Editorial |

Japón, entre la tradición imperial y la modernidad

En esa tierra de contrastes que es Japón, donde la tradición se mezcla con la modernidad y la tecnología, una nueva era imperial se inicia con la llegada al Trono del Crisantemo del príncipe heredero Naruhito. Para los occidentales Japón desconcierta por muchos motivos. Por lo pronto por su notable evolución económica, a pesar de su pequeña geografía, y sobre todo por su capacidad de sus habitantes para recuperarse de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, que incluyó la devastación de dos ciudades (Hiroshima y Nagasaki) a causa de bombas nucleares. El país asiático emergió de las cenizas hasta convertirse en una potencia económica y tecnológica mundial. Pero también lo que asombra es que esa modernidad deslumbrante coexista con la tradición de una cultura milenaria. Esa mezcla se ve patente en el ejercicio y la simbología del poder político donde persiste una dinastía imperial que basa su posición en el hecho de que ha reinado “desde tiempos inmemoriales”. La noticia es que el 1º de mayo pasado el príncipe heredero Naruhito, de 59 años, se convirtió en el nuevo emperador de Japón, luego de que su padre, Akhito, haya tomado la decisión inédita de abdicar al trono. La casa imperial japonesa es la monarquía más antigua del mundo que goza de continuidad en el trono. Naruhito comenzó oficialmente una nueva era, que él mismo ha llamado Reiwa, que significa “bella armonía”. Se trata del emperador número 126 de una línea sucesoria que se remonta a la fundación del país en el año 600 antes de Cristo por el emperador Jimmu, de quien la leyenda dice que descendía del Sol. El emperador es el jefe de Estado y la máxima autoridad de la religión shinto. Japón es la única nación moderna que aún se refiere al jefe de su familia real como emperador. En japonés, el emperador se llama tennoo (soberano del cielo), algo que remite a la idea de que la familia imperial desciende de los dioses. La monarquía ha mantenido históricamente el derecho divino a gobernar, pero poco después de la Segunda Guerra Mundial, y como parte de la rendición japonesa, el entonces emperador Hirohito renunció a lo que llamó “la falsa concepción de que el emperador tiene naturaleza divina”. Según la Constitución japonesa de 1947, el emperador es el “símbolo del Estado y de la unidad del pueblo”. El ascendiente que tiene su figura en el pueblo japonés lo refleja la película “Emperador”. Allí se cuenta la historia de cómo, tras la rendición de Japón en la Segunda Guerra, los norteamericanos deciden no castigar al emperador Hiroito por crímenes de guerra, sino mantenerlo en el trono para evitar la anarquía del país. El emperador Naruhito y su familia viven en el palacio imperial de Tokio, un recinto similar a un parque en la capital japonesa que se considera una de las propiedades inmobiliarias de mayor valor del mundo. A menudo, de manera metafórica, se denomina a esta monarquía como el Trono del Crisantemo (toma su nombre de chrysanthemum, la flor nacional de Japón). Los reportes indican que el nuevo emperador es un académico de corazón. A diferencia de su padre, quien fue príncipe heredero desde su nacimiento, Naruhito tuvo la oportunidad de elegir su propia educación. Después de graduarse en historia en la prestigiosa Universidad Gakushuin (Tokio), estudió en el Merton College de la Universidad de Oxford (Reino Unido), donde investigó la historia del transporte en el río Támesis y se especializó en los problemas mundiales del agua.  

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