Hacer las paces con la naturaleza
¿Es impensable imaginar que la Argentina, atravesada por la crisis ecológica, pueda celebrar un pacto entre la economía y la naturaleza, que sea modelo en la región?.o
La desgracia de Tartagal y la sequía del campo debieran servir, sobre todo a la clase política, para pensar ese binomio bajo una nueva perspectiva, capaz de superar su aparente antagonismo.
Porque el trastorno medio ambiental hace tiempo ha dejado de ser producto de un capricho de la Naturaleza para convertirse en un acontecimiento inducido por el hombre.
Varias voces autorizadas preanuncian un aumento de la frecuencia de esos desastres. Se vienen épocas, dicen, de sequías e inundaciones extremas que impactarán la geografía nacional.
Estos cambios tienen un origen "antrópico", es decir son causados por la actividad humana. Eso cree Osvaldo Canzini, doctor en Meteorología que en 2007 fue galardonado con el premio Nóbel de la Paz, como miembro del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU.
Parece que no se entiende que a la larga nadie se salva del desbarajuste ecológico. El maltrato a los ecosistemas tiene un efecto boomerang incluso para la propia economía.
Ejemplo: los daños causados por la sequía. En efecto, especialistas afirman que el campo, entre cultivos y ganado ovino y bovino, perdería unos 43.000 millones de pesos este año.
Y encima los pronósticos no son alentadores. Desde el INTA aseguran que el otoño próximo será el más seco de los últimos 100 años, con el agravante que empezará sin carga de agua en el suelo.
¿Y qué decir del aluvión de barro en Tartagal, donde hubo cientos de damnificados? La deforestación imparable, producto de la expansión de la frontera agrícola, fue la causa del fenómeno.
Muy simple: ante lluvias intensas, ya no había vegetación, prevista por el ecosistema, para la retención de agua, lo que aceleró el escurrimiento superficial.
Con poca retención y excesivo escurrimiento, las crecidas no se regulan. Con grandes inundaciones, no hay puentes ni caminos que resistan. Los gobiernos, después que dejaron destruir los bosques nativos, pretenden paliar este desastre con costosas obras sustitutivas, que encima nunca llegan.
Está claro que se debe evitar la tala de bosques nativos y controlar la cantidad de hectáreas utilizadas para cultivos de soja. El afán productivista, así, tiene una cara tétrica, cual es la destrucción de la biodiversidad.
Argentina ha aniquilado ya su riquísima reserva forestal. La tasa de deforestación es cinco veces mayor que la mundial. Se desmontan aproximadamente 280 mil hectáreas por año, a razón de una hectárea cada dos minutos.
La agenda ambiental no acaba aquí: involucra múltiples actividades humanas que, con lógica económica, ensanchan el ecocidio nacional. Gualeguaychú, por caso, resiste el modelo pastero, altamente contaminante, para defender un ecosistema frágil como el del río Uruguay.
Otra actividad que tiene carácter depredatorio es la minería, que amenaza incluso con contaminar ese estratégico reservorio de agua que son los glaciares del sur.
Hay consenso mundial, a raíz del fenómeno del calentamiento global, que la humanidad ha perdido la experiencia cósmica de una síntesis armónica con la naturaleza.
El paradigma del dominio técnico y económico del planeta, vigente desde hace tiempo, estalla ante la catástrofe ambiental inminente. La Argentina, un país bendecido enormemente por la naturaleza, debiera poder hacer las paces con ella, disciplinando las fuerzas que la amenazan.
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