¿Hacia otra crisis de gobernabilidad?
La crisis del 2002 nos dio la oportunidad para revisar nuestra severa crisis político-institucional. Nunca como entonces quedó patente que la economía no se desarrolla en el vacío sino en un entramado socio-político-cultural.
La caída de la convertibilidad, en realidad, era un efecto de un modo de pensar y de comportarse colectivo. Caímos en la cuenta que detrás del corralito y de la fuga de capitales subyacía el colapso de un modelo de gestión político y social.
Sin embargo, no bien la economía empezó a repuntar, porque el mundo compraba nuestros productos primarios, los argentinos no hicimos nada por reconstituir la relación entre la sociedad y el sistema político. El aumento del PBI disimulaba nuestro profundo desprecio hacia la República como tal.
El país avaló a un gobierno creído, que se dio el lujo, hasta acá, de confrontar con todo el mundo. Lo podía hacer porque el mando en la Argentina, lejos de basarse en la autoridad ética y en el respeto a la ley, se ejerció desde el poder disuasivo de la Caja.
Pero fincar la gobernabilidad del país en la Caja tiene patas cortas. El andamiaje se derrumba no bien dejan de fluir los fondos y la economía se desploma, que es lo que está pasando hoy. Por eso, ante la crisis del capitalismo global, la Argentina está inerme en este plano.
La conflictividad social, que podría encauzarse en algún formato institucional, luce hoy desbocada. Más bien recuerda la crisis de 2002, cuando la anarquía amenazó con llevarse puesto al país. El principio de autoridad está lesionado y la protesta social se rige por el principio del todo vale.
Hoy se cosecha lo que se sembró, desde el punto de vista institucional. ¿Dónde quedó la famosa “reforma política”, que iba a venir a saldar la crisis de representatividad de la democracia argentina? ¿Dónde quedó el republicanismo que subsanaría la ancestral sospecha de corrupción que afecta al poder político?
Un sector importante de la sociedad aprovechó la muerte de un ex presidente –días atrás- para demandar otra política. Esa gente percibe que así como va la Argentina vuelve a colisionar. En el fondo, ve a sus dirigentes en otra cosa.
La disputa facciosa por el poder que se ha desatado a raíz de las elecciones, parece desentonar con los miedos de una sociedad que ve que la crisis mundial la puede aplastar. Además, hay temor por lo que pueda pasar después de junio.
Otro sector de la sociedad prefiere la indisciplina cuando quiere reclamar. Recurre a métodos ilegales y anómalos, más o menos violentos, que desafían abiertamente a la autoridad, dejando traslucir así que no hay marco institucional alguno dentro del cual resolver conflictos.
La gobernabilidad democrática será puesta a prueba en la Argentina en los próximos meses. “Esta democracia tan frágil e imperfecta –decía el politicólogo Guillermo O’Donnell en octubre de 2000- ha entrado en un curso de muerte lenta”.
“Hay síntomas preocupantes (...) una distancia creciente de los actores políticos respecto a la ciudadanía, que responde con cinismo, alienación, y enojo, porque siente que lo que pasa en la política nada tiene que ver con sus anhelos y pesares”.
“Y por parte de la clase política, un juego de perros que se mueven la cola, cerrados en la coyuntura, con cada vez mayor incapacidad para mirar a la sociedad y entenderla”. A esta democracia O’Donnell la llamaba de “baja intensidad”.
Este contenido no está abierto a comentarios

