Ike Daroca, el hombre que imaginó el carnaval que hoy vivimos
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Hablar de Ike Daroca es hablar de uno de los grandes visionarios que tuvo Gualeguaychú. Muchas veces se dice que fue el hombre que cambió el carnaval, y creo que esa definición es correcta, aunque, para mí, su mayor mérito no fue solamente haber transformado el espectáculo, sino haber entendido que el problema no estaba en la calidad artística, sino en la forma de organizarlo.
Su vínculo con el Carnaval comenzó en 1975, cuando creó una pequeña comparsa llamada Acorad. Aquella comparsa nació como una acción promocional de su empresa —su nombre era el apellido Daroca al revés—, pero terminó siendo mucho más que eso.
Con el tiempo, Ike empezó a notar que los corsos atravesaban un proceso de deterioro y que cada vez resultaba más difícil sostener su calidad. Gualeguaychú siempre tuvo grandes artistas y creatividad, y 70 años de carrozas estudiantiles son una muestra de eso. Lo que faltaba era una estructura que permitiera sostener y hacer crecer ese talento.
En 1978 presentó al intendente y al director de Turismo de ese momento una propuesta que cambió para siempre la historia del carnaval. Planteó la creación de una “Comisión de Corsos” que administrara el espectáculo y permitiera generar un crecimiento sostenido. La idea era simple y poderosa: cobrar una entrada que permitiera a las agrupaciones carnavaleras recuperar lo invertido y volver a apostar al año siguiente.
Pero el verdadero acierto, el más profundo, fue otro: que solo pudieran participar entidades sin fines de lucro. Ahí está, creo yo, su mayor grandeza. Siendo un empresario, podría haber armado un negocio para sí mismo. Pero eligió volcar esa herramienta a la ciudad. Esa decisión, que parece técnica, en realidad fue una apuesta ética y social.
No sé qué hubiera sido del Carnaval sin esa propuesta de Ike, y tampoco tendría sentido imaginarlo. Lo que sí estoy seguro es que el carnaval que conocemos hoy, con este modelo de organización, con clubes capaces de invertir, crecer y proyectarse año tras año, tiene su punto de partida en esa idea de 1978.
Está claro que el impacto de esa decisión no quedó solamente en el Carnaval. Con el tiempo, los clubes crecieron, sumaron infraestructura, deporte y educación. Hoy sostienen escuelas, forman deportistas, compiten a nivel nacional y generan oportunidades. Una idea pensada para mejorar una fiesta terminó transformando una ciudad.
Mi humilde reconocimiento hacia Ike no empezó ahora. Cuando se creó el concurso de la mascota del Carnaval del País, que tengo el orgullo de haber ganado, decidí llamar “Ike” al toro que llevaba como tocado una víbora ñancaniná llamada Moma. Así se mezclaban dos leyendas: por un lado, la leyenda de la fundación de Gualeguaychú, de Fray Mocho; y, por el otro, la de quien, para mí, era una leyenda del Carnaval.
Este año, en la temática Vivos de la comparsa Papelitos, cuando rendimos homenaje a quienes construyeron esta fiesta desde el anonimato, el primer estandarte que aparecía en la escuadra “La comparsa de los invisibles” era el de Acorad, de Ike Daroca. No fue un detalle. Fue una convicción. Era justo que estuviese en ese lugar.
Si hoy tuviera que decir qué necesitamos recuperar de su ejemplo, hablaría de su generosidad y su humildad. Transformó el Carnaval y nunca necesitó recordárselo a nadie.
Hay un dato que resume todo: fue el primer presidente de la Comisión de Corsos. Pensó la idea y fue el primero en hacerse cargo. Para mí, ese es su legado. No solo haber mejorado un espectáculo, sino haber demostrado que una idea pensada con generosidad puede cambiar la vida de toda una ciudad.
Casi cincuenta años después, el carnaval sigue creciendo sobre esa base. Ese, creo, es el homenaje más grande que puede tener un verdadero visionario.
Por Juane Villagra. Director de Papelitos.
