Kirchner y Menem fueron a la misma escuela y aprendieron la lección
Por Jorge Barroetaveña
Especial para El Día
¿Terminarán siendo lo mismo?
A principios de los ‘90, y a caballo de la muerte de las ideologías, el ex presidente Carlos Menem echó mano a la farándula. En aquellas elecciones de medio término, las listas pejotistas se poblaron de artistas y gente vinculada al deporte. Todas las palmas se las llevaron “Palito” Ortega, el motonauta Daniel Scioli y ex corredor de Fórmula 1 Carlos Reutemann. Los tres, con distinta suerte, siguieron con su carrera política, al punto que fueron gobernadores de sus provincias y los dos últimos tienen hoy chances de ser presidenciables. Menem buscó entonces, fuera de la política y los partidos tradicionales, el prestigio que el sistema había perdido y la credibilidad que la gente ya no le prodigaba a los referentes tradicionales. Fue, al fin, una capitulación del sistema de partidos, que empezó a quedarse sin figuras de peso, pero que llevó la impronta de un transgresor como Menem.
Hoy, casi dos décadas después, Néstor Kirchner vuelve a transitar el mismo camino. Es que la figura de ‘Nacha’ Guevara trae las mismas reminiscencias de la década del ’90 y desnuda la debilidad de la postura oficial de cara a las elecciones del 28 de junio. Sólo a algún trasnochado puede ocurrírsele invitar a “Nacha” porque hace de Evita en un musical. La intención es aprovechar su imagen pública, tratando de arrastrar lo que la política no consigue y traccionar el peso negativo que tiene la imagen de Kirchner en vastos sectores de la Provincia de Buenos Aires.
El convite a Guevara tuvo su complemento. Durante la semana, en uno de los actos por el conurbano, el ex presidente apeló a otra vieja estrategia, a la que recurrieron todos los que lo precedieron, con un hilo conductor: lo hicieron cuando se veían perdidos y a punto de ver escurrir su poder. Anunciar el caos si el oficialismo no gana no es algo novedoso ni impactante. A lo sumo, contribuirá a generar más incertidumbre que la que ya hay para después del 28 de junio y que el propio oficialismo se encargó de esparcir con inconciencia.
El desatino de Kirchner, pudo haber sido acotado si la Presidenta no decía nada. Pero Cristina, en un acto en Córdoba frente a un centenar de intendentes, redobló la apuesta de su marido y se atrevió a arriesgar que la ‘estabilidad democrática’ estaba en juego si no obtenía el respaldo suficiente en las urnas. Es el propio oficialismo entonces el que conduce la situación a un callejón sin salida. Si gana no habrá pasado nada, pero los problemas no desaparecerán. Si pierde, deberían pasar cosas graves, que hasta terminarían amenazando su propia estabilidad. Bien puede ser la profecía autocumplida. Extrañamente, fue alguien que conoce mucho a Néstor Kirchner el que salió a contestar. El ex jefe de gabinete, Alberto Fernández, con lógica abrumadora arriesgó que si pasa lo que dicen, por perder una elección, significa que lo que hicieron desde el 2.003 no fue tan bueno ni brillante. Es que al final del camino, las palabras del ex presidente vinieron a ratificar lo que hace tiempo dijo el piquetero Emilio Pérsico que, pensando en voz alta, llegó a hablar de la renuncia de la Presidenta ante una eventual derrota.
La intención de infundir miedo y temor entre los electores, conminándolos a votar de determinada manera también generó otros repudios. Busti en Entre Ríos se distanció de la estrategia y Schiaretti desde Córdoba volvió a acusar al gobierno central de querer manejar a billetazo limpio su relación con las provincias y los dirigentes. El sureño hurga sobre una herida que la sociedad aún no ha cicatrizado y remite a los aciagos días del 2.001. El peronismo, es cierto, tuvo que aparecer para sacar las papas del fuego y evitó estallidos sociales más graves que los que finalmente se produjeron. Pero fue Duhalde el que asumió en el peor momento e hizo buena parte del trabajo sucio. Kirchner recibió del bonaerense un país en calma y encaminado, a punto tal que su primera decisión fue conservar a Roberto Lavagna en el Ministerio de Economía.
La fuga hacia delante que plantea el kirchnerismo implica riesgos innecesarios y lo conducen a un callejón sin salida. En lugar de generar certidumbre hacen lo contrario, agitan fantasmas de otros tiempos que invalidan y desmerecen su propia tarea, y ponen, arbitrariamente, a la sociedad entre la espada y la pared. La retórica de Kirchner al menos, es coherente con su forma de construir poder pero todo tiene un límite. El 28 se sabrá si la sociedad sigue tolerando eso.
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Si la madre de todas las batallas está en la Provincia de Buenos Aires, el correlato de la campaña se guía por esa lógica. Y el oficialismo, parece ir marcando la agenda. La oposición, todavía enfrascada en algunos casos en la definición de sus propias candidaturas, aún no ha hecho pie y marcha al ritmo que le imponen desde Olivos. El propio De Narváez tuvo que salir a dar explicaciones por una maniobra oficial que busca involucrarlo en el escándalo de la efedrina y Solá y Michetti se pasaron la semana intentando despegarse de las candidaturas testimoniales.
El error de percepción, generalizado peligrosamente, es que los problemas desaparecerán mágicamente el 28 de junio a la noche. Gane quien gane y sea cual fuere el resultado. Un espejismo que la realidad se encargará de desmentir puntillosa y detalladamente. El gobierno sigue encerrado en su propia burbuja de soberbia, sin atender lo que pasa a su alrededor. Y la oposición aún no sintoniza con precisión por dónde pasan las demandas y qué hacer ante ellas. Entre esas dudas navegan cientos de miles de urnas que el 28, darán su mensaje. ¿Será comprendido?
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