Hacia una sistema menos idiotizado
El adjetivo "idiota" se usa hoy más que nada como insulto, pero los antiguos griegos llamaban así al ciudadano indiferente a los asuntos públicos, ocupado sólo de sus negocios privados.Rastrear la etimología de las palabras es un ejercicio intelectual que permite capturar su significado metafórico original. Y el momento inaugural en que fueron pronunciadas nos introduce en un saber cierto.Eso piensa la lingüista Ivonne Bordelois, para quien hacer etimología implica resucitar antiguas figuras poéticas verdaderas. "Las verdades no son sino arcaicas metáforas olvidadas", dice.Resulta que la palabra "idiota" tiene un significado primigenio olvidado entre nosotros. Se usa hoy habitualmente como insulto a la persona que actúa de manera indiscreta o inoportuna, o es alguien engreído sin fundamento.Sin embargo, su origen tiene un contenido político preciso en la Grecia fundadora de la democracia. "Idiotés" era el término con que se nombraba a los ciudadanos que, pese a tener derechos civiles, sólo se preocupaban de lo suyo, sin importarles la suerte de la polis (ciudad).Si se mira con perspectiva histórica, decirle idiota a alguien en la Grecia antigua suponía también un insulto. En efecto, para el griego participar en la vida social, inmiscuirse en los asuntos públicos, era un ejercicio irrenunciable.Inventores de la expresión "animal político" (Aristóteles) para definir al hombre, para ellos el yo individual vive en íntima conexión con la totalidad del cosmos social.De hecho caer en desgracia en Grecia era ser apartado de la ciudad y de sus asuntos, de suerte que el ostracismo se vivía como una condena a muerte en vida.En este contexto axiológico, decirle idiota a alguien era descalificarlo o rabajarlo en su humanidad, ya que así se llamaba a los que no se metían en política y se mostraban indiferentes a los problemas comunes.El filósofo español Fernando Savater, en su libro "Ética para Amador", que reúne una serie de consejos para los adolescentes, les dice a estos que aunque está bien preocuparse por ellos mismos, eso no debe ser a costa de desentenderse de la sociedad humana de la que forman parte.Allí recuerda que los griegos llamaban idiotés "a la persona aislada, sin nada que ofrecer a los demás, obsesionada por las pequeñeces de su casa y manipulada a fin de cuentas por todos".Savater opina que una obligación moral es no ser idiotas. En un reciente reportaje señaló que la democracia está pérdida si aumenta el número de apáticos e indiferentes hacia la política (los asuntos de la polis), es decir si se impone el idiota.A todo esto la politóloga mexicana Denise Dresser, al reflexionar sobre el asunto, sostiene que el ciudadano preferido por las autoridades es el idiota, el que se desentiende de la cosa pública y deja las decisiones primordiales del país en manos de otros, a los que por otra parte reclama protección, beneficios y diversión.Dresser dice que la democracia es gobernada, así, por una "casta de especialistas en mandar que se convierten en eternos candidatos". Y esto ocurre por la flojera o el desinterés del resto de los ciudadanos. El sistema absuelve a estos últimos de la responsabilidad de saber qué pasa y se ofrece solícitamente para dispensarlos de la pesada carga del civismo, razona la mexicana.Ir hacia un sistema político menos idiotizado supondría, por tanto, que los ciudadanos dejen de vivir para sí mismos, en la creencia de que pueden salvarse solos, e intervengan en la cosa pública.
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