Hacia una reforma monetaria: los tres pilares del nuevo proyecto oficial
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Imaginemos que nos aislamos con un grupo de personas y fundamos un país nuevo, con nuestra propia moneda. Elegimos a un gobernante para que administre nuestros impuestos, pero resulta ser muy irresponsable y asume gastos que superan ampliamente lo que recaudamos. Para tapar ese agujero, usa una herramienta sorpresa: una máquina de imprimir billetes. Al principio parece una gran solución. Hay más dinero en la calle y todos gastamos más, hasta llegar a un punto donde nuestras compras superan nuestra capacidad física de producir. Como los vendedores agotan su stock y no dan abasto, lógicamente empiezan a subir los precios.
Mientras tanto, la maquinita sigue imprimiendo. Cuando te querés acordar, lo que antes comprabas con una moneda ahora cuesta tres y lo que vendías a dos, ahora lo vendés a seis. Tus números son más grandes, pero no sos más rico; simplemente el dinero vale menos. Al darse cuenta de esto, nadie quiere usar esa moneda para ahorrar porque la maquinita destruye su valor todos los días. Al final, el nuevo país se quedó sin moneda y sus habitantes terminan ahorrando en otra: Bienvenidos a la inflación.
Esto, llevado a gran escala, es exactamente lo que hizo la política argentina durante años. Y esa famosa "máquina" tiene nombre y apellido: el Banco Central de la República Argentina (BCRA). En las próximas semanas, el Gobierno enviará al Congreso lo que ya definen como el “proyecto del semestre”: una reforma estructural a la Carta Orgánica del BCRA (la constitución interna del ente, lo que dictamina que se puede hacer y qué no). El objetivo es claro y contundente: desconectar la maquinita para siempre y cambiar el ADN de nuestra política monetaria. Entonces, ¿qué propone exactamente esta nueva ley?
Un aspecto fundamental es el regreso al “Mandato Único”. El Banco Central pasará a tener una sola misión primordial: cuidar el valor del peso. Se terminan los objetivos socioproductivos. La mayor contribución que puede hacer el Estado por el crecimiento es lograr que nuestra moneda no pierda su valor y no podamos tener acceso a crédito para producir, para invertir en educación, o que no podamos ahorrar en nuestra propia moneda.
Otro aspecto importante es la prohibición absoluta de financiar al Tesoro. Se eliminan los adelantos transitorios y los trucos contables. Es, literalmente, sacarle la tarjeta de crédito al presidente de turno. Si el Estado gasta de más, tendrá que financiarse recaudando impuestos o tomando deuda, pero jamás emitiendo pesos. El proyecto incluye sanciones penales para los funcionarios que habiliten la emisión. Incluso introduce el concepto de “shutdown” (cierre temporal), que obligaría al Gobierno a paralizar funciones no esenciales si se queda sin presupuesto, sin poder tocar la puerta del BCRA.
Para que esto se cumpla, el BCRA no puede funcionar como una dependencia del Ejecutivo. Por eso, el proyecto establece que los mandatos de los directores durarán seis años con renovaciones escalonadas para no coincidir con los ciclos presidenciales. Echar al titular del Banco requerirá el acuerdo de dos tercios del Congreso. El objetivo final es que las elecciones pasen a ser “monetariamente irrelevantes”. De paso, el proyecto actualiza al banco para que pueda regular de manera moderna los activos virtuales, las billeteras digitales y las stablecoins.
Durante años, como el Estado necesitaba dinero para cubrir su déficit, los bancos hacían negocio: tomaban nuestros depósitos y se los prestaban al Gobierno comprando bonos. Era más cómodo y seguro que prestarle a la gente.
Si esta ley se aprueba, los bancos locales van a tener que volver a su verdadero trabajo: prestarle al sector privado. Esto significa que la Pyme o las empresas de los parques industriales, el productor avícola o el comerciante tendrán acceso a créditos reales. Y, fundamentalmente, el vecino de a pie podrá volver a soñar con un crédito hipotecario o prendario a largo plazo si logramos estabilizar y blindar institucionalmente la moneda.
Cambiar una ley es un gran paso, pero en Argentina sabemos que todavía queda mucho trabajo por hacer y esto es muy importante. El objetivo de este “blindaje” es elevar al máximo el costo político de volver a las malas prácticas. ¿Estará dispuesta la dirigencia política a atarse las manos definitivamente y vivir dentro de sus posibilidades? Si lo logramos, habremos dado uno de los pasos económico más importantes de los últimos años.

