Inseguridad, táctica política y clasismo
Por lo pronto, el episodio ha disparado una voltereta en el corazón del poder político, interesado más en ganar votos que en resolver el problema. También aquí el pragmatismo está desplazando al prejuicio ideológico.
Desde que Daniel Scioli y los barones del conurbano se han convertido en los garantes del progresismo local –a través de ese invento argentino que son las “listas testimoniales”- el viraje en materia de seguridad no debe sorprender.
Hace apenas seis meses el gobernador de la provincia de Buenos Aires –un ex motonauta que llegó a la política de la mano de Carlos Menem- propuso bajar la imputabilidad para delitos graves.
Tres días después, Cristina Kirchner lo retó: “La construcción de la seguridad de los argentinos y los bonaerenses no se hace con leyes más duras y más terribles”.
La amonestación sonaba a disciplinamiento ideológico.
Criminalizar a los pibes y erigir la ley del garrote es un tópico de la derecha, según reza el manual del buen progresista. En este sentido, Scioli se apartaba del planeta K.
Por otro lado, para el poder político la inseguridad era hasta acá un invento de los medios de comunicación. No era una cuestión real sino de “relato”. Y por tanto, una “sensación”.
El kirchnerismo atribuye todas las dificultades del gobierno a una conspiración. En este esquema paranoico, la inflación, el dengue, la recesión, el desempleo y la inseguridad son “construcciones discursivas” de uno de los poderes del Eje de Mal: los medios.
Sin embargo, como hay que ganar las elecciones en junio, el poder no tiene empaque en “derechizarse” en materia de seguridad. A las 24 horas del asesinato de Capristo, el poder viró histéricamente.
El jueves pasado, durante un acto en San Miguel y junto al propio Scioli, fue Néstor Kirchner quien dijo: “Ha llegado la hora de que el Congreso debata el Código Penal Juvenil”.
Así, el gobierno K se ha lanzado a dar “sensaciones” a un electorado de clase media que pide mano dura. Y en los próximos días, el Congreso debatirá un nuevo régimen penal para los adolescentes.
A priori la táctica tiene racionalidad. Electoralmente, el oficialismo necesita cosechar votos en la clase media bonaerense, siempre conservadora, y para la cual la inseguridad es prioridad. Además Daniel Scioli, el hombre providencial de la izquierda argentina, tiene anclaje cultural y psicológico con ese electorado.
Se diría que hay un corte clasista en términos de experiencia de seguridad. Se sabe que mientras las clases medias y altas –que son el desvelo electoral del kirchnerismo- experimentan el delito con terror, los sectores populares son más condescendientes con el fenómeno, con el cual se han familiarizado.
Es el mismo corte que existe a la hora de vivenciar y evaluar el clientelismo. Mientras para los sectores de buena condición es una práctica aberrante, para la población pobre a la que está dirigida, es un intercambio inevitable a la hora de salvarse de la miseria.
Y acaso ese corte clasista se observe en la manera de interpretar las mentadas “listas testimoniales”. Para millones de argentinos sumergidos en la pobreza, con escasa o nula cultura cívica, esa maniobra antirrepublicana no les diga nada.
En suma, ya lo decía Carlos Marx, en Ideología Alemana: “No es la conciencia de los hombres lo que determina su existencia, sino, por el contrario, es su existencia social la que determina su conciencia”.
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