Hijo de un abrazo futbolero
:format(webp):quality(40)/https://eldiacdn.eleco.com.ar/adjuntos/240/imagenes/000/592/0000592223.jpg)
Todavía no lo entiende, no sabe verdaderamente de qué se trata. Es que tiene 12 años y no conoce la apilada de Kempes, el gol de Diego a los ingleses, el "te juro que me cortaron las piernas" o la vuelta a casa en primera ronda en Corea-Japón 2002, año en el que él llegaba al mundo.Sebastián CarboneEstá en una de las cabeceras del Arena Corinthians de San Pablo, justo atrás del arco donde hizo el gol Di María minutos atrás. Pero ahora hay tiro libre para Suiza en la puerta del área. Van 20 minutos del segundo tiempo suplementario y Argentina lo gana 1 a 0. Ese es el momento, en ese momento se produjo el quiebre...Podría contar muchas cosas de la experiencia de vivir un mundial: Que nuestras rutas son mejores, que la gran parte de los brasileros nos reciben con muestras de afecto, que no le tienen mucha fe a su selección, que les gusta más la nuestra, que aman a Messi o admiran la pasión del hincha argentino.De nuestro lado podría decir que, vaya uno a saber por qué, necesitamos de estas cosas para sentirnos más argentinos. Para inflar el pecho y con la camiseta puesta, gritar orgullosos de que país venimos. Porque lamentablemente, a los habitantes del mejor país del mundo, nos cuesta mucho ponernos todos del mismo lado. En el Mundial no hay diferencias; no importa si sos hincha de Boca o de River, no hay oficialistas ni opositores, no existen las religiones ni hay clases sociales. Nada pone en riesgo ni un segundo la unión. Somos todos argentinos y eso es lo único que cuenta.Podemos abrazarnos a un desconocido como si fuese un amigo con quien caminamos la vida desde la infancia. Unirnos en el grito que asegura que "Maradona es más grande que Pelé", mucho más grande. Pasarnos el teléfono con un tucumano o arreglar con un porteño para ir a ver a tu club en Buenos Aires. Compartir una hamburguesa con un santiagueño y volver al hotel con un cordobés.Pero me fui muy lejos. Volvamos a ese momento en el que Shaqiri, delantero suizo, tenía un tiro libre que parecía que nos mataba la fiesta. Está por patear y la tribuna parece congelarse. Me doy vuelta y tres filas más arriba veo a Nicolás, ese chico de 12 años del que hablaba antes, arrecostado sobre su padre. Sus manos tapan sus ojos. Se encierra en los brazos de su papá, porque ahí esconde su miedo.Pero Shaqiri no patea, se demora. Él sigue ahí, escondido, hasta que logra tomar coraje y asoma la cabeza como cuando nació. Ahora vuelve a nacer, ésta vez como hincha. Se asoma y mira. Ya no tiene miedo, no importa qué va a pasar porque lo quiere ver. Que sea lo que tenga que ser, total está entre los brazos de su padre y eso todo lo cura. Porque cuando estás en los brazos de tu viejo te sentís fuerte, y preparado para lo que sea. Así que "pateá de una vez cagón"...El tipo patea, la pelota rebota sin pena ni gloria en la barrera y el árbitro termina el partido. Quedará como la última amenaza antes de sellar el pacto. Ese que se firma para siempre cuando, con una carcajada que descarga la adrenalina contenida, se abraza con su padre. Ahora sí lo entiende; el fútbol es mucho más que un deporte. El fútbol une, empareja, golpea y nos da alegrías que son imposibles de describir. Es ese abrazo, el que se dio con su padre cuando Argentina acababa de sellar el pase a cuartos de final en el Mundial de Brasil, el que le hizo entender esto. Ese abrazo que sentirá sobre su cuerpo por el resto de la vida.
ESTE CONTENIDO COMPLETO ES SOLO PARA SUSCRIPTORES
ACCEDÉ A ESTE Y A TODOS LOS CONTENIDOS EXCLUSIVOSSuscribite y empezá a disfrutar de todos los beneficios
Este contenido no está abierto a comentarios


