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Harto de los buenos modos, el Alberto 'malo' le dio duro a la oposición

Nadie sabe dónde el diablo perdió el poncho pero lo perdió. Quizás fue el propio Presidente que, cuando anunció la extensión de la cuarentena un par de semanas más el viernes pasado, y se dedicó a zamarrear a la oposición sin identificar demasiado. Lo cierto es que volvió la política, esa que no sabe de tiempos ni oportunidades. Estamos otra vez en modo normal.

Por Jorge Barroetaveña

A lo mejor desbordado por la situación o cansado de ser el bueno que se banca toda la presión, Alberto Fernández estalló en los últimos días. Es entendible al cabo porque la situación es explosiva, nos encaminamos a horas cruciales para la economía y la pandemia parece haber entrado en su peor fase, justo cuando la flexibilización abarca buena parte del país. Pero la postal del Presidente junto a Larreta y Kicillof en Olivos fue la último foto de convivencia política de la crisis.

A partir de ahí el Presidente le apuntó con sus críticas a sectores opositores que no identificó. Por insistir con el tema de la economía, recurrió a una comparación innecesaria con Suecia, para ensalzar su logro durante la pandemia, y la remató a las pocas horas cuando arremetió contra María Eugenia Vidal a quién acusó del estado calamitoso del sistema de salud de la Provincia de Buenos Aires. Claro que fueron apenas los síntomas de algo que empezó a incubarse durante la larga charla que tuvo con Cristina en Olivos. Sólo ellos saben hasta qué punto influyó eso en el ánimo presidencial, lo cierto es que hubo un quiebre ese día.

En simultáneo, y con las pulsaciones a mil, el Presidente tiene que enfrentar una etapa clave de la negociación con los bonistas, tratando de evitar que la Argentina caiga en default. Y lo hace en soledad, con un equipo económico debilitado por los cuestionamientos internos y externos y con diferencias entre los pilotos. Ese dólar a 136 pesos como cerró el viernes es una daga en las expectativas oficiales. Todos saben, no hace falta explicar, lo que pasa en la economía cuando el dólar galopa sin control. Y el primero que es consciente de eso es el propio Fernández. Pasa que tantea a su alrededor y afloran las evidentes diferencias entre Economía y el Banco Central, un calco de lo que le pasó a Macri hace dos años y medio. Guzmán le cuestiona a Pesce haberle dado a la ‘maquinita’ en forma excesiva, y Pesce le cuestiona a Guzmán no tener un plan concreto que mostrar. El temor que callan es que los pesos que andan dando vueltas, sigan yendo al dólar de cualquier manera y los depósitos de los bancos entren en jaque. Es la parte de la tormenta que nadie quiere ni imaginar.

Ese dólar a 136 pesos como cerró el viernes es una daga en las expectativas oficiales

Los cuestionamientos a Guzmán se redoblaron. Lo acusan por la poca adhesión de la primera propuesta del gobierno a los bonistas, la ‘inutilidad’ de los apoyos ‘mediáticos’ (locales y extranjeros) y la falta de experiencia a la hora de abordar a los voraces lobos de Wall Street que no se conforman “sólo” con dejar de ganar plata.

La Argentina se asoma pues a horas dramáticas para definir el rumbo económico de los próximos años. La pandemia con su secuela de vidas arrancadas pasará en algún momento, pero la economía seguirá ocupando como un fantasma cada espacio de nuestras vidas. El Presidente también lo sabe y eso impacta en su ánimo.

El jueves, una decisión de la Oficina Anticorrupción trajo la misma grieta de los últimos años y le dio, a la pretendida independencia del Ejecutivo en estos temas, un golpe mortal. Anunció, un ex Justicia Legítima, el retiro de esa oficina de dos causas judiciales emblemáticas contra la actual vicepresidenta de la Nación: Los Sauces y Hotesur. Causas en las que están involucrados también sus hijos, y los adalides Lázaro Báez y Cristóbal López. El estado ya no será querellante.

La decisión provocó la primera reacción formal de Cambiemos en la era Alberto-Cristina. Igual que los mandobles contra María Eugenia Vidal, una aliada política de Larreta, el político que mejor relación tiene con el Presidente, tanto que ya provocó la mirada recelosa de Kicillof desde Buenos Aires que se pregunta las causas de semejante buena onda.

La decisión provocó la primera reacción formal de Cambiemos en la era Alberto-Cristina.

Pese a tantas tribulaciones el viernes este bicho que nos gobierna se encargó de avisarnos a todos que la pesadilla no terminó. En un día murieron 24 personas y la curva de contagios pegó un corcoveo récord. Las villas de Capital y Gran Buenos Aires y los geriátricos son la principal preocupación. Justo cuando la flexibilización de la cuarentena avanza a paso forzado. Larreta y Kicillof avisaron que, si la tendencia sigue en los próximos días, se verán obligados otra vez a ponerle un cerrojo a la circulación de personas y por ende, a muchas actividades que se han autorizado.

Es que la pesadilla se va escribiendo por capítulos. Es una agonía que va y viene, recordándonos a cada paso lo débiles que somos para enfrentarla. Con la salud en jaque y una economía en terapia intensiva, la Argentina vuelve a asomarse a horas dramáticas que marcarán nuestro futuro mediato e inmediato. La pregunta es hasta dónde estamos preparados para enfrentar el desafío y cuánto cuerpo dejaremos en el camino.

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