha al ritmo de la globalización.Según ese discurso, cuando las cosas van bien, las virtudes son del modelo autóctono. Cuando el crecimiento se detiene, la culpa la tiene el mundo hostil.Es un argumento débil. Porque en cualquier caso, suponiendo que Argentina pudiese vivir de lo propio, no se entiende por qué entonces puede verse afectada desde afuera.Es lo que pasó en 2009, cuando Argentina padeció un severo bajón económico, tras un ciclo ininterrumpido de crecimiento (una circunstancia que determinó una derrota electoral del oficialismo, en las elecciones legislativas de ese año).Si el modelo no dependía básicamente de los factores externos y era inmune entonces a cuanto ocurriese tras sus fronteras, ¿por qué derrapó en esa ocasión?¿Por qué hubo un parate productivo que obligó al Estado a salir a subsidiar el empleo privado? ¿No fue ese año en que el gobierno, jaqueado por el déficit en las cuentas pública, consiguió hacerse de recursos estatizando las AFJPs?De repente el esquema de "vivir con lo propio" desnudó en 2009 su dependencia con dos factores de la globalización: los precios de las materias primas y Brasil.Entonces las exportaciones industriales al país carioca, por ejemplo, se derrumbaron un 30%, mientras se desplomó el valor de los commodities, piedra de toque de la canasta exportadora argentina.¿Qué pasaba? Pues en 2008 tembló el capitalismo con la caída de Lehman Brothers. Los países centrales sufrieron entonces un cimbronazo, cuyos coletazos todavía se sienten.A partir de la caída de ese banco las cotizaciones globales de la soja y del maíz se redujeron aproximadamente un 40% en sólo cinco meses y recién pudieron retomar sus valores pre-crisis a finales de 2010.¿Cuál es el cuadro del último tiempo? Mientras el mundo rico ha seguido en problemas, toda Latinoamérica ha venido creciendo a buen ritmo, a partir de que China y Asia, adonde se trasladó la factoría capitalista, demandan materias primas.Con una soja transgénica superando los 500 dólares la tonelada -el poroto es utilizado como forraje para alimentar los animales que integran la dieta de la nueva clase media asiática- y un Brasil creciendo a todo vapor, Argentina goza un contexto internacional excepcional.Sin embargo, ahora han vuelto los temores locales por un posible freno de estos dos motores del crecimiento. ¿El motivo? La alta volatilidad provocada por la crisis de deuda que azota a Europa y Estados Unidos.El fantasma de una posible recesión mundial golpea a todos los mercados, confirmando que en la globalización cualquier epidemia se convierte en pandemia.En estas últimas semanas, la Bolsa de Buenos Aires ha sufrido millonarias pérdidas, el riesgo país superó en 1.000 puntos, los ahorristas se han volcado masivamente al dólar, al tiempo que se desplomaron los bonos emitidos por el gobierno argentino.El titular de Unión Industrial Argentina (UIA), Ignacio de Mendiguren, acaba de abrir el paraguas. "La Argentina no está blindada frente a la crisis" y "el problema lo empezamos a tener en casa", ha dicho.En declaraciones a la prensa, teorizó: "Cuando caen los niveles de demanda, caen los precios que para nosotros son muy importantes, los de los commodities, la materia prima".Pero más allá de lo que pueda pasar con el precio de la soja, "el peor escenario para nosotros sería que Brasil deje de crecer", advirtió.Los datos sugieren que estamos atados a la suerte de la globalización. En las buenas y en las malas.
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